Sin remitente – @igriega_eme

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Comenzó a oscurecer, el cielo de Agosto despoblado de nubes que minutos antes parecía incendiarse, se iba transformando en azul profundo y liso.

El circuito de ciclistas se había quedado prácticamente vacío, sólo quedaban un par de siluetas que poco a poco se iban alejando hacia el entronque de salida. Algunas ardillas continuaban sus saltos y danzas de copa en copa y entre bellotas y colas.

Esta era sólo una de las incontables noches que a lo largo de los años, había permanecido ahí, sentado, solo, inmóvil, en la banca de hierro frío acompañando a la noche en su caída, resguardado al abrigo únicamente de las hojas del bosque.

Cuando la luz del cielo se hacía casi imperceptible, le era casi imposible contener el impulso de ubicar en el horizonte del este, el Triángulo de Invierno en el que la súper gigante roja Betelgeuse era la guía para ubicar a Procyon quien le anunciaría la inminente aparición de Sirio. Sirio, la estrella más brillante de toda la noche, le había hipnotizado desde que le descubrió apenas siendo un crío y desde entonces, había desarrollado su afición por contemplar a los diamantes del universo.

Esa noche había lluvia de meteoros, las Perseidas.  Era un buen pretexto para prolongar su estancia en el parque así como su observación nocturna. Siempre que pensaba en su abuela, sucedían cosas atípicas. El parque se encontraba sumido en la parte central de la ruidosa y saturada Ciudad de México, no era una zona rural, era más bien una aldea de concreto.

Fue aproximadamente cuando tenía quince años que su abuela había muerto, era con ella con quien más había convivido durante su infancia, aunque no había sido una relación cálida y acolchonada, como esas que relatan los libros, en los que las abuelas no hacen mas que mimarle a uno. Aún así, había sentido su ausencia, ya que la relación con la abuela materna había sido poco menos que nula.

Al pasar de los años, su imagen se había ido destiñendo poco a poco en su memoria. Sin embargo, en ocasiones, agradecía en silencio y mirando al infinito, el regalo que para su vida, había sido su sola existencia. Simple sin ella, no estaría en este mundo.

Cada que recordaba en silencio a su abuela, se atravesaba en su campo de visión una estrella fugaz, una lechuza, o llegaba un viento helado en pleno verano. Al ir relacionando en su haber varios hechos similares, se había confeccionado una conclusión a medida: eran las conexiones invisibles las que lograban esas manifestaciones de su abuela, era la forma en la que ella le hacía saber que estaba bien y que aunque había partido sin decirlo, le quería, por siempre, a través de las dimensiones y tiempos.

Justo pensaba en la corta vida de su abuela, en los cincuenta y tres apenas cumplidos y cómo la vida se le había escapado por debajo de la puerta del hospital, cuando un destello seguido de un estruendo, le hizo ponerse en pie de un salto.

Dirigió sus pasos silenciosos hacia una fila de setos donde aún entre el follaje se veían restos de luz de color naranja y rojo.

Así lo encontró, desorientado, perdido, sin rumbo, sin remitente. Era un pedazo de meteoro, el césped a su alrededor se había quemado y despedía un poco de humo. Pensó que un impacto así sólo podría ser augurio de una nueva historia, de un gran acontecimiento, de algún comienzo.

Echo una mirada de nuevo a la roca extraterrestre y como otras noches se despidió de su abuela seguro del mensaje que debía descifrar.

Cuando traspasó el umbral de su casa, sintió una atmósfera diferente.   La chimenea estaba encendida y sobre la mesa había una cajita amarilla rodeada por un enorme moño de seda rojo.

Su presentimiento se confirmaba, alguna sorpresa de la vida.  Adentro, le esperaba la confirmación de embarazo de la mujer que amaba.

Gracias universo. Gracias meteoro.

 

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