Soñé contigo – @Macon_inMotion

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El alcohol corría a raudales tanto por toda la barra como entre las mesas. La música fluía gracias al cuarteto que, subido en el escenario, desgranaba cada nota. Dicen que para interpretar jazz no basta con tocar un instrumento, dicen que hay que follárselo. Y en eso estaban.
La gente interrumpió sus bebidas y conversaciones para aplaudir cuando el cuarteto terminó un fragmento. El saxofonista, un hombre de unos cuarenta años, con camisa blanca, tirantes marrones y la cara picada, se acercó al micro.

-Dicen que la música es la libertad más pura…- comenzó. -…pero el precio a pagar por ella es, a veces, demasiado alto. Dicen también -prosiguió el hombre, después de aclararse la voz- que no puedes dedicarte a esta mierda si no has perdido a una mujer, a un hombre o a ambos y los has reemplazado por un buen trago de whisky… como el que seguro que nos trae algún amable camarero.- La gente rió mientras un joven con mandil se acercaba al pequeño escenario con una bandeja repleta de cócteles.
El hombre dio un sorbo de su bebida, toda vez que el camarero le sirvió a él y al resto de músicos. Suspiró quedamente. -La echo de menos ¿sabéis?… Así que cada mañana, esté donde esté, haga frío o calor, llueva o nieve, abro la ventana y a pleno pulmón le grito al mundo lo siguiente, con esperanza de que ella me escuche: Anoche soñé contigo.- Después de unos segundos de silencio sentenció-…después me sirvo una copa. ¡Vamos a tocar un poco de jazz!- y dándole la espalda a la quincena de mesas del garito comenzó a tocar el saxo, seguido unos instantes después por sus compañeros.
Un reloj situado encima de una enorme hilera de botellas de ron marcaba las cuatro de la mañana y el bar tenía mucha menos iluminación que hacía unas horas. Un hombre barría entre las mesas mientras una de sus compañeras las limpiaba y recogía vasos y copas semi vacías. Una tercera persona ponía orden detrás de la barra y el saxofonista sobrevivía entre whisky y whisky, precariamente sentado en un taburete de madera.
-¿Te importa si te acompaño?- dijo el chico de la barra, enseñándole un vaso y una botella.
-Adelante.- contestó el músico, reconociendo al muchacho que les había servido durante la actuación hacía unas horas.
-¿Siempre bebes solo después de un concierto?
-Es mi ritual.-balbució.-Cambié a la mujer de mi vida por la música y mi hígado por evitar la depresión. No te asustes hijo, mañana estaré mejor. Con resaca, pero miembro funcional y responsable de la sociedad.-concluyó, arrastrando las erres y levantando la copa para brindar con un ser imaginario.
-Salud, entonces.- respondió el camarero, levantando a su vez el vaso.
El sol brillaba alto y fue su luz lo que despertó al saxofonista, que se retorcía penosamente en la cama del hotel a causa del alcohol ingerido la noche anterior. Cerrando los ojos con fuerza ahogó una arcada y comprobando que había dormido con la ropa puesta, se levantó como pudo buscando una cerveza. Tras unos pasos vacilantes y un par de tambaleos, encontró una a medias en el mueble, al lado del saxofón, que acarició con mimo. Antes de echar mano de ella se subió los tirantes, que le colgaban a ambos lados del pantalón, metiendo los brazos por dentro. Entonces sí, cogió la cerveza y dio un trago mientras se dirigía a la ventana, la cual pensaba abrir de par en par. El hombre sonreía mientras aspiraba el aire matinal hinchando enormemente los pulmones. Entonces, manteniendo la sonrisa de felicidad gritó: ¡Anoche soñé contigo!
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