Sirena de esquina – @soy_tumusa

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Me enamoré de su tristeza, de la pena que derrochaba su mirada cuando se ponía a pensar en todo lo que la vida le estaba quitando. Me enamoraron sus ojos, llenos de ganas y esperanza, vivía con la ilusión de que todo iba a mejorar. Me enamoré de su cuerpo, infinito, suave y joven, como una recién florecida rosa que no puedes parar de contemplar.

Fue la decepción y la realidad, mi falta de cordura quizás o la desilusión de algo que jamás iba a funcionar, los que aquella noche me hicieron caminar sin rumbo viendo mi sombra reflejada en los charcos que dejaba atrás. Su silueta dibujada en aquella última esquina, perfecta y delicada, ya me atraía hacia ella como el canto de una Sirena. Cautivado por saber más de ese cuerpo me acerqué y allí estaba ella, apoyada sobre la pared como si el peso del mundo lo llevara sobre su espalda. Apenas me miró, cabizbaja murmuro un extraño “¿Me necesitas esta noche?” y yo quedé en  silencio, observando su eterna tristeza; me quedé pensando por un segundo y realmente hasta hoy no me he dado cuenta de que no la necesitaba esa noche, sino todas las noches, todos los días, el resto de mi vida.

Tomé su mano y con un “Vámonos” la seguí por las oscuras calles de la ciudad hasta su pensión. Que locura la mía, al verme esperando en las puertas de aquel viejo edificio, listo para entrar y perderme, listo para olvidar y dejarme llevar por aquella mujer de mirada triste y cuerpo perfecto.

La miré durante tiempo mientras se desnudaba, su sensualidad me embriagaba y excitaba a la vez. Ella era para mí, al menos esa noche. Su misterioso silencio hacía crecer más mi interés por saber de sus ojos, de su vida, de su piel, pero ella apenas me miraba. Despertaba en mí tanto deseo y ternura que no dudé en abrazarla y besarla, como si llevara haciéndolo toda una vida, al abrigo de mis labios y mis manos, ella se relajó y yo noté esa noche que se sintió a salvo.

Su piel, sabía a gloria, besé cada rincón, cada esquina de aquella sirena. Ella abierta para mí, me complació con cada caricia. Mis gemidos se fundían con los suyos cada vez que mi ser la penetraba en todos los sentidos, fuimos uno, aquella noche no me folle a una puta, le hice el amor como nunca a una dulce sirena que me hizo enloquecer. Nuestros cuerpos eran uno al compás, la mezcla de nuestros fluidos nos hacia arder en deseo, ella se entregó a mi como si yo no fuera otro cualquiera; yo me dediqué a ella como si fuera la primera vez que tocaba a una mujer. Adoré la aureola de sus pezones, duros y tersos, ella mordió y lamió cada trozo de mi cuerpo, marcándolo para siempre como si fuera un tatuaje. Besaba sus muslos, finos, delicados, mientras se estremecía al notar mi boca cercana a su sexo. Compenetrados, idos y alocados nos corrimos esa noche como adolescentes deseosos y necesitados de pasión.

El camino de vuelva a mi realidad, fue pensando en ella, en su tristeza, en lo poco que me contó de su vida mientras nos acariciábamos y nos besábamos antes de la despedida. Sé que fue puro y verdadero pensaba mientras caminaba, pero imposible y de locos, replicaba mi conciencia. Los siguientes días a ella, eran infumables, mi cabeza la perseguía en los recuerdos de aquella noche y mi cuerpo la buscaba, mi pene endurecía al saber de sus caricias y no tardé mucho en recorrer los callejones en busca de su esquina. Mi sirena, mi musa, ahí apoyada como esperando mi llegada. Al principio era esporádico, el miedo a sumergirme en ella, me hacía actuar con cautela, pero su cuerpo, su mirada, me hacían enloquecer. Después fue cada noche, no podría pasar sin sus besos, sus caricias, ella me llenaba más que toda la verdad que me rodeaba. Ella sabía entender de mi soledad y yo entendía su miseria de vida. Éramos dos en un barco a la deriva, sin timón y sin rumbo, dispuesto a naufragar, pero quien no querría ahogarse en ese cuerpo y en su mar.

Mi locura fue tal, que decidí romper con mi vida, la cual  hacía tiempo que estaba agrietada, y salir en su busca, alejarla de la calle, devolverla de nuevo a la vida y amarla, porqué no. No podría dejar de pensar en ella desde que mi cuerpo se unió al suyo. Una noche como siempre, al salir del trabajo, la fui a buscar, no estaba en su habitación, tampoco sostenía su esquina, aquella que tanto pesaba, no logré dar con ella esa noche. Recorrí cada antro, cada calle, cada pensión sin suerte. Supe lo que era la angustia, la ira y la decepción en un solo suspiro. Tardé demasiado en darme cuenta de lo que la necesitaba en mi vida y la perdí. Jamás supe de su cuerpo, ni de su triste mirada; vagué noche tras noche por las esquinas como alma en pena, pregunté su nombre a cada sirena que se me ofrecía, y jamás di con ella.

Ahora la pena la derrochan mis ojos, ahora mi mirada está triste cuando pienso en ella y en lo que la vida me quitó sin yo darme cuenta.


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