Smells Like Teen Spirit – @PoetaImpostor

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¿Quién se enamora por gusto?

Sinceramente me parece ilógico hacerlo. O me parecía. En este punto no sé si debería contarlo como pasado, o presente. Lo que sé es que a futuro será mi perdición.

Say goodbye my love. I can see it in your soul.

La primavera transcurría alegre, llena de colores y aromas, personas, sonrisas y a su vez nuevos y sorprendentes errores. El once de abril se asomó por nuestro calendario, tímido y frágil, hacía un par de minutos que había despojado al diez y aún no era tan poderoso para impedirnos algo en un bar de la quinta con letrero de neón y tipografía de The Yardbirds por delante. Y detrás Hey Joe, un mural precioso de una latina exuberante con la yema de los dedos puestos en los labios rojos como si de pronto fuera a volverse real y amenazara con darte un beso volado. ¿Cómo olvidarlo?

Where do you go with that gun in your hand? recordé…

Ordenamos tan pronto como el bartender se nos acercó, sacándonos plática, preguntando sobre el día y advirtiéndonos de tener un conductor designado. Bastante amable. Todo protocolario.

Entre una Heineken y otra hablamos de todo, reímos e incluso discutimos por cosas que ni siquiera valen la pena gastar tinta. Fue bastante genial… the light was brilliant, the taste sweeter, the nights of wonder with friends surrounded. Sin darnos cuenta el once de abril ahora nos marcaba la una y media a.m. qué barbaridad. Casi como si nos estuviera corriendo.

En ese momento la risa con un par de margaritas encima de una castaña con la mirada llena de magia corrió hasta mi. Bebía a la otra esquina acompañada por un grupito de amigas, quizás maquilando algún plan siniestro para terminar con el novio. O vengarse por engañarla. Ese es el problema con las mujeres, pensé. Nada bueno puede salir cuando se juntan.
Mucho menos cuando ríen de esa manera, con tragos suaves y frutales y humo de cigarro dando un poco de alegría entre tanta mala onda, miradas perdidas, relatos de amor y ganas de suicidarse. Mierda. Si tan sólo fueran un poco menos delicadas. No tendríamos que amarlas. Hasta seríamos amigos.

Fue un encuentro maravilloso, repentino y trágico. Como un choque de dos trenes bala a doscientos veinte kilómetros por hora. Pérdida total.

Comencé a sentirme mal, con náuseas, y la Heineken no ayudaba. La gente me parecía borrosa, entremezclada con las luces de neón y el humo. Una mezcla extraña. Muy curiosamente (y a mi pesar) ella se veía preciosa… lúcida. Vestía con un suéter negro de cuello de tortuga y el cabello recogido, pintada de sonrisas. Toda muy chic e intelectual. Me pareció en ese momento que ella era la única que tenía un buen sentido de la moda. Oh, lo que daría por descubrir lo que hay debajo de toda esa tela.

Carraspeé y me levanté con dirección al sanitario; necesitaba mear un poco. Hacía bastante que dejé de seguir la conversación con mis amigos (que tampoco era trascendental) por lo que no importó lo que sucedió después. Tal parece que ella también se aburrió de aquella plática convencional de mujeres convencionales planeando cómo destruirnos un poco.

Oh wild thing
you make my heart sing.

Cantaba a todo pulmón, (de hecho no, simplemente cantaba) cuando escuché su risa. Fue la primera vez que conocí su voz; que realmente me prestó atención. Sonreí como idiota y continué.– Wild thing… I think I love you. Nada mal. Nada mal. Expresó entre pequeños aplausos. Su mirada inmediatamente se iluminó, como luces en navidad. Le propuse dejar toda esa basura de amigos atrás e irnos a una mesa juntos. Aceptó.

Estábamos cerca. Tan cerca que no sentía esa brecha entre la madera de cedro, el cenicero y nosotros dos. Su nombre, Danielle. Me contó que se había mudado desde Kansas debido a los estudios; una futura abogada. La menor de tres hermanas y usualmente la más tranquila del grupito de amigas, aunque esa noche se había propuesto ser más ella misma y menos tan tímida.

Hablamos de música, de Jimi Hendrix y The Doors. Concordamos que los sesentas eran de The Rolling Stones antes que The Beatles. Hablamos de arte, de astrología, incluso nos contamos los sueños que habíamos tenido la noche anterior a esa. Se nos pasó el tiempo. Lo sabía porque el bar cada vez estaba más vacío.

Debajo de la mesa había conexión también; una fiesta alegre entre su falda y mis vaqueros; tan pronto y ya querían bailar. De vez en cuando me daba pequeñas pataditas con sus botas de tacón alto color marrón. Daba la impresión que lo hacía cuando se ponía nerviosa y pensativa. La cosa iba avanzando bien; me sentía bien.

Después de acordar oír The Dark Side of the Moon junto a un buen porro, pasamos a las películas. Joder si sabía. Incluso más que yo. Desde El último tango en parís hasta Chinatown. Incluso nos aventuramos a Manhattan y fiebre del sábado por la noche.

Sin embargo nunca tocamos el tema de la poesía.
Omití que quería ser escritor.
No le conté que mis manos escribirían de ella más tarde en la Olivetti.

Nos fuimos de Apple Blossom pasadas las tres a.m. sin despedirnos. Ni adiós a John, ni a Joker. Nadie importó. Ella sólo se despidió con un ademán de sus amigas. Caminamos juntos pero no de la mano.

Riendo pero no de nosotros.
Hablando pero sin intimar demasiado.
Había química pero no la queríamos arruinar tan pronto.

Llegamos a su apartamento y ninguno se tomó la molestia por pedir más. Ni ella ofreció una copa ni yo pedí permiso para entrar. La tomé de la mejilla y la besé con hambre y pasión y deseo y rudeza contra la puerta a medio abrir. Nos fuimos quitando la ropa de camino a la habitación, dejando pistas por la sala y el pasillo. No nos mirábamos; teníamos miedo a sentir más de lo que necesitábamos.

Finalmente se quitó ese suéter negro. Su piel era blanca, sedosa y caliente. Hay personas que te hacen sentir en lugares y momentos precisos… bueno, ella me hacía sentir más que eso.

Follamos un par de veces antes de caer rendidos. Su boca me sabía a margaritas y frutas y un poco de tabaco. Su cuerpo por otro lado olía a vicio y muerte anunciada.

Ese once de abril amaneció pronto. Danielle se me había adelantado en aquello de despertar. Se veía preciosa a las diez de la mañana con un camisón rosa pálido dando volteretas para secarse el cabello y maldiciendo un poco. Era todo un espectáculo que yo observaba cómodamente desde su cama con una esencia demasiado buena. Olía a espíritu adolescente. Buenos días.– Susurró con suavidad a través del espejo. ¿Quieres algo de comer? ¿Café? Soy buena en la cocina. Igual puedes ducharte.– Me guiñó el ojo. Tenía ese color que te hace sentir pequeño… Ya saben, el que te da insomnio. Se veía contenta.

No va a funcionar. –Me vestí y me marché.
Cómo iba a decirle que esa noche había volado.
Cómo iba a decirle que no la quiero para una noche, sino dos. O tres. O cuatro. O mil.

Allá afuera en las calles todo se veía gris y nostálgico. Entré a otro bar y llené su recuerdo de alcohol. A secas. Sin desayuno. Se hacía de otoño en mi corazón.

 

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