Sin estilo – @Imposibleolvido + @distoppia

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Llego tarde y despeinada. No me he quitado las gafas y no estoy segura de llevar el monedero. Qué desastre, Laura, otra vez. Me espera en la mesa del fondo, junto a la ventana. Hemos quedado aquí porque este bar se parece mucho al patio del recreo. No puedo evitar la sonrisa, tenía ganas de verla.

—Hola, Olvido, ¿cómo estás?

—Ya sabes, podría estar mejor.

—¿Qué te pasa, rubia? ¿Sigues con los sueños hiperrealistas?

—Y van cuatro noches sin dormir, Laura, cuatro.

—¿Le pido a Mous un par de cañas?

—Dale. ¿Sigues usando la vieja cámara de fotos de tu padre?

—Y su máquina de escribir. Me mantienen cerca de la infancia.

—¿Y cómo llevas lo de tu ex?

Después de hablar largo y tendido del amor, del desamor y de todos sus hijos de puta, se le escapa a Olvido un suspiro y yo, que tengo la fea costumbre de fotografiar a las personas cuando creen que nadie mira, no quiero romper todo su ruido interior. Me levanto a por otra ronda y desde la barra la veo de lejos, abstraída, mirando a través del cristal. Lleva al menos cinco minutos. Dejo que suceda. Quisiera estar dentro de un relato para que pudiera ella escribir con el corazón en automático. Imagino entonces en mi cabeza cómo sería su monólogo interior bruto:

“Ya voy por la tercera cerveza y me siento igual que ella: Vacía.  El problema es que a mí el camarero no me puede llenar.  Estoy en la estación equivocada, buscando urgentemente un tren de lejanías que me lleve hasta su andén. He llegado tarde una vez más, y aquí me tiene, con el billete de ida en la mano y las lágrimas de vuelta en la otra.

Enciendo un cigarro, y otro más y voy consumiendo mi vida. ¿Quién coño va a querer a una colilla? Una colilla que nunca sabe cuando tiene que apagarse, y siempre termina quemando a todo el que intenta llevársela a la boca. ¿Quién va a querer hacer de cenicero y recoger cada una de las cenizas de mi pasado? ¿Quién se puede enamorar de alguien que huye cada vez que escucha la palabra amor?

No hay forma de querer a un corazón hecho pedazos, un alma rota, unos ojos que están secos de tanto llorar ¿Quién coño va a querer usar una colilla que yo misma he tirado al suelo miles de veces? Y no contenta con eso, he ido pisoteándome hasta que la última ceniza ha quedado apagada por completo. Acaba de pasar otro tren destino felicidad y sí, lo he vuelto a perder. Encenderé otro cigarro. Todos sabemos que el humo de la soledad mata pero aún así seguimos fumando cada noche”.

Lleva las ojeras al día y las uñas mordidas. El pelo perfecto, como si fuera lo único que mantiene en realidad bajo control. Tiene el estilo de quien lleva muchos años peleando contra todo y contra sí misma. No ha dejado de mover el pie derecho en ningún momento, parece que quisiera salir huyendo a otro lugar. A uno en concreto. De vez en cuando niega con la cabeza y casi diría que, de no estar en un bar, empezaría a hablar sola. Impresiona ver a una persona apuñalarse a sí misma en silencio. Está recreándose en un error. Lo sé porque yo misma he estado ahí muchas veces. Ha entrado en ese bucle maldito del “es culpa mía” y no se da cuenta de que del huracán de culpabilidad sólo hay dos formas de salir: o con los pies por delante o con el paso firme. Desde la distancia, toda ella, yo sólo puedo cruzar los dedos y desearle suerte. Ojalá encuentres tu hilo, Teseo.  Sé que cuando me acerque volverá de su lejano país interior e intentará animarme, sonrisa en boca, cuando le cuente lo de Nueva York. Y eso, joder, eso sí es tener estilo.

Me mira de repente, de lejos, y entiendo entonces que está pidiendo auxilio. Me mira como queriendo decir “sácame de mí”. Me acerco como si nada, pero como si todo, y le pregunto por el último libro que ha leído y, en lugar de eso, me contesta con un “quiero que escribamos un texto entre las dos”.

 

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