Si juegas conmigo no voy a perder – @DonCorleoneLaws

DonCorleoneLaws @DonCorleoneLaws, krakens y sirenas, Perspectivas

Dicen que “las cosas de palacio van despacio” y así ha ocurrido con nosotros. Nos encontramos por casualidad jugando online con una de esas aplicaciones tontas que sólo sirven para distraer al aburrimiento, y lo que comenzó siendo un simple oponente de “Apalabrados” se convirtió en mucho más. Una partida, otra, otra más a deshoras, y un primer mensaje de chat quejándome de mi mala suerte. Así comenzó el asunto.

Sentimos la química desde ese primer intercambio tonto de risas y mensajes sobre palabras inventadas. No sabíamos por qué, pero existía.

La partida se convirtió en algo diario y los comentarios de rutina se transformaron en pequeñas charlas privadas que terminaron llevándonos a querer buscarnos por puro gusto y, luego, por necesidad: parecía faltarnos algo si no hablábamos. Acabamos intercambiando números de teléfono y llevando nuestro contacto a WhatsApp, allí descubrimos que residíamos en la misma ciudad y nos vimos el rostro por primera vez.

La cordialidad y simpatía en cada conversación acrecentaban las ganas de oírnos, pero nunca se concretaban en la deseada primera llamada, hasta que por fin se produjo y nos pusimos voz. Nos carcajeamos y hablamos de todo como si nos conociéramos desde siempre porque, en realidad, llevábamos toda una vida persiguiéndonos sin saberlo.

Un día llegó la oportunidad del reto y propusimos vernos aunque ya habíamos estudiado al milímetro cada foto ajena, de forma que sería como poner sensaciones a lo ya conocido: sería como doctorarse en el otro a través de los sentidos. Era eso que aún nos faltaba. Saber a qué huele, cómo gesticula, cómo camina, cuán tersa es su piel, cómo le brillan los ojos y cómo suena su voz en vivo.

Cualquier armario del mundo hubiera sido insuficiente para pensar en qué ponerse sin querer parecer pretencioso, cursi, antiguo, inadecuado, serio o excesivo. Nada que quede demasiado ancho o estrecho. Ningún color que no siente bien. Ninguna prenda en mal estado por cómoda que sea… A todos nos apetece gustar.

Y allí que fuimos a nuestro encuentro para compartir una cena exquisita pero no excesiva que nos permitiera degustar posteriormente unas copas. Sin relojes y sin tener que madrugar al día siguiente. Conversación fluida, inteligente, llena de palabras puntuadas para vencer al otro, divertida e interesante. Magnífica sensación.

Era inevitable que los piropos salieran solos porque soy un zalamero y tú no puedes negar que te encantan. Bajabas la mirada y se sonrojaban tus mejillas mientras intentabas justificar el calor por el vino… pero no era el vino. De hecho, después de la cena llegaron los vasos anchos llenos de frío hielo enjuagado con ginebra, y el calor —lejos de aminorar— te recorría el cuerpecito desde los muslos a la nuca, por eso la descubrías de cabello arremolinándolo sobre un hombro. Ahí moría yo…

No imaginas la de veces que he deseado recorrer esa clavícula con mis labios, ascendiendo lentamente a besos por el dulce acantilado de tu cuello hasta el oído, y hundir allí mi lengua después de decirte cuánto te deseo. No sabes la de noches que —mirando el teléfono— he soñado con acariciarte la nuca por debajo del pelo girando tu cabeza para acoplarla a la mía mientras nos comíamos la boca como si mañana no hubiera un mundo que ver. Pero ahora que lo pienso, sí que lo imaginas: sí que lo sabes. Yo mismo te lo dije un día en el que nos confesamos mutuamente los sueños: aquella madrugada en la que, a medio avergonzar, me contaste que soñabas con mis manos jugando a mojar tu lencería fina antes de retirarla delicadamente para que mi boca culminara el trabajo.

Me has dicho mil veces que no quieres compromisos, que eres un ave libre, que ya tuviste suficiente en el pasado y que has aprendido a no atarte a nada ni a nadie. Me has explicado que simplemente tanteas almas gemelas con las que poder compartir buenos ratos físicos y psíquicos, porque encariñarse demasiado lleva a un pozo de dependencia del que cuesta mucho trabajo salir y todo eso ya no va contigo… Sí. Me lo dijiste tantas veces que sé de sobra lo que quieres y lo que no, y hoy tus ojos clavados en los míos, tus labios mordidos con picardía, tus gestos con las manos, tus piernas inquietas cuando te rozo y tu risa incontrolable ante la innegable seducción que nos traemos entre manos me dicen que me quieres a mí: aquí y ahora.

Me deseas tanto como yo a ti, y me siento tan afortunado como orgulloso de haber sido capaz de atraer a un animal tan bello, tan inteligente, tan seguro, tan maduro y tan independiente como tú. Eres tan hermosa como compleja y, el que estés aquí deseándome, dice mucho —también— de mis virtudes personales.

Por eso ya todo me da igual. Me daría lo mismo sentirme utilizado. Me importaría poco que me clasificaras como un follamigo o un simple polvo ocasional. Me resbala lo que pueda pasar mañana porque desde que te pusiste delante de mí no hay nada que no seas tú: es imposible que me gustes más. Así que déjame volverte loca y hazme tú también lo que quieras. Pase lo que pase en este hermoso juego de seducción que ambos nos traemos sé positivamente que si juegas conmigo no voy a perder, al contrario: sólo por sentirme hoy así de vivo ya soy un verdadero ganador.

 

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