Silencios que gritan – @soy_tumusa

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 Hay silencios que gritan, libertad.
Hay silencios que callan, víveme.

Mareaba el café de la mañana, pensativa. Media vida complaciendo, me digo, quizás porque no conozco otra manera de ser, quizás porque me hace sentir mucho mejor conmigo misma, quizás porque me lo enseñaron así. Me he vuelto tan sumisa, que a veces parece que no soy yo. Dónde está aquella chica loca, la que salía a la calle despeinada, la que se bebía los vientos y devoraba cada trozo de vida para ahora vomitarlo poco a poco cada vez que me acuerdo de lo que fui, y en lo que me he convertido.

Jamás pensé que cuatro paredes ahogaran tanto, reprimida, quiero gritar, pero de nada me sirve, hace mucho tiempo que dejaron de oírme y a veces no me escucho ni yo. Dónde están mis pulmones, y mi voz, aquella que tantas cosas reivindicaba, aquella que nadie tenía los santos cojones de callar. Se apagó, me dejé silenciar, me conformé y ahora este silencio grita libertad, ahora mojando las penas en este café, miro mi cárcel, esta que no tiene barrotes, pero aún así encierra igual.

Aquella mañana sin luz, como muchas otras, sonó el timbre de casa, yo estaba inmensa en mis pensamientos mientras removía mi segunda taza de café. Me miro el reloj, <<que raro, si él no llega hasta las dos>>. Salgo por el pasillo y me detengo en el espejo para echar un vistazo antes de abrir, no hay mucho más que arreglar que los rizos desdeñados que se salen por encima de mis ojeras signos de estar recién levantada. Abrí con desdén porque creía que era la pesada de la vecina y una brisa fresca, con aroma a perfume de diseño y juventud me pedía disculpas por molestar a estas horas de la mañana. Ese olor tan embriagador junto a su amabilidad, su traje, su voz y su cara se paseaba por mi mente como una fugaz estrella diciendo, pasa y fóllame.

Apenas dijo no sé qué del contador del agua, y cuando me di cuenta le estaba agarrando del cuello de la camisa mientras le devoraba la boca y arrastraba pasillo a delante restregándonos por la pared, rompiendo todo lo que rozábamos con nuestros cuerpos, poco importaban los cristales del suelo, mientras su lengua no parara de jugar con la mía y su saliva me humedeciera entera. En un arrebato le destrocé la camisa, el ruido de los botones cayendo al suelo, me excitaba aún más, notaba mis muslos cada vez más mojados por la hiel de mi sexo. Su boca buscaba mi cuello, mis piernas cada vez se abrían más para dejarle rozarse con mi entrepierna, ahí apoyada contra la pared, me deshacía mientras aquél desconocido repasaba cada rincón de mi piel con sus delicadas manos y yo jadeaba cada vez más y más. En aquel momento mis silencios sólo pedían a gritos un poco de vida y mil gramos de locura.

Su piel se adentraba con la mía en cada rincón, sus manos rasgaban mi camisón por debajo de mi bata y veía como caía al suelo prenda a prenda mientras arañaba mi piel con la boca, con las manos, con su pene. Desnuda contra la pared, me rompía en su boca, gritaba cual perra loca, desatada, como si me hubieran dado rienda suelta tras años de encierro, cogía sus labios y los mordía, cogía su pene erecto y lo restregaba por todo mi sexo, le gritaba y le ordenaba lo que quería que me hiciera, ya no había sumisión, ahora era yo la que tenía las riendas. ¡Fóllame, maldito cabrón! Me atreví a suspirar, mientras él, cada vez más fuerte me embestía una y otra vez, contra aquella pared del pasillo.

La humedad recorría la piel de mis piernas, cada vez más mojada, más loca en su boca le llevé al salón, donde las posturas, las piernas, las manos y su maravillosa lengua se confluían en un solo cuerpo, bailando al compás, gritando a la par, devorando sin más. Agarraba mi pelo cual caballo al cabalgar mientras me penetraba una y otra vez y yo mordía y lamía sus dedos intentando callar y no gritar, mi silencio pedía más fuerte y mis gritos no pares. Desbocados y salvajes nos corrimos como locos, sudorosos y exhaustos tirados sobre la alfombra de aquella cárcel. Oía su corazón latir fuerte, al lado del mío que esa mañana despertó y volvió a vivir; la respiración ajetreada no me dejaba articular  palabra, sólo mirarle y suspirar.

Nos vestimos silenciosos, más atónitos que avergonzados por lo que había ocurrido, yo quería gritarle “me has devuelto la vida hoy”, pero mi voz calló, sumisa, una vez más. Le acompañe a la puerta a golpe de corazón, y latiendo fuerte recibí el mejor beso, la mejor caricia y el mejor piropo. “Eres fantástica”, gritó su silencio y un “volveré a verte”, hizo que mi sonrisa me devolviera a la vida.

Aquella mañana descolorida, volví a brillar.

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