Si me dejas que sea sin aliento – @_ej_es

Erica Jade @_ej_es, krakens y sirenas, Perspectivas

Esteban prepara con cuidado la dosis. El temblor de sus manos no ayuda. Respira profundo y cierra los ojos por un instante, es surrealista este momento. Lo visualizó muchas veces en su mente pero, ahora que lo está viviendo, parece estar en un sueño. A base de respirar lo que se le antoja una eternidad, consigue rebajar el ritmo de su temblor y echa los polvos en el zumo de mandarinas que ha preparado. Mira al jardín a través de la ventana de la cocina y se fija en la cantidad de hojas secas que se han acumulado estas dos últimas semanas en el suelo. Han sido dos semanas jodidas, muy jodidas, y es algo que Esteban se repite a pesar de no haber sido nunca persona de decir tacos. Una sonrisa irónica se instala ahora en su cara mientras se recrea en verlas bailar con el viento.

Los últimos días ya anunciaban esto pero Esteban se mantuvo junto a ella, anticipándose a lo que necesitara. La casa entera es un reflejo de que lo único que ha hecho es pasar de su sillón en el cuarto, junto a ella en el lecho, a la cocina. No se ha despegado de ella, aferrándose al tiempo, sintiendo que se desliza como un líquido entre los dedos. Ahora, justo ahora que tenían todo el tiempo por delante para disfrutar a solas, resulta que ya no había tiempo.

¿Por qué les pasaba eso a ellos?

¿Por qué ahora?

Hace cinco meses, cuando tuvieron el diagnóstico, eso era lo único que ocupaba su cabeza, esas preguntas, en espiral, una y otra vez. Fue ella, como siempre, la que lo bajó de la nube, la que tiró de él y lo trajo de vuelta a la realidad, que era lo único que tenían. O eso pensó él. Pero de nuevo, como siempre, Emilia tenía un as bajo la manga. Había pasado algo más de un mes y él se deshacía llorando a escondidas, pensando que ella no lo escuchaba o no lo veía después en sus ojos. Y entonces, después de un rato de compartir su cama, cuando aún ella no estaba tan dolorida, se lo pidió. Ella quería decidir cuándo morir.

No se lo pidió como un ruego o una posibilidad, era una petición cargada de compromiso y obligación, sobre todo obligación, y eso fue lo que colapsó a Esteban por unos días. Se enfadó con ella, mucho, mucho… Se enfadó tanto que la dejó sola y le pidió a su hermana que fuera a cuidarla. Que se fuera al diablo, ¡quería abandonarlo! No, eso no era lo pactado, eso no entraba en el trato. El pacto fue transitar por todo juntos, sostener al otro si era posible y si no, al menos acompañarlo. Y ella ahora quería marcharse antes de tiempo, quería robarle tiempo a su lado que era lo único que le daba sentido a amanecer cada mañana.

Fueron días agitados, de mente revuelta y corazón destilando pesares, en los que el enfado dejó paso a un poso amargo y cargado de soledad. Volvió a casa y su arrepentimiento abrazó la alegría de Emilia. Sin palabras, sin explicaciones ni reproche alguno. Y ahí comenzó el camino que lo llevó al día de hoy. Lloraron juntos a ratos, por los lugares que ya no visitarían, por los instantes que ya no podrían robarle a la noche desvelándose entre caricias y por no poder jugar al escondite con la muerte un poco más. Fueron llantos que los unieron más que cualquier risa compartida.

Una mañana ella le dijo que recogiera un poco la casa, iban a tener visita. No hizo falta decir nada más, aquella mirada tierna y calmada de Emilia le dijo todo lo necesario. Así apareció Miel, una chica joven, de semblante serio y ademanes dulces, como su nombre, a la que Esteban agradeció internamente que no diera su verdadero nombre. Primero les hizo algunas preguntas, quería confirmar que era una decisión firme y justificada. No había inseguridad o duda en lo que hacía. Proporcionaba un fármaco para que, quien sabía que se le iba el tiempo, pudiera decidir no pasar por determinados estados. Esteban miraba de vez en cuando de reojo a Emilia y veía a las dos mujeres tejiendo con los ojos una red, un puente con pasamanos de agradecimiento, confianza y ternura.

Cuando Miel se marchó estuvieron mucho rato en silencio, con la única conversación de sus manos y sus ojos.

— Creo que habrá algunas cosas que te pediré cuando llegue el momento, ¿me ayudarás? — planteó Emilia.

— Lo que sea, ya me dirás.

Y Esteban se marchó a preparar la cena y a intentar deshacerse de aquel nudo que tenía, desde por la mañana, agarrado a su estómago y amenazaba con quedarse.

Emilia le pidió poca cosa: volver a ver juntos esos álbumes donde repasar los pasos que habían dado juntos; que pasara con ella unas horas abrazados en la cama mientras esperaban la llegada de Miel y que sonara ese disco de Mª dolores Pradera que los había acompañado en tantas ocasiones desde que se hicieran novios.

Fue ayer cuando le dijo que había llegado la hora. Se sentía agotada, con muy pocas fuerzas, y no quería postergarlo más. Esteban sabía que los últimos dos días habían sido especialmente duros para ella y la única manera de paliar aquel dolor insufrible era la morfina, y entonces, su Emilia desaparecía en un pozo, sin dolor y sin vida. De modo que él sólo pudo asentir mientras acariciaba aquel amado rostro, mudo y emocionado. Aprovechó que ella dormitaba para llamar a Miel, preparar los álbumes de fotos y el disco que le había pedido. Luego volvió a aquel sillón, con la forma de su cuerpo ya tatuada, a seguir velándola. “Se vela el sueño y se vela a un muerto”, pensó, y sintió un frío helado recorrerle la piel y la carne hasta desgarrarle las entrañas.

Vuelve ahora al vaso que tiene entre las manos y deja de remover el líquido. Miel se ha marchado con un gran abrazo y una mezcla de tristeza y calma en la mirada. Mª Dolores Pradera sigue sonando de fondo y Esteban arrastra sus pasos hasta el dormitorio de nuevo. No ha sufrido, sólo ha hecho ese pequeño guiño tan suyo al notar el sabor amargo de la mezcla. Ha tragado con calma y firmeza y, ante la chica, Esteban ha sentido una pizca de orgullo.

Su valiente Emilia…

No ha dado tiempo a que su cuerpo comience a enfriarse y Esteban se recuesta en el sillón, saca del bolsillo la carta que ha escrito (a sus sobrinos, al juez, a la policía…) y se asegura de que quede bien a la vista. Del otro bolsillo saca el frasco con el cóctel de pastillas ya preparado. Ése fue su único gran secreto con Emilia, el único que supo guardar. Ese cóctel más la pequeña dosis robada a Miel le aseguraban el éxito. Haría compañía a su chica valiente, como siempre había hecho.

 

PD: El personaje de Miel se ha inspirado en la protagonista de la película italiana «Miele».

 

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