Silencios que gritan – @Candid_Albicans

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Un día dejó de hablar. Lo hizo poco a poco, a medida que la enfermedad se iba haciendo más evidente. Al principio se olvidaba de los nombres de los objetos cotidianos y los sustituía por otros, como por ejemplo decir «armario» en lugar de «frigorífico»; luego no encontraba palabra alguna y optaba por omitirla dejando la frase a medias. Más adelante sus frases iban haciendo más cortas, incoherentes e ininteligibles. Fue como observar el desarrollo del lenguaje en un niño pero al revés, hasta que ya no habló más. El médico decía que ese tipo de Alzheimer podía provocar eso. En ella, más que una mala jugada de la genética, parecía una broma macabra del destino.

Su madre murió cuando ella contaba con 29 años, dejando a su cargo a sus 10 hermanos, todos más jóvenes que ella. Hizo de madre, comenzó a trabajar en una fábrica como mujer de la limpieza, donde por aquellos tiempos las mujeres no eran valoradas ni tenían derechos. Pero ella, luchadora por naturaleza y republicana de corazón, siempre luchó al lado de sus compañeros apoyando cualquier protesta sindical y saliendo a la calle para hacerse oír en una España donde los derechos de los trabajadores todavía eran prácticamente inexistentes y Democracia era una palabra que todavía comenzaba a hacerse un hueco en el vocabulario de los españoles.

Fue una mujer de carácter. Tenía que serlo. Sacó adelante a sus hermanos, cuidó de sus sobrinos como si fuese la abuela que nos faltaba, pero que nunca echamos en falta (y éramos muchos, muchísimos). Nos inspeccionaba las orejas, los dientes, nos corregía la postura si andábamos encorvados dándonos una colleja mientras soltaba una carcajada. Era una entrañable sargento en bata y zapatillas, con la que nadie se atrevía a decir una palabra más alta que otra.

Nunca se casó. Nunca tuvo tiempo para el amor. Nunca supe si se había enamorado alguna vez.

Nos contaba cosas de nuestra abuela para que no muriese su recuerdo, y cuidó a su padre hasta el día de su muerte. Y como si diese por concluída su misión en la vida después de ese triste día, permitió que el Alzheimer la devorase como un lobo hambriento devora su presa.

No hablaba. Casi no se podía mover ni para gesticular. Pero yo pude ver cómo en ocasiones rodaban lágrimas por sus mejillas cuando iba a visitarla. Los médicos decían que era cosa de las glándulas lagrimales, pero yo no me lo creo. Era tristeza, era impotencia, era frustración y rabia.

Era el silencio, que grita cuando el cuerpo es cárcel.

 

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