Sólo amigos – @_Marla_Sercob

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Dedicado a J.

Debo escribir sobre la amistad con la duda de no saber si voy a estar a la altura mientras los sentimientos no dejan de cruzarse. Pero sé que he llegado a un grado de madurez suficiente como para no desvirtuar la palabra. Como para no llamar a cualquiera amigo, porque la amistad exige correspondencia de forma bilateral en constante movimiento, o de lo contrario se para.

Pero ser amigo no resulta fácil. Y menos cuando implica un alto grado de amistad. No basta con querer. Para que el otro sea, tú también debes ser. Y eso supone dejarle entrar en tu interior, en tus propios túneles sin salida para llegar a la parte más oscura. Abrir esa puerta a alguien que no hubieras abierto a ningún otro. Darle tus propias llaves y confiar.

Y es que cuando uno vive, que como siempre digo es lo mismo que morir muchas veces, la vida te hace, y eso ya de por sí te enseña con los (d)años a darte cuenta de quién es el que cierra el paraguas para empaparse contigo y quien es el que sigue ahí después de la tempestad. Porque de siempre, la amistad, ha requerido de cuidados para ir haciéndose cada día un poco más. Pero sin olvidar, que aunque a veces los amigos también se pelean, lo importante es saber actuar después de que pase la tormenta y el mar vuelva a estar en calma. Perdonarse y seguir avanzando. Y anotar las equivocaciones del otro en la orilla de cualquier playa cuando esté subiendo la marea.

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Tengo un amigo. Se llama J. Nos hemos reencontrado justo cuando él estaba con una soledad recién estrenada y con una mudanza de corazón y cabeza, y yo de nuevo con el corazón latiendo solo por rutina.

Y en esos primeros compases nos empezamos a contar como a cierta hora, la humedad de la vida nos calaba hasta los huesos. El porqué de encontrarnos los dos en pleno invierno y atravesando una ola de frío siberiano. Pero nos dimos cuenta de que al ponernos uno junto al otro,  ambos mirábamos hacia el mismo lado. Y empezamos a abrir esas puertas que hasta ahora no había atravesado ningún otro. Y un buen día, en medio del dolor y en plena rotura, nos hicimos hueco entre todos nuestros desastres y supimos abrazarnos . Y sin pensarlo, nos dejamos llevar sin saber muy bien a qué. Y quisimos llegar de golpe sin saber muy bien a dónde. Pero es que con más miedo que acierto, vimos un principio y nos empezamos a sentir vivos a pesar de tener un pronóstico de tipo reservado. Y nos caímos. Y mientras, cada uno a nuestro modo, nos convertimos en un campo de minas y nos herimos atravesándonos la carne como fieras. Nos dañamos más de lo que nos herimos y nos dejamos tirados en mitad de la cuneta.

Ha pasado más de un año. Estoy escuchando su canción favorita. Chasing cars. Esa, en la que si él muere antes tendré que buscar a alguien que la interprete en pleno entierro. Y aún ahí, con un nudo de tristeza en la garganta, cuando comenzase a sonar el estribillo, If I lay here, If I just lay here, would you lie with me, and just forget the world, le seguiría diciendo que sí. Porque si en algunas cosas nos hemos conocido por las malas pero seguimos, no quiero  ni imaginarme cómo sería conocernos por las buenas.

Hoy, después de mirar de frente a todo lo que siempre duele, he aprendido que la amistad no necesita ni de tiempo ni de espacio. Que es dejar libertad respetando tiempos y silencios y a veces asomarse sin que el otro lo sepa, pero sin olvidar nunca que estaría la primera  para meterme en su frío e iría de frente y sin armas hacia la derrota. Porque por un amigo no se mata. Dejas que te maten.

Y sí, J. y yo somos sólo amigos. Y ser solamente eso es serlo todo, porque eso es el comienzo de cualquier camino que sólo los dos queramos hacer al andar.

Y si detrás de toda amistad como mínimo hay dos canciones, en la nuestra además hay un poema:

“…usted sabe
puede contar
conmigo
no hasta dos
o hasta diez
sino contar
conmigo”.

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