Sin peros en la lengua – @Netbook + @cristinagmc_gmc

Ricardo García @Netbookk, krakens y sirenas, Perspectivas

He ido a recogerte y, por alguna extraña razón me encuentro sentado a los pies de tu sofá, abriendo la cerveza que me has dado… supongo que será el cansancio. Ha sido una semana larga y complicada, pero hacía tiempo que queríamos quedar y ya no podía dejar pasar la oportunidad, así que me ofrecí para recogerte. Dos besos en la puerta al recibirme, un abrazo cálido dos segundos más largo de lo normal y el brillo de tus ojos deberían de haberme advertido… Estabas muy guapa entre mis brazos.

Hemos quedado con unos amigos, nos vamos a tomar algo y te llevo en mi coche porque el tuyo está estropeado. He llegado pronto así que, como tenemos tiempo, me pides unos minutos más para acabar de arreglarte. A fin de entretener la espera me pones una cerveza. Al principio, me siento en el sillón, pero acabo bajando al suelo para mantener la espalda recta y acabo apoyándola en el brazo del sofá. Tú desapareces por el pasillo y, al poco tiempo, suena el correr del agua en la ducha.

Pasada media cerveza, oigo abrirse la puerta y te escucho canturrear. Me inclino hacia la derecha para mirar y al fondo del pasillo puedo ver una nube de vapor de la cual sales envuelta en un albornoz gris perla, el pelo cubierto por otra toalla. Con la nube a tu espalda, te acercas a donde estoy sentado en el suelo.

— Cinco minutos – me dices mientras te agachas, soltando la toalla del pelo y desatando mi imaginación, ya que, en el mismo movimiento inocente, separas mis piernas con tu pie descalzo, situándote entre ellas.

— Como si son diez. Seguro que la espera vale la pena — te contesto observándote lentamente, de abajo arriba. Sin mirarme, coges  la cerveza de mi mano y le das un trago largo. Mientras mi mirada se desliza lentamente desde tus pies hacia arriba por el albornoz ligeramente entreabierto… Empiezo a tener calor.

— ¿Realmente crees que vale la pena? Me dices mientras te inclinas sobre mí a dejar la toalla en el respaldo del sofá. Al hacerlo, el cinturón se suelta un poco y la tela se abre desvelando parte de tu cuerpo desnudo.

El tiempo se para, mientras nos miramos un instante. La tentación es demasiado grande como para no fijar mi mirada en el sensual juego de luces y sombras que me deja disfrutar de tu piel, todavía húmeda, a escasos centímetros… Tan cerca, que puedo comprobar que hueles muy bien. Lentamente pasan dos segundos más. Me miras, te miro, te miras la abertura del albornoz y una sonrisa aparece en tu rostro mientras adelantas ligeramente una pierna, cambiando de posición, dejándome disfrutar de la luz sobre tu piel.

Te plantas delante de mí, con el albornoz entreabierto y mientras sonríes, flexionas ligeramente las piernas acercándote todavía más. Mis manos no pueden evitar acariciarlas mientras tú apuras la cerveza dejando que unas gotas resbalen por tu boca, bajen por la garganta y vayan cayendo, perezosas, entre tus pechos que se muestran desafiantes…

Mueves las piernas ligeramente para situarte justo delante de mí. El albornoz ya no esconde nada y me gusta lo que veo. Mis manos se aferran a tus gemelos y suben acariciando la cara interna de tus rodillas, disfrutando de tus muslos hasta que, incorporándome un poco más, consigo atrapar tu culo.

Sigues sonriendo mientras esas gotas de cerveza bajan ya por tu estómago.

— Tengo sed — te digo, atrayéndote hacia mí.

Sobran las palabras cuando decides dejar caer el albornoz al suelo y te nuestras espléndidamente desnuda. Te inclinas dejando que disfrute de la cercanía de tus magníficos muslos, para coger mi cabeza mientras me ordenas:

— Bébeme — dices, inclinando tus piernas hasta poner una rodilla en el sofá, queriendo atrapar mi cabeza entre tu sexo ofrecido y el almohadón. Con un dedo recoges la gota de cerveza que estaba llegando a tu monte de Venus y mojas mis labios con ella. Yo me recreo chupándolo con ganas mientras observo cómo te muerdes el labio.

Y al sacarlo de mi boca, justo antes de que mi lengua de sumerja en tu deseo, me quitas la gafas. Luego, levantas las manos para hacerte una coleta rápidamente, dejando tus pechos a mi alcance y me susurras insinuante:

— ¡Que ganas tenía de atraparte! ¿No pasa nada si llegamos tarde verdad? — preguntas con un mohín divertido…

Evidentemente, no puedo ni quiero contestar a esa pregunta porque justo en ese instante, apoyas con cuidado la otra rodilla sobre un almohadón atrapando completamente mi cabeza. Mis manos siguen disfrutando de la rotundidad de tus nalgas y mientras mi lengua comienza a abrirse paso entre los pliegues de tu sexo mojado con una facilidad pasmosa, tú gimes aferrándote al respaldo del sofá… El aire huele a deseo, y yo me quedo sin peros en la lengua.

Escrito al alimón con Niké de Samotracia…  y una cerveza compartida.

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