Sin gracia – @kike_vasallo

Enrique Vasallo @kike_vasallo, krakens y sirenas, Perspectivas

Entonces comenzaba un nuevo día,
y el sol se alzaba al par que las estrellas
que junto a él el gran amor divino

sus bellezas movió por vez primera;
así es que no auguraba nada malo
de aquella fiera de la piel manchada

la hora del día y la dulce estación;
mas no tal que terror no produjese
la imagen de un león que luego vi.

Dante Alighieri. La Divina Comedia.

Encendió un cigarro tumbado entre el suave edredón blanco y mullido que, revuelto, cubría parcialmente las reveladoras manchas de una noche envuelta entre las luces de velas y los sudores de dos cuerpos luchando por hacerse uno.
Giró la cabeza hacia la izquierda exhalando, en el recorrido, una medida bocanada de humo. Al disiparse la neblina gris vio el cuerpo moreno de ella bajo la lluvia tibia de la ducha que arremolinaba un tenue vaho; ésta conectaba con la habitación por tan solo un cristal haciendo las delicias de los ojos de él. Se regocijó con la magnífica visión hasta que ella se dio cuenta y haciendo un ademán ofendido, que quedó revocado por una sonrisa amplia, le invitó a unirse a ella con un guiño.
Se levantó y fue hasta la terraza, aun con el cigarro entre los labios, y corrió las cortinas. El sol entró por la terraza abierta iluminando la estancia llenándola de colores reverberantes reflejados en el agua revuelta del Duero. Cogió la cámara de fotos, colocó un gran angular, se sentó en la cama miró por el visor y encuadró la ducha en el centro quedando el cuerpo de infarto enfocado y nítido a un lado. Apretó el disparador justo antes de que ella girara la cabeza y le mirara con reproche. Dejó la máquina en la cama y apagó el cigarro en un cenicero cercano. Entró en la ducha y ella lo acogió con un tierno saludo en forma de beso seguido de una insinuante frase susurrada al oído que ni siquiera las paredes pudieron escuchar.

Su voz sonaba como una sonrisa. Su risa sonaba como una tormenta que parecía descargar sobre él su erótica furia. Su cuerpo parecía un tifón de sensaciones prohibidas.

Un mordisco entre su cuello y la espalda fue el preludio de un buen comienzo de mañana bajo el agua que esmerilaba la imagen de la ribera del Duero cuajando de gotas el cristal de la ducha sobre el que apoyaban sus manos.

Se antojaba, la vida, sin gracia sin estos momentos, insípida.

Después del desayuno carnal y el nutritivo café mañanero salieron dispuestos a ver la vida a través del objetivo de sus cámaras. Ella buscaba paralizar instantes llenos de color y vida mientras que él se sumergía de lleno en el blanco y negro y jugaba con los desenfoques para retratar las caras del mundo.
Sentados en una terraza frente al Convento de los Clérigos disfrutaban de un excelente café después de comer bajo el sol amable de un extrañamente suave febrero. Él escuchaba atento cómo ella leía la vieja guía de la ciudad que habían comprado en la antigua librería que salía en los libros de Harry Potter mientras él fumaba una pipa con la parsimonia del que sabe que tiene todo el tiempo del mundo para disfrutar. Miró el hornillo para examinar la combustión, arregló el tabaco y lo prensó un poco. Alzó la vista y miró aquellos labios que prometían guerra a cada palabra que escapaba de su comisura. Paró ella de leer y con reproche arrugó la nariz y puso los ojos en blanco increpándole no poder ver más allá de sus pestañas debido al humo que exhalaba al fumar.
Sabía que a ella no le hacía mucha gracias que fumara en pipa pero también sabía que la volvía loca el olor de su barba tras un par de bocanadas intensas.
Él abrió su mochila y de ella sacó una pluma estilográfica que le había regalado ella dos días atrás. Era una Seaffer grande y pesada que se adaptaba a su mano a la perfección. Abrió la libreta que siempre llevaba en el bolsillo trasero izquierdo de su pantalón y escribió algo. Se lo mostró y ella con una mueca pícara asintió y se levantó sensualmente.

Iban bajando calles cuando al pasar por delante de la Iglesia de San Francisco ella posó modosa. Él cruzó la calle para tener mejor ángulo y pegó el ojo al visor. Encuadró, la figura de ella quedaba empequeñecida por la espléndida fachada. Oyó un chirrido de neumáticos al mismo tiempo que apretó el disparador. Justo en el momento en el que el obturador se cerraba distinguió la mancha borrosa de un coche. Parpadeó buscándola y no la vio. Había oído el frenazo, el coche subiéndose al bordillo y un golpe seco. Dejó caer la cámara que se hizo añicos contra el suelo. Cruzó la calle sin mirar y llegó hasta donde estaba el coche… La vio, debajo, destrozada…

Entonces despertó, gritando. Había vuelto a revivirlo en sueños. Había visto todo sin poder hacer nada, como extrañamente lejos pero terriblemente cerca.

Se incorporó, encendió un cigarro. Miró hacia la ducha y se levantó para abrir las cortinas de la terraza de su habitación. El sol de Oporto estaba oculto tras una espesa capa de nubes que descargaban una fría lluvia; todo gris, sin color.

Entró en la ducha y abrió el grifo aún con el cigarro en la boca.

Cerró la puerta de aquella habitación, que cada cuarto día del segundo mes del año reservaba desde aquel fatídico momento hace ya 5 años, y desayunó un café.

Salió del hotel cámara en mano, libreta en el bolsillo trasero izquierdo del pantalón, la guía en la pequeña mochila que llevaba y la pluma Sheaffer en el bolsillo de la camisa dispuesto a revivir cada instante de aquel día tal y como ellos hicieron, dispuesto a fotografiar cada rincón en el que ella lo miró con la vida desbordando de sus ojos, dispuesto a volver a verla con su sonrisa radiante en el día de su aniversario. Dispuesto a poner algo de color, ese día, en su vida sin gracia.

Echó un vistazo al bolsillo interior de la libreta y encontró, como siempre que lo hacía, una foto, arrugada, en blanco y negro en la que había una preciosa fachada, una sonriente mujer y un movido y desenfocado coche…

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