Sonríe, extraño – @Candid_Albicans + @IAlterego84

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Día D-2

6:30

Te llamas James McCormack. Estás delante del espejo del cuarto de baño. Ojeras y la cara sin afeitar. Estás demacrado. Una noche loca. Otra más. El dinero del contribuyente está para eso, ¿no? Putas y cocaína. Desde el dormitorio, tu mujer murmura en sueños. Hace tiempo que no habláis. De hecho, desde que estalló el escándalo. Aunque tampoco te importa. Hay otras dispuestas a darte lo que ella siempre te ha negado. Si sigues con ella es por el qué dirán.

Te cepillas los dientes tratando de pensar en otra cosa que no sea el escándalo. La mezcla de tabaco y alcohol se va diluyendo en tu saliva blanquecina. El dentífrico con sabor a hierbabuena obra milagros al parecer. Un poco de colutorio. Pijama de rayas, gorro de dormir y a la cama. Esta noche ha terminado para ti. Es la hora de descansar. En unas horas tienes que declarar ante un enjambre de periodistas deseosos de hacer preguntas, y tampoco es plan ponerte a hacerlo con ese aspecto, como recién salido de un burdel.

 

7:30

La luz tenue del amanecer se filtra a través de las cortinas. La noche al parecer ha estado bien y para muestra un botón. Lo que veo desde mi posición me gusta. Es una pena que casi no recuerde cómo vino a parar a mi cama. Me sonríe con sus ojos azul hielo y me susurra algo en alemán mientras me agarra por la cintura atrayéndome hacia él. Dormir sin bragas es lo bueno que tiene, que luego no se pierde el tiempo en tonterías. Me dispongo a hacer buena memoria de la noche que he pasado al lado del alemán cuando inoportunamente, el móvil de la empresa vibra dos veces indicando la llegada de un mensaje de texto. Estado de alerta. Adrenalina. Algo así como un condicionamiento clásico que me hace saltar de la cama con una agilidad casi felina. Antes de abrir el mensaje recojo la ropa del rubio y se la tiro encima. Vete, lárgate. Me mira ojiplático, sin comprender. Raus! Jetzt! Por fin reacciona. Se viste y sale del apartamento maldiciendo entre dientes y dando un portazo.

Todavía desnuda, enciendo un cigarro con calma. Abro el mensaje. Ocupando la pantalla, aparece la imagen de un hombre de mediana edad sonriendo a la cámara. Pelo rubio bien teñido, disimulando unas canas. Gafas de pasta. Traje y corbata. Cara de no haber roto un plato. Debajo de la foto, un nombre: James McCormack. Lo reconozco. Es uno de los diputados laboralistas que se han visto involucrados en un turbio asunto de corrupción en el Reino Unido. Una fecha: 16 de diciembre. Solamente tengo 2 días para preparar el trabajo. No hay tiempo que perder. Abro la caja fuerte. Entre divisas y documentos, unos gramos de estricnina que no necesitaré esta vez. Y debajo de la Colt, ocho pasaportes. Sonrío con malicia. Esta es la parte que más me gusta de mi trabajo. Abro mi pasaporte británico y observo a mi yo rubia de ojos azules sonriéndome ampliamente. Hola de nuevo, Lisa Bennett. Hoy volamos a Londres.

 

17:25

El aeropuerto está a rebosar de gente. Turistas. Estudiantes de Erasmus fantaseando con meterla en caliente que buscan carnaza entre las eslavas que caminan con aire distraído. Padres de familia cargados de maletas y los putos niños dando por el culo. Siempre los putos niños dando por el culo. Casi fantaseo con acercarme al que acaba de pisarme y partirle los dientes de un culatazo. El llanto se le pasaría pronto, lo que tardase en perder el conocimiento. Pero no puedo. Estoy aquí por un encargo. Soy el enlace de una tal Ms. Bennett. Hoy me toca llamarme Mr. Smith. O eso pone al menos en el pasaporte que tengo en el bolsillo de la americana. A mis pies un maletín. Dinero fresco. Libras esterlinas. Un sobre. Una dirección. El resto es cosa suya.

La tal Ms. Bennett tarda en llegar. Y eso me jode. Siempre he dicho que la impuntualidad no es por falta de tiempo, sino de respeto. Tengo ganas de fumar y no puedo. Me toca seguir haciendo de centinela de alguien a quien no conozco. Las órdenes son sencillas: ella se te acercará. No hay de qué preocuparse. Y preocuparse, lo que se dice preocuparme, no me preocupo demasiado. Lo malo es que el tener que matar el tiempo de esta manera es una putada. He fantaseado con que era una rubia de aspecto ruso que venía muy sonriente hacia mí, para luego comerle la boca a un notas con pinta de ponerse ciego a anabolizantes en el gimnasio rodeado de tíos sudorosos y a viagra para cumplir con ella en temas de cama. He conocido a unos cuantos como él. Muchos. Y lo más patético es oírles gimotear mientras se mean y un sacacorchos incrustado en la rótula les enseña que a veces, no hay que temer al que levanta cinco veces su peso en bancada. No. Hay que temer al que nunca levanta la voz y cuando tratas de asustarle lo único que hace es sonreírte con cara de adelante, sacúdeme.

A mi lado pasan otra vez los que patrullan la zona. Llevo demasiado tiempo esperando y empiezo a levantar sospechas. Creo que ha llegado el momento de irme. Que la tal Ms. Bennett me busque o se ponga en contacto con quien nos ha contratado para dar conmigo. Son mis pelotas las que van a pelarse de frío en una celda de aislamiento como a estos cabrones les de por hacerme un par de preguntas, o uno de sus chuchos se ponga a olfatear el maletín. Miro a mi alrededor. Último vistazo. Nada. Me giro, doy dos pasos y entonces alguien me llama a mis espaldas.

 

No sé qué se habrá creído este engreído que me han asignado como enlace. Me ha lanzado una mirada de perdonavidas en cuanto se ha girado hacia mí y de paso me ha dado un repaso visual completo. Exhalo el humo de mi cigarro lentamente en su cara sin apartarle la mirada. Él señala con un gesto el maletín que está a su lado en el suelo. Lo cojo y sin mediar palabra me dirijo al hotel. Vacío el contenido del maletín sobre la cama: diez mil libras esterlinas como adelanto, un dossier con varias fotografías de nuestro amigo en actitud distendida delante de su casa, con sus hijos, de compras, de paseo con el perro, un ciudadano ejemplar; una invasión de su intimidad en toda regla, vaya. También un sobre con su dirección, demás datos personales y las instrucciones precisas para llevar a cabo el trabajo. Mañana he de reencontrarme con Smith para que me facilite el Dragunov que he solicitado para realizar el encargo. Yo pido y ellos me proporcionan lo que necesito. Soy la mejor en lo que hago y lo saben.

 

Día D-1

12:00

Joder lo que pesa el chisme este. Es igual de certero que cabrón de llevar. Pero Ms. Bennett lo ha dejado claro: un Dragunov, quiero un Dragunov. Y aquí estoy yo. Pateando calles bajo un aguacero, cargado como un gilipollas y con ganas de verla. Sé que las reglas son las que son: nada de flirteos entre socios. Pero la verdad es que la cabrona está bien buena. Una mosquita muerta. La típica que puede conseguir lo que quiera con una simple caída de ojos y una sonrisa. Y eso me jode. Soy carne de lujuria, y este trabajito se me antoja de los especiales. De los que acaban con los sesos del objetivo desparramados por el suelo, mis pantalones por los tobillos y el que nos ha contratado montando en cólera.

Llego al hotel.

Los de la recepción van a lo suyo. Hablar de sus miserias, mirando el reloj de vez en cuando para ver cuánto les queda para fichar. Puntualidad británica podríamos llamarlo, o ganas de irse a su puta casa y dejar este curro de mierda aparcado unas horas, hasta el día siguiente. Llamo al ascensor. Destino segunda planta. Habitación 246. Pasillo enmoquetado. Lo empapo a cada paso que doy. Llego ante la puerta. Dudo entre sacar mi tarjeta, a fin de cuentas estoy registrado como cliente, o llamar. Desde dentro, ella abre, como ahorrándome el tener que pensármelo mucho.

 

Por fin ha llegado mi herramienta de trabajo. Una máquina de precisión soviética capaz de hacer blanco efectivo hasta 800 metros de distancia, a una velocidad de 830 metros por segundo. Me lo ha traído el chico de los recados de la empresa. El mismo que me recibió ayer en el aeropuerto. Reconozco que no lo he tratado con excesiva amabilidad. El jefe sabe que trabajo mejor sola, pero es lo que toca. Se ha presentado en mi habitación, encharcado de pies a cabeza, cargado con mi juguetito. Le invito a pasar y a darse una ducha caliente, no vaya a ser que agarre una pulmonía en ese estado y entonces tenga que cargar yo con dos muertos. Pero no, él prefiere poner las noticias y seguir la rueda de prensa que ofrece McCormack ante las cámaras y ante todo el país para defender su integridad como político y como persona. El tema me da risa, me aburre y me hastía. Si se lo quieren quitar de en medio es porque saben que hablará y con él caerán peces más gordos. Y yo estoy aquí para evitarlo. Porque los peces gordos pagan, y muy bien. Mientras tanto me dispongo a ensamblar mi rifle. Lo examino cuidadosamente. Qué puta maravilla de ingeniería soviética. En una cajita, un solo cartucho. Sonrío. No hay margen para el error. Una bala, un blanco. En cuanto le vuele la tapa de los sesos a nuestro amigo, me tomaré un té con pastitas a su salud y cogeré el primer vuelo de vuelta a casa. Ya sólo faltan unas horas para tenerlo a tiro. Mi enlace, el señor Smith, ha estado pendiente de sus costumbres, idas y venidas y demás devaneos durante el último mes y me ha informado convenientemente acerca de sus horarios. Mañana a las 8:05 tendrá una preciosa bala alojada en la sesera.

 

12:30

La lluvia arrecia un poco. Aunque no lo hiciera, la rueda de prensa se iba a desarrollar igualmente. Te has preparado a conciencia. Cara de circunstancias. El Támesis a tu lado. De fondo el Big Ben. Peatones despreocupados. Un grupo de guardaespaldas pululando a tu alrededor. Un tío te cubre la cabeza con un paraguas. Los periodistas se arremolinan frente a ti. Unos tiran fotos. Otros graban lo que dices. Es tu momento de gloria. La has cagado bien cagada, pero para eso se inventaron los borradores. Un me he equivocado, no volverá a ocurrir a tiempo puede salvarte de la picota. Y te esmeras a conciencia.

Hablas despacio. Como si tuvieras el llanto atado a la garganta y hablar fuera un suplicio. Aunque lo es. No por lo que estás diciendo, lo has repetido hasta cansarte. Tampoco porque mentir mirando a los ojos de los ciudadanos que te ven a estas horas al otro lado de sus televisores sea nada nuevo en tu profesión. No. El nudo viene por más bien por lo que callas. Por los nombres que están por encima de ti y te han obligado a ser la cabeza de turco. El pringado que pague los platos rotos. Y tú, tragando. No te queda otra. Ellos son intocables. Lo sabes. Y al pensarlo se te crispan las manos. Como entre los que te estén viendo haya algún especialista en lenguaje corporal, es tu perdición. Pero no. No hay tiempo para eso. Tratas de controlarte. Así mucho mejor. Una bocanada de aire fresco para templarte los nervios. Lo que darías por un cigarro, un buen whisky con hielo y un par de putas de lujo en un jacuzzi. Chicos, no me paséis llamadas que estoy ocupado. Ya sabes por dónde van los tiros (en el amplio sentido de la palabra).

Sigues contando tu película. La has repetido tantas veces frente al espejo, que te permites hasta improvisar un poco. Al hacerlo, la voz te tiembla ligeramente. Es lo que suele tener el salirse del camino trazado. Nunca tienes la certeza de que el siguiente paso no acabe en caída.

Terminas. Es el momento de las preguntas. Los cuatro o cinco periodistas que tu gabinete de abogados ha contratado levantan la mano entre la muchedumbre. Les señalas, fingiendo que es al azar. Murmullos de desaprobación Y empieza la batería de preguntas. Todo suave. Preparado de antemano. Después, anuncias que la rueda de prensa ha terminado. La campana del Big Ben retumba marcando las horas. Sonríes para un par de fotos más y hora de que cada mochuelo se vaya a su olivo, o en este caso a su redacción.

 

Día D

07:50

Una coleta. Ropa cómoda sin costuras. Un último cigarro mientras miro por encima la portada de The Times. Nuestro amigo acapara los titulares de la mayoría de los diarios del país. Poco se imagina que mañana también será portada, pero por otros motivos.

El día ha amanecido gris aunque la visibilidad es buena. No llueve. No corre el aire. Un trabajo de los de coser y cantar. Podría hacer blanco hasta con los ojos cerrados.

08:00

Hora de tomar posición. Desde mi ventana veo su casa. De un momento a otro saldrá por la puerta para reunirse con su abogado. Acaricio la culata del SVD con mi mejilla. Regulo la mira telescópica. Libero el seguro. Dedo índice en el gatillo. La puerta de su casa en el centro de la retícula. Respiro profundamente, exhalo con lentitud. Mi ritmo cardíaco es regular y acompasado.

La puerta se abre. Empieza el baile.

Lleno mis pulmones. Aguanto la respiración. Oigo mi corazón marcando el paso.

Latido

Latido

Sonríe, extraño

Latido

Bang

Una bala entrando por un ojo. Reventando un cráneo al salir. Cara de susto por parte de la que le acompaña. Sangre. Gritos. Pánico. Temblor de manos. El rollo de siempre. Una sonrisa por mi parte. Cierro los ojos. Suspiro. Un trabajo más sin mácula en mi expediente. Un hijo de puta menos. Dinero cambiando de mano. Y el mundo convirtiéndose en un lugar algo menos tóxico. En el fondo pienso que lo que hago, hasta tiene su lado de buena fe. Matar por dinero no está mal. Pero lanzarle un beso silencioso al cabrón que tengo en la mirilla antes de borrarle la cara de un disparo, hace que lo mío sea precioso. Casi poético.

Empiezan a sonar sirenas.

Es hora de irme de aquí.

Hasta que vuelvan a necesitar de mis servicios.

 

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