Siempre es hoy – @alasenvuelo

Yamile Vaena @alasenvuelo, krakens y sirenas, Perspectivas

Siempre es hoy. No me malinterpreten. El «siempre» es un tiempo falso genérico que al final del día, debe su permanencia al presente. Así que mi «hoy» es tan aquí y tan siempre como ahora mismo.

Ya no huele al abismo el hoy, ni los ecos reflejan el tumulto de voces allá arriba, rascando la tierra para salvarnos.

Ya no cuento los minutos ni las horas preguntándome si volveré a ver la luz del sol, si mi historia acabó con la sacudida. En esas circunstancias, tienes tiempo de repasar todo, errores, aciertos, decisiones, personas que amas, gente que olvidaste. Tu playa favorita, el viaje que nunca hiciste, los labios que no olvidaste, la mirada matutina de tu perro. El café humeante. Es curioso cómo en esas circunstancias, con la única compañía de tu propio cerebro, te enfocas en detalles que nunca parecieron importantes, el día a día. Lo aterrador es lo cotidiano, la aburrida rutina que intuyes que no volverá jamás.

En mi viejo depa, todos los días salía el agua fría de la regadera. No importaba cuántas veces el casero dijera que ya lo había arreglado su especialista. El agua salía fría,»y es bueno para ti» diría mi abuela, «el agua fría crea carácter, mata pensamientos ociosos y pone firme la piel. ¡Agradécela!».  Y en circunstancias normales, odiaría a mi abuela y al agua fría, y al casero, el viejo departamento, al crujido de las tuberías ¡y mil veces de nuevo, al agua fría! Pero aquel encierro convertía ese enojoso momento de todos mis días en un tesoro precioso. Cada gota helada despertando con violencia mis sentidos, el agua salvajemente tatuando impía mi espalda desnuda, el recuerdo impaciente de que estaba viva; todas las mañanas. Mi «siempre» de los escombros mataría por ese chorro vivo de esperanza… una sola gota bastaría.

Tras la sacudida bajo los pies, el crujir del edificio y los pasos apresurados, no recuerdo los gritos, sólo el estruendo el colapso y caer. Caer sin entender nada. Un golpe seco. Sin dolor. Al menos no intolerable.

Las horas allí me hicieron entender lo que sucedía. Tuve la suerte de no ser aplastada por el techo, fui afortunada al quedarme atrapada en un espacio sin ningún daño grave, una loza me salvó al atorarse antes de aplastarme, dejándome casi «cómoda», considerando las circunstancias. No saber si saldría hacía que mi cerebro fuera a mil por hora. Trataba de encontrar utilidad a mis minutos, como si importara. Primero fue comprobar que estaba entera. Recuperarme del mareo y tratar de respirar de nuevo con normalidad, con todo el polvo que me rodeaba. Con los ojos cerrados. Tenía que abrirlos, pero no me atrevía. Creí que aquel era el final. Ese siempre era mi hoy, de hace un año.

Escuchaba a Isaac susurrar tras las paredes de escombro, él sobrevivió, como yo. Fuimos los afortunados. Era muy fácil pensar que mi vida terminaría así. Mi siempre dependiendo de que arriba de mí, alguien siguiera esforzándose, hasta el límite de sus fuerzas y más allá, que creyera que aquí abajo aún había millones de historias por contar. No era culpa de nadie, pero ahora mi «siempre» dependía de que completos desconocidos no se rindieran, de que allá arriba alguien creyera que a pesar de los 3 días y 3 noches aún podían encontrarnos con vida.

Mis héroes sin capa me salvaron. Renací a la vida con una sonrisa.

Desde entonces, mi «siempre» es hoy; y empezó a latir hace ya un año, con el primer rayo de sol que acarició mi rostro al salir de allí.

 

 

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