Soltando lastre – @J_eSeKa

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Me he pasado la noche caminando por la orilla del mar. La gripe ya me acompañaba y la fiebre también, así que el estado catatónico delírico de hoy no se lo achaco al paseo nocturno. Me puse a caminar para olvidar y, olvidando, recordé la vez que quise hundir en una playa el cuadro de mi vida. La cuestión es que, desde aquel día, tengo la sensación de que alguna cosa del cuadro debió caerse. Hace tiempo que echo de menos mis cohones, mi dignidad, mi autoestima…

De noche todos los gatos serán pardos, pero los pensamientos se vuelven claros y los poemas barcos de papel, que flotando llegan a la orilla de quien quiera comprenderlos. Perdón por este lapsus bucólico sensiblón, pero es que la soledad es un buen lugar para esconderse. Así que, de la soledad y el olvido, pasé a recordar y buscar por la arena, por si aparecían restos de aquel naufragio.

Tras mucho andar por la orilla, solo encontraba las cosas que mi mente perversa quería ver: conchas de almejas vacías, algún preservativo y medusas con forma de teta. Me senté a fumar. Decidí que como no voy a tener un pastel con 48 velas, me pondría a soplar las próximas cuarenta y ocho olas que el mar me regalase. Las iba anotando una a una, en listas de diez, para no perder la cuenta. Tras anotar la última y hacer el recuento, vi sobre la orilla, a escasos dos metros de mis mojados pies, que el mar me había dejado como regalo una botella de Antonio Barbadillo. Aunque no tuviese la etiqueta, lo he bebido tanto que fui capaz de reconocerla sin ella. Aun teniendo la certeza de que estaría vacía y que desde luego eso no era más que una casualidad, que nada tenía que ver con el mundo onírico-cósmico, me acerqué a cogerla. Me sorprendí al ver que tenía un papel dentro. La botella parecía muy reciente. El salitre del mar no había conseguido apagar el brillo del vidrio que tal vez alguna persona debió sentir al compartirla con alguien querido, o una escena así quise imaginar para ella. Me fijé en el corcho a medio meter: era original, con el nombre del fabricante y marcado con su denominación de origen. Pensé que tal vez la botella en si era la denominación de origen y el papel que llevaba dentro explicaría cuál sería la de su destino. De curioso tengo un rato. Intenté sacar el corcho, pero estaba tan hinchado que me resultó imposible. Busqué una piedra y rompí la botella. Encendí otro cigarro mientras leía la nota:

<< Hola, querida. Tu “eres el mejor y punto”, te lo puedes meter en el coño y, si me haces el favor, hazlo en la parte del congelador; porque si lo haces en la del frigorífico corro el riesgo de que caduque pronto, lo tires a la basura y al día siguiente, tras dejar de mirarte la pelusilla de los problemas que habitan en tu ombligo, vuelvas a acordarte de mí, envidándome otro mensaje para decirme que necesitas que yo esté bien. Probablemente estos mensajes le caerán de puta madre a tu conciencia, pero yo me dejo llevar y paso de ver a ese par de urracas, que están todo el día ignorándose sobre el alfeizar de la ventana de mi habitación de los sueños, a creer que son dos amorfos entes, disfrazados de luces y sombras, pero que se pasan el día buscando el espacio deseable donde organizar la mejor performance del resto de sus vidas. Y bien, lo que se dice bien… no me hace.  

Sin más, me despido. Y con prisas. Necesito todo el tiempo del mundo para odiarme.

PD: Eh, igual que Alex O’Dogherti y su canción: sin rencor.

NOTA: si usted encuentra este mensaje sin ser el destinatario, devuélvalo al mar, por favor. Aunque tiene todo mi permiso para hacer una copia de él. Sé que todos corremos el riesgo de tener que utilizarlo alguna vez. Gracias.>>

Evidentemente me he hecho una copia. Uno nunca sabe cuándo va a necesitar soltar este tipo de lastres.

Acabo de venir del Mercadona con una botella de Barbadillo. Brillo tiene, ya veremos si la comparto con mi fiebre o con mi gripe. Realmente me gustaría hacerlo con mi autoestima, pero no puedo esperar a que vuelva. La botella debe continuar hasta su denominación de destino, así lo pidió por favor quien escribió la nota y lanzó la botella al mar. Por más que muchos destinos acaben convirtiéndose en un lastre del que necesitaremos desprendernos. Por más que al soltar según que lastre, deje el estigma en el alma de un perdón que no habrá forma de hacerlo llegar a su destino, porque por más que llenes el mar de barcos de papel, hay orillas a las que ya nunca llegarán para ser comprendidos.

 

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