Sicarios de Dios – @DeNegraTinta + @netbookk

Mous_Tache @DeNegraTinta, @Netbookk, krakens y sirenas, Perspectivas

En el frío vacío de la capilla, cualquier ruido resuena contra los desnudos y sólidos muros construidos en piedra a principios del siglo XIII, alterando la tranquilidad de esa mañana de primavera. El padre Andrade sintió que no estaba solo mucho antes de que escuchara cómo alguien se acercaba cojeando lentamente, a tenor del sonido de su bastón golpeando contra el suelo, hasta la celosía del confesionario.

El cura se dio cuenta, demasiado tarde, que no tenía escapatoria. Una pequeña luz roja en el exterior, avisaba a cualquier feligrés de que estaba “de guardia”. Así que, resignado, se dispuso a atender a la visita quitándose las gafas y escondiendo con un suspiro, el periódico deportivo que había estado ojeando mientras esperaba. El crujir de los viejos tablones de madera le indicó que quien se había arrodillado a su lado era una persona corpulenta. Con un gesto mil veces repetido, abrió la trampilla de madera que los separaba.

— Ave María Purísima. — Escuchó susurrar en voz muy baja, a un hombre grande con un suave, pero marcado acento latino.

— Sin pecado concebida. — Respondió el padre Andrade, de forma mecánica. Sus ancianos oídos habían escuchado tantos pecados, que unos pocos más… Pensó el párroco mientras le daba unos segundos a su visitante para coger ánimo y comenzar así su confesión.

— Dime hijo: ¿En qué puedo ayudarte? — le pregunto amablemente el anciano sacerdote, cuando el confesionario dejó de crujir.

— Perdóneme padre… si puede. He pecado, voy a pecar y supongo que, hasta que llegue mi cita con la parca, seguiré pecando. — Empezó el visitante con una voz grave y lenta que al cura le resultó vagamente familiar. — Esa ha sido la constante de toda mi vida. Quizá usted no me recuerde, la edad no perdona. De mí tan sólo le diré, que me ha costado mucha plata encontrarle y, por ese pequeño detalle, le voy a conceder a usted un poco más de tiempo. Tengo ganas de oírle contar la historia de mi familia….

Y en el absoluto silencio de la capilla, se pudo escuchar perfectamente el sonido metálico que se produce al amartillar un revólver. Los sentidos del Padre Andrade respondieron de forma mecánica, su cuerpo todavía recordaba las viejas lecciones aprendidas a sangre y fuego, escondiendo las manos debajo de la sotana y agarrando con fuerza su querido amuleto. Mientras rezaba para sus adentros esperando lo peor, le llegó a su memoria desde muy atrás en el tiempo, el olor y los sonidos de la selva…

..

.

En la espesura no huele bien, quien ha estado allí lo sabe. Tampoco es hermosa, no puede darse ese lujo de niño rico malcriado. La selva, la de verdad, la del machete siempre dispuesto y afilado, la de los pequeños insectos o las plantas que pueden matarte si te descuidas, la infestada de peligrosos animales que viven en la tierra, en el agua o el aire… la de las noches más oscuras y solitarias, puede ser muchas cosas, pero no hermosa.

Es cruel y caprichosa. Pura supervivencia. Llueve cuando quiere. O no. Puede darte las flores más bellas, que también pueden ser venenosas. Podrás ver al monito más gracioso y al más cruel. Los peces más sabrosos o sanguinarios. Un mundo de contrastes que no está hecho para todos los hombres. Y menos para un cura recién ordenado, joven e inexperto, que henchido de ganas de ayudar se ofrece como voluntario aventurándose donde pocos lo han hecho: para ayudar a una tribu que muy pocos han visto, en medio de la espesura, a salir de las crueles garras del narcotráfico.

De los claros en la selva a las calles de México DF o a los peores antros de Tijuana hay un paso. Pero él no lo sabía todavía, recién aterrizado en uno de esos cortafuegos trabajados a machete usados como pistas improvisadas en mitad de la nada, donde le esperaban una burrita y un campesino llamado Pancho. Servicial, pero mudo. Que le ayudó con su pesada mochila y echó a andar hacia la espesura sin esperarle, aquella mañana de primavera de hace tanto tiempo.

Años después de haber recorrido sus senderos oscuros con el olor a humedad y a podredumbre pegado siempre a la nariz, de haberse escondido en su espesura protectora una y mil veces tras haber conseguido su objetivo, arrebatarles lo que no era suyo a los narcos para repartirlo con quien nada tenía equilibrando así un poco la balanza de la pobreza o tras confiarles esperanzas y temores a los monos, en las noches oscuras de luna nueva, hablando con ellos como viejos amigos… Mucho tiempo después de todo eso y desde la terraza de aquel motel de Tijuana, tan lejos de su selva, esperando la llamada que cambiará sus vidas, el Padre Andrade, apuró su vaso de Whisky barato, entró en la habitación y cerró las cortinas detrás de él.

Sobre la cama, durmiendo, estaba el cuerpo desnudo de Margarita. El cura, hombre al fin, se sentó en la cama junto a ella que con la piel todavía perlada de sudor, dormía tranquila. Un roce en su cadera y la imagen de ella explotó en su confusa cabeza, haciendo temblar al cura. La podía ver de nuevo: hermosa, libre; montándole como una potra salvaje, dejándole clavar su sexo endurecido por tantos años de deseo, dentro de su ser, cada vez más hondo, cada vez más fuerte. Sin palabras, sin gestos inútiles. Libres como animales salvajes en la selva. Los dos sabían que después de aquella noche no habría ninguna otra más. Ya no les quedaba ni siquiera la esperanza, así que se entregaron el uno al otro con toda la rabia y la pasión desbordada de dos cuerpos que se aman sin peros, sabiendo que quizá sea la última vez, después de tantos años de aventuras.

Muy atrás quedaron los “prestamitos”, que decía Pancho, con su particular sentido del humor.

— Padre, a quien tanto roba es justo pedirle prestado un poco para los pobres. — Afirmaba convencido de su verdad, la que tantos muertos había costado a su familia. — Ya se lo devolverá Dios el día del juicio final… o no. Nosotros sólo somos sicarios de Dios en este negocio.

Todavía le recuerdo, oscuro como el monte sin luna y silencioso, al borde de una hoguera en mitad de la selva. Rápido para librarse de quien molestaba, pero jamás cruel. Él me regaló mi amuleto: una Beretta 92 decorada con nácar, que encontró en la caja fuerte del propio Gaviria. Y me aconsejó que siempre la tuviera a punto: cargada, limpia, y escondida cerca de mí. Lista para entrar en acción si hiciera falta.

Sabía del negocio porque durante muchos años había sido lugarteniente de uno de los camellos de la región. Un día, la mala suerte hizo que perdiera un cargamento y con él, como castigo ejemplar, a toda su familia. Desde entonces, para salvar su vida, vivía escondido en la selva, alejado de todo y de todos, hasta que él me convenció a mí, un exmilitar metido a cura queriendo purgar sus propios pecados de juventud, para pedir prestada y repartir un poco de la inmensa riqueza que ese maldito negocio proporcionaba y dar así un poco de alivio a las pobres personas que, inocentes, atrapaba entre sus redes en todas partes.

— Ándale güey. Nunca se sabe quién te puede ir a buscar. Sin mediar palabra Padre, antes de que el otro pueda darse cuenta, dos tiros en el pecho. Eso frena a cualquiera. Y luego, rece por él si quiere, pero métale rápido otra bala entre los ojos. Es mejor no dejar a nadie a nuestra espalda. — Me aconsejó Pancho un día.

Luego llegó ella, pensaba el Padre Andrade mientras le apartaba un mechón rebelde de cabello. La dulce Margarita. Prostituida por su propia madre a cambio de droga, y vendida a un mafioso de Tijuana, distribuidor de Gaviria. El viejo López le cogió cariño y ella empezó a ganarse su confianza y a trazar el plan que le permitiría huir. Harta de ver pasar montañas de billetes, se unió a nosotros para, en este último golpe, conseguir el dinero suficiente de la misma casa del jefe Gaviria, huir a través de la selva y esconderse en las montañas, hasta lograr escapar a un país europeo. Yo le conseguí el visado para viajar como novicia hasta un convento en España y los contactos para que pudiera desparecer a través de la frontera con Francia… Con dinero casi todo se puede conseguir. Yo tenía mi billete de vuelta y la orden del obispo para incorporarme a un convento de frailes perdido entre las montañas en la mochila. Mi aventura americana terminaba aquí.

Pero empezaba a amanecer. Había llegado el momento. Dejé el sobre con los documentos preparado junto al móvil de prepago, en la mesilla de noche, las llaves del coche que tendría que conducir y el plano con el lugar donde Pancho y yo esconderíamos el dinero. Me regalé, como último recuerdo, un beso en su hombro, la tapé con una sábana, demorándome un poco en la hermosa visión de su cuerpo desnudo, cogí la sotana, mi amuleto, la mochila y salí despacio de la habitación. En el corto trayecto de escaleras, pude recordar peldaño a peldaño, las muertes por la droga en mi pueblo, a mi hermano quemado vivo en el incendio de la casa como castigo ejemplar… Todo por la droga que Gaviria metía en Europa a través de las costas de Galicia.

Abajo estaba Pancho con las escopetas y la munición preparada en la camioneta. Un gesto con la cabeza fue suficiente, ambos estábamos listos para lo que iba a pasar. Al verme llegar, abrió la puerta sin decir palabra.

— No se preocupe por Margarita, ahorita mismo están ayudándola a recoger. Yo me encargaré de que llegue a España Pancho no se raja. — Me dijo después, y arrancó el motor mientras el sol despuntaba sobre las montañas. La casa de Gustavo Gaviria, repleta de dinero y ganas de venganza, nos esperaba…

..

.

— Hijo mío, ya sé que todo lo que te he contado, es muy difícil de creer. Más bien parece una película de esas que hacen ahora en el cine. Además, todo pasó hace ya tanto tiempo… Seguro que no quedan muchos testigos — divaga el Padre Amaro en voz alta, al escuchar crujir el banco del confesionario, mientras se levanta el hijo de Gaviria, herido cuando todavía era un niño, en aquella terrible balacera.

— No se preocupe por los testigos, padre — le replica el Cojo, mientras, situado de pie delante de él, abre lentamente con el bastón la cortina de la cabina, apuntándole con el revolver. — No me preocupan, ya no hay nadie a quien le interese esta historia más que a usted y a mí. Como solía decir mi padre: «El silencio es el mejor amigo de un narcotraficante». Salga de ahí. Llegó la hora de terminar con la leyenda de los Sicarios de Dios.

Y el Padre Andrade, resignado, agachando la cabeza y con las manos dentro de la sotana, empieza a musitar una oración mientras comienza a inclinarse hacia delante para levantarse.

— Nada de trucos Padre. — Le indica el cojo apuntándole, nervioso, con el revólver.

Pero en el silencio de la capilla, cualquier ruido es excesivo, y el cojo no puede evitar girar la cabeza un instante cuando oye a su derecha un ruido metálico…

Los dos tiros rompen la paz del monasterio justo en el momento en que las campanas llaman a la oración de los monjes. Unos segundos después, un tercer disparo coincide con el último toque del badajo mientras un leve olor a pólvora se mezcla con el de las velas recién encendidas al fondo de la capilla por una mujer vestida de negro que, sin mirar atrás, abandona la iglesia rápidamente por una puerta lateral.

..

.

— Mecagüen todos mis muertos. ¿Se puede saber qué tenemos aquí, Peláez? — La inmensa, sudorosa e irritada humanidad del comisario Martínez, se perfila a contraluz en las puertas abiertas de la capilla. Dos pasos dentro de la iglesia y Peláez puede observar por la postura, con los brazos en jarras y la chaqueta desabrochada que el comisario no está de humor. Además, el palillo colgando de su boca y los churretones de tomate sobre su barriga, le dicen al cabo que su jefe no ha podido terminar su comida… y eso no es una buena señal.

— Un cadáver Comisario. Tres tiros. Dos en el pecho, uno entre los ojos. Parece el trabajo de un profesional Jefe. — Le va contando Peláez, mientras ambos van entrando en la fresca y sombría capilla — No hay casquillos ni arma. Nadie ha oído nada y el único testigo es aquel viejecito medio sordo que, según me ha contado, estaba en el baño dentro de la sacristía y, al salir, ha encontrado el fiambre delante del confesionario.

Mientras el cabo va leyendo sus notas, los dos policías han ido acercándose al cadáver delante del cual hay un viejecito menudo, vestido de gris que tranquilo les espera, leyendo el Marca en uno de los bancos de la capilla.

— Comisario, le presento al Padre Andrade, el párroco de esta Iglesia. — le dice Peláez a su jefe, subiendo la voz.

— No hace falta que me chille, no estoy sordo — le replica el comisario.

— Es que el viejo sí lo está. Comisario. — Le contesta el subalterno, bajando el tono.

Al escuchar su nombre el viejecito observa sonriendo a los policías, quitándose las gafas y doblando el Marca con parsimonia.

— Bueno, Padre… Cuénteme lo que sabe. — Le grita Martínez, mientras se sienta a su lado en el banco de la Iglesia, haciendo protestar la madera bajo su peso.

Y el Padre, se aclara la garganta mientras guarda sus gafas en la funda y sonriendo se acaba de abrochar el alzacuello.

— Pues verá usted

Un verdadero placer poder disfrutar del arte y del dulce acento de @denegratinta

 

Visita los perfiles de @DeNegraTinta + @netbookk