Siga la flecha – @tearsinrain_

Tearsinrain @tearsinrain_, krakens y sirenas, Perspectivas

Cuando García llega al final del pasillo, ve que allí no hay nada. Mira hacia atrás como si la respuesta estuviera en las huellas que ya ha andado o esperando una explicación que sabe de sobras que no llegará. Le parece terriblemente injusto. Tira unos pasos arredro para tener mayor perspectiva y fuerza la vista, tal que tuviera que aparecer la indicación en alguna forma escondida entre las paredes. Evidentemente esto no mejora nada y García, a pesar de no tener ningún público que pueda entenderle, abre los brazos en modo indignado. “Siga la flecha”, le han dicho claramente en el mostrador. Ahora el mostrador, sin embargo, con aquella chica encantadoramente artificial y aquel hombre fingidamente cautivador, le parece algo lejano y de un pasado que se va diluyendo, como lo hace la tiza cuando llueve. Es incuestionable que hay algún error. Suyo no, por supuesto. Él lo está haciendo bien. Por unos momentos se le pasa por la mente que la expresión “Siga la flecha” es una metáfora, o mejor –o peor, según se mire- es una especie de mensaje zen, de búsqueda interior. Suerte que este pensamiento es pasajero y se marcha sin billete antes de que a García empiece a dolerle la cabeza. Lo más lógico, se dice a sí mismo, sería volver a la recepción y, educadamente, quejarse de que no hay ninguna flecha y que hagan el favor, o la chica delicadamente falsa o el chico atractivamente simulado, de indicarle con corrección el camino a tomar. Pero la lógica no siempre es la solución, amigo García (en ocasiones, cuando empieza a enfadarse, se llama amigo para apaciguar la ira), a veces el remedio está más en la insensatez. Podría tirar una moneda al aire y, entonces, dejar al azar (o a la física, pues la caída de la moneda responderá a cuestiones físicas como el peso del metal, la fuerza y ángulo con que la impulse, la influencia del aire o las irregularidades del suelo) la decisión de qué camino tomar. Ah, pero la moneda solamente tiene dos caras y aquí hay más de dos caminos. Eso le pone de mal humor, más todavía. Ni siquiera puede recurrir a la suerte, buena o mala. ¿Y la intuición? Su intuición está algo desajustada y tiende a desviarse hacia la izquierda, eso cuando no se encasquilla. El camino de la derecha parece más iluminado, el de la izquierda es un sendero más ancho, el del medio más recto.

Entonces aparece un tipo joven, unos diez años menor que García, también con un papelito en la mano como un número (ese detalle lo hemos obviado antes, pero García lleva un papelito con un número, el 14, en la mano), le saluda con una sonrisa tímidamente forzada o forzadamente tímida, mira los caminos y suelta un “ajá” convencido, arquea las cejas en modo de despedida y se dirige, decidido, hacia el camino de la derecha. García se queda mirando como el mozo se va volviendo pequeño a medida que se desplaza por el pasillo hasta torcer, al final de éste, hacia la izquierda. Esto es indignante, se dice García. Mira su papelito, amarillo opaco, cuadrado, pequeño, con un catorce que lo ocupa casi todo en letra negra elegante. Mira los tres pasillos. Vuelve a buscar la flecha o alguna otra indicación en las paredes, en el suelo, en el techo, en las brechas entre los ladrillos. Nada. Cierra los ojos y espera que determinados sonidos o aromas o brisas le den alguna pista. Tampoco nada. Sigue siendo, la situación, terriblemente injusta. Ahora sí que la lógica le dice que siga al muchacho. Seguramente éste también tiene la información de que hay que seguir la flecha, pero bien puede ser que el destino que busca sea diferente al suyo. ¿Cómo es posible, se pregunta, que ese chaval con todavía trazos de adolescencia en su rostro haya sabido el camino con tanta facilidad y él no? ¿Se ha vuelto tonto durante la ruta hasta aquí? Le entra la duda y viene acompañada de recuerdos de su sentimiento de inferioridad en la juventud, cuando tenía la sensación de que todas sus amistades eran más espabiladas, más guapas, más interesantes, más coloridas que él. ¿Se está reafirmando su incapacidad? ¿Ha vuelto a los diecisiete y dieciocho y diecinueve años cuando sus amigos bailaban y ligaban con chicas en los bares o discotecas y él se quedaba en un rincón? No, no. Y no, amigo García, tú ya no eres aquel joven. Bueno, sí lo eres, pero has cambiado, evolucionado, mutado. ¿Cambiado a peor? Se da un golpe en la cabeza con la palma de la mano.

Una mujer de mediana edad, con sonoros tacones en los pies y un vestido que intenta realzar su figura sin demasiado éxito, llega hasta la encrucijada, observa las tres posibilidades de decisión con una mano en la barbilla. Sus gafas de pasta le engrandecen los ojos ya de por sí grandes. García está tentado de preguntarle, pero ella suelta un “hasta luego” y se encamina por el pasaje central. Podría haber ido por el de la derecha, así él, esta vez sí, la habría seguido. Se siente frustrado. Mira otra vez el papel, anverso y reverso, nada. Vuelve hacia atrás y de nuevo escudriña todo lo que le envuelve, pero la flecha no está, no aparece, no existe. Quizá sea un acto de fe, se dice. Un acto de fe en sí mismo. Bien, García, tú construyes tu destino, simplemente, elige un camino y desplázate por él como si supieras a dónde vas. Es mucho más fácil creer que el destino ya está escrito, puesto que así da igual el camino a tomar, ya que ese es el que debería tomar, independientemente del que tome, pues es el destino. No sé si me explico, se dice, en voz alta. Se le ocurre entonces que igual, si piensa con fuerza que aparezca la flecha, una magia o una telepatía o telequinesis o lo que sea actúa y, tachán. Cierra los ojos y piensa en flechas. Flechas de tráfico, señalización vertical y horizontal, flechas como la del cursor del ordenador, la de los indios americanos, las de Robin Hood, las de los esquemas que hace en la oficina. Abre los ojos esperanzado. Pero no, claro.

Mira, amigo García, simplemente ve hacia aquí. O hacia allí, o hacia el otro, pero ve. Ve a alguna parte y si te equivocas, ¿qué pasa? Nada, absolutamente nada. “Uy, perdone, creo que me he confundido. ¿Podría usted indicarme hacia dónde?” le dirá a quien se encuentre, suponiendo que no acierte. Es fácil. Respira hondo, saca pecho y esconde barriga, echa un último vistazo rápido e… Izquierda. El chico ha ido hacia la derecha, la mujer por el medio, yo a la izquierda, siempre a la izquierda. Da igual que no haya flecha, que le den a la flecha, a la recepcionista adulteradamente bonita y al recepcionista hermosamente fraudulento.

Cuando lleva un rato caminando por el pasillo, fosforescentes en las esquinas superiores, ni una puerta ni una ventana, sin mirar atrás ni una vez y satisfecho con su capacidad de decisión, ve algo parecido a una taquilla de cine, al lado de una puerta, final del corredor. García carraspea y entonces aparece, dentro de la taquilla, un hombre cincuentón y barrigudo, que lleva un mono de trabajo azul y una carpeta azul con un bolígrafo azul. Justo en el instante en que García, con una amplia sonrisa de seguridad se dispone a saludar, el tipo le pregunta que a dónde va, que este pasillo solamente es para personal autorizado y con un tono no demasiado agradable, le dice: “Siga la flecha, hombre, siga la flecha”.

 

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