Sin tregua – @_vybra

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Te espero, no llegas y, hoy, curiosamente, no me desespero.
Hemos quedado hace más de una hora y no voy a llamarte para escuchar cualquier excusa que quieras contarme. Estoy bien aquí, esperándote.
Son las ocho y una brisa fresca me regala fragancias de las flores que adornan la terraza de este bar. Frente a mí, unos niños inventan miles de aventuras desde los columpios y yo sonrío porque, sin saberlo, ellos hacen agradable mi espera.
Sonrío. No es la brisa, no son los niños y no es el delicioso capuchino que he tomado. Empiezo a entender que lo agradable es que te retrasas o la esperanza de creer que no vas a acudir a nuestra cita.
Respiro, pido un segundo café y pienso en cómo las cosas que antes me resultaban importantes, ahora me parecen tonterías. Supongo que estoy cansada de nuestra relación de guerra sin tregua. Sí, debe ser que me agotan cada uno de nuestros combates, en los que olvidamos que somos aliados y no extraños que el tiempo y la costumbre han convertido en enemigos.
Cada día la misma rutina, según los ánimos hoy uno desempeña el papel de general impasible y el otro el de subordinado que acata ordenes sin derecho a réplica.

Hoy atacas tú y yo protejo mi alma en una barricada que ninguno de tus ataques consigue derribar. Mañana, la indiferencia convierte mis palabras en la peor arma inventada y tú corres a refugiarte en el castillo de falso control que creaste para que yo no me acercara.
Una relación, la misma batalla y dos soldados que usan los silencios como escudo y las palabras como metralla.
Nuestra particular guerra fría, qué ironía… cuando en realidad mi deseo es que la causa de tus silencios sea que tu lengua está batallando con la mía.
Me pregunto por qué no deponemos las armas que nos dañan y pasamos a convertir la cama en nuestro campo de batalla. ¿Qué perderíamos por intentarlo? Es sencillo, variemos la estrategia.
Hoy tú atacas, yo me dejo, con tus manos buscando por mi cuerpo cualquier punto débil que haga que yo alce la bandera blanca ante tu asedio. Mañana yo te ataco, tú te dejas, haciendo que mi lengua haga tambalearse tu primera línea de defensa.
Sin tregua, eso es lo que quiero. Dejar a un lado los silencios para empezar el enfrentamiento de gemidos y que las manos conviertan nuestros cuerpos en prisioneros de los deseos.
Sin tregua besas mi cuello, yo araño tu espalda, o muerde mis labios mientras mis manos buscan desafiar tu calma. Dame ventaja, haz que crea que voy venciendo, mientras desciendo con mis labios por tu pecho y yo a cambio desprotejo mi retaguardia, haciéndote creer que no deseo que ataques con rabia. Sudor, arañazos, pasión y mordiscos.
Nueva estrategia y vencida la rutina que cada día nos derrota sin clemencia. Una relación, distinta batalla y dos reclutas que ganan la guerra rindiéndose, enredando sus cuerpos entre las sábanas.
El sonido del móvil devuelve mi mente a la realidad de este bar, con tu excusa en forma de mensaje diciendo que estás llegando. Dos horas tarde, no está nada mal.

Ni una disculpa, ni una razón, tan solo cinco palabras que lo deciden todo: «Estoy allí en tres minutos”.

Sonrío. Un favor susurrado en los oídos al camarero, una nota bajo la suculenta propina y recojo mis cosas para emprender mi camino.
“Ha acabado la guerra, ambos hemos perdido. Sin tregua, me despido”.

 

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