Silencios que gritan – @Netbookk

Ricardo García krakens y sirenas

El sonido de las hojas del periódico al pasar, nuevas y crujientes, es lo único que se escucha en el local cuando se ha apagado el fondo musical que, suavemente, rellenaba la falta de conversaciones en la cafetería a estas horas de la mañana. Cualquiera que se asomara a la puerta, vería unas escenas de lo más normales. Aunque un observador avezado, quizá se fijará en la pareja de la mesa al lado de la cristalera.

Dos personas normales, de mediana edad. Él, está leyendo el periódico y lleva unos vaqueros anchos y una camiseta cómoda. Una taza en la mano y algo de pan en el plato acaban de componer la imagen de alguien que no hace mucho que se la levantado y ha venido a desayunar. Enfrente, un poco más cerca de la puerta, está ella. Perfectamente vestida con unos pantalones de tela y una camiseta de marca, un atuendo cómodo pero, a la vez, perfectamente conjuntado. Sentada muy recta, mira al infinito, pasando la mirada a través del hombre que tiene delante, sin verlo, como si no estuviera allí. Se ha quedado con los codos apoyados en la mesa y la taza agarrada entre las manos, como si quisiera retener el calor del café, quizá para ahuyentar el frío que se refleja en el fondo de sus ojos, mientras mira por el cristal hacia la calle y, a cada sorbo, se limpia los labios de unas gotas de café inexistentes

No hablan entre ellos. No se miran. Y entre los dos, se aprecian esos detalles que confirman una convivencia antigua, mohosa y aburrida. Silencios que gritan todo el tiempo perdido y compartido. Tan sólo se escucha el crujir de las hojas del periódico al pasar…

Cuando Rita me deja mi pedido, cojo mi café con leche y mi tostada mientras me siento en la otra punta del local, en una mesa desde donde puedo observarlos discretamente.

Sus gestos, son mecánicos. No hace falta hablar para pedirse el azúcar o, como hace ella, extender la mano y pedirle a él un trozo de periódico para hacer algo aparte de mirar la calle. Su actitud habla del mucho tiempo desperdiciado juntos, y también rebela las pocas ganas que tienen de perder nada más. Quizá hayan traído al mundo a unos hijos que les han servido de pegamento temporal, mientras ha durado su crianza, para simular un remedo de vida en común pero que ya ha perdido su eficacia y no es suficiente para disimular las enormes grietas que el tiempo abrió en las murallas de la vieja fortaleza de su convivencia, destrozando lentamente sus ganas de estar juntos, erosionando su antiguo amor.

No hay maquillaje que resista el cruel y constante avance de las manecillas del reloj y la rutina acaba revelando la peor cara de todas las parejas, pienso mientras observo como él pide la cuenta, pliega el periódico y da por concluido el desayuno. Ella disimula. Hace como que no se da cuenta y sigue leyendo con absoluta concentración una hoja de la sección de economía, mientras él apura una taza de café vacía hace mucho. Parece que le fuera la vida en ello, pero por las miradas fugaces que lanza hacia él, que ya se ha levantado a pagarle a Rita, es más una cuestión de orgullo. Al menos, será ella quien gane la inútil batalla de hoy, decidiendo, cuando se levante, el momento en el que se acaba ese desayuno.

Él ha pagado y se acerca despacio hacia la mesa. Se queda de pie a su lado, esperando que ella termine, pero a la vez, está quitándole la luz que necesita para poder leer bien. Pasados unos segundos ella, por fin, le da la hoja que estaba leyendo y muy despacio se vuelve a limpiar los labios mientras le señala el baño.

«Nos iremos cuando yo diga» le acaba de decir, sutilmente, con ese simple gesto. Se levanta muy despacio, coge su bolso y se va hacia la puerta del baño.

Él la mira marchar, y decide salir de la cafetería, esperándola fuera. Enciende un cigarro y expulsa el humo de una primera y profunda calada con mucha calma. Intentando serenarse… Al terminar de fumar, apaga la colilla contra uno de los ceniceros que Rita tiene fuera para los irreductibles y, justo en ese momento, ella sale del baño.

Se despide de Rita andando muy tiesa y, al salir, echa una mirada reprobatoria, acompañada de un mohín con la nariz, al cenicero humeante que él tiene delante. Sin decir nada, se coge del brazo que él le ofrece silenciosamente y comienzan a caminar, con pasos desiguales, camino de la alameda. Ni una palabra. Ni un sonido. Nada que no fuesen gestos o expresiones.

Termino mi desayuno, miro el reloj y me quedo pensando en la película que vi ayer con Sara. No hace mucho que salimos juntos y anoche decidimos entrar en un cine club a ver «Dos en la carretera». Un clásico, que casualmente ninguno de los dos había visto. A mitad de la película, casualmente sin querer, mi mano rozó su pierna pero su mirada y su sonrisa, me devolvieron de golpe todas las ilusiones que otras personas me arrebataron hace tiempo.

Justo en ese momento, la veo entrar sonriendo por la puerta. Ha ido a su casa y se ha cambiado después de dormir, por primera vez, en la mía. Y yo me he quedado esperándola en esta panadería de domingo soleado. Está preciosa con esa sonrisa nueva y esos ojos brillantes por la emoción. Por una vez no quiero tener prisa, y pretendo hacer las cosas bien.

Al acercarse ella, me he levantado y le he preguntado, sin dejarla pensar:

– ¿Qué clase de personas son las que se pasan horas juntos y no tiene nada que decirse…?

Ella ha sonreído y se le ha iluminado la cara al contestarme con el diálogo de la película que vimos juntos ayer:

– ¡Los matrimonios!

Y entonces, sin darle tiempo a más he cogido su cara con mis manos y le he dado un beso largo con sabor a café. Al principio no ha sabido que hacer, pero enseguida ha lanzado sus brazos a mi cuello para abrazarme muy fuerte y ha pegado su cuerpo un poco más al mío… Rita, la camarera, nos miraba con envidia cuando he ido a pagar el desayuno. Cogida de mi mano, agarrada fuerte a mí, Sara todavía intentaba recuperar el ritmo de su respiración.

– Prométeme que, pase lo que pase entre nosotros, nunca seremos un matrimonio aburrido – le ruego mientras salimos del local.

– Eso es fácil de prometer, cariño. Nunca dejaré que eso suceda – me contesta ella sonriendo – porque nosotros nunca seremos un matrimonio al uso, jamás dejaremos que los silencios griten en el vacío entre nosotros – me contesta mientras se sube, de un salto, a un columpio y empieza a volar cada vez más alto…

 

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