Ser silencio en boca de quien nunca calla – @alternoso

Javier Morales @alternoso, krakens y sirenas, Perspectivas

La primera vez que supe que debía permanecer en silencio fue aquella cuando estaba solo en el patio. Estaba jugando a darle patadas al balón para que rebotara contra la pared cuando escuché el primer grito. Al principio no me detuve, solamente miré hacia donde venía el grito y seguí pateando, más lento, más suave. Pero entonces los gritos aumentaron y ahí sí me detuve y tomé el balón entre mis brazos y di unos pocos pasos hacia la puerta del patio. Pero los gritos no cesaban y ahora sonaban cosas que se rompían en el segundo piso de la casa. Me quedé helado y no supe qué hacer. No sé cuánto tiempo estuve así, mirando y escuchando, pero sí recuerdo que mi pecho dio un pequeño salto cuando noté que estaban abriendo la puerta del patio.

Desde que Álvaro vive aquí, con mi mamá y conmigo, todo ha cambiado. Primero fue el tiempo, ya no corría igual y poco a poco mi mamá no estaba tan disponible ni tan atenta conmigo. Luego fue el silencio, me tuve que callar para evitar que algo peor pasara, para que el mundo no se me cayera encima, si es que no se me ha venido varias veces ya, si es que es posible que las cosas lleguen a estar peor. No quiero ni pensarlo y por eso me callo.

Las primeras veces no me callé porque no entendía lo que sucedía, aunque todavía no lo entiendo. Álvaro, mi mamá y yo estábamos almorzando en la casa, sin querer dejé caer mi vaso de jugo sobre la mesa, era jugo de mora y se derramó empapando por lo menos la mitad de la mesa. Mi mamá tomó rápidamente un puñado de servilletas para detener el jugo y secar un poco, en cambio Álvaro se puso de pie en un segundo y me lanzó un manotazo tan fuerte a la cabeza que golpeé mi frente con el borde de mi plato de comida. Inmediatamente me llevé las manos a la cabeza y empecé a llorar a gritos. Nunca en mi vida alguien me había dado un golpe de esa manera, nunca, yo no sabía que algo así era posible y solamente conocía el dolor de los golpes por las caídas en el parque, las patadas jugando fútbol, las vacunas y la mordida de un perro en mi brazo cuando tenía tres años. Pero esto estaba más allá de mi comprensión, por eso grité con todas mis fuerzas y lloré desconsoladamente y llamé a mi mamá que estaba ahí a un par de metros pero yo la veía muy lejos. No entendía cómo era posible que ese hombre sentado a la mesa con nosotros, que en ocasiones abrazaba y besaba a mi madre, que me había mimado hasta entonces de diferentes maneras llevándome una vez al parque de diversiones a montar carros chocones y que me había explicado algunas cosas sobre la historia de varios equipos del fútbol europeo, yo no entendía que ese hombre me hubiera golpeado de esa manera. Luego mi madre discutió con él mientras me consolaba pero yo seguí llorando.

La siguiente vez íbamos en el carro. Acabábamos de estar en un centro comercial, habíamos comido helado y ellos habían comprado cosas para la casa. Recuerdo que iba distraído mirando los otros carros por la ventana, caía una llovizna muy ligera y con ella se asomaba la noche entre las nubes. Poco a poco las voces de mi mamá y de Álvaro se fueron haciendo más fuertes, y luego de que mi mamá dijera una serie de cosas con mucha determinación, Álvaro, que iba manejando, le lanzó una cachetada con el dorso de la mano. Mi madre gritó y él empezó a golpearla en el brazo y el hombro. Sin pensarlo, yo me lancé en medio de los dos para evitar que siguiera golpeando a mi madre, pero él siguió lanzando golpes y gritos aún por encima de mí. No sé cómo no nos estrellamos aquella tarde.

Estas escenas se repitieron en diversas ocasiones, unas más violentas que otras, la mayoría en privado, en la casa, pero tuvieron también un par de discusiones fuertes en la calle. Indeterminadamente Álvaro optaba por meterme en la discusión, varias veces me tomó del brazo para lanzarme de un lado a otro gritándole cosas a mi madre con la cara deformada por el odio. Yo todavía trataba de detenerlos, les decía que pararan, le pedía a Álvaro que parara, lloraba diciendo basta, me abrazaba a mi mamá y decía basta, pero aquellas tormentas nunca se detenían por fuerza de mis palabras, lo hacían por fuerza de algún portazo, de él o de mi madre, eso no importaba, pero en algún momento uno de los dos se encerraba en un cuarto y venía la calma. Allí siempre quedábamos solos mi mamá y yo, llorando, abrazados, pronunciando palabras ininteligibles, cegados por la bruma del llanto y adoloridos por fuera y por dentro.

Aquella vez en el patio todo cambió. Cuando se abrió la puerta, Álvaro apareció como si hubieran soltado a un toro, de un manotazo me arrebató el balón de los brazos y me arrastró tomado de un brazo. El miedo me enmudeció de inmediato, de sobra sabía cuánto detestaba mi llanto y mis súplicas, y aquella vez todo sonido que fuera capaz de producir con mi boca sencillamente desapareció; pero lo escuchaba, decía que todo esto era mi culpa y que se las iba a pagar.

En el patio estaba el cuarto de lavado; entre muchos otros utensilios allí dejaban la plancha, Álvaro la tomó, me lanzó al suelo y la conectó. Yo estaba paralizado por el miedo, podía sentir cómo todo dentro de mí huía, cómo mi cuerpo ansiaba desaparecer, salir volando, cualquier cosa que me salvara de lo que fuera a suceder, pero cada vez que abría los ojos seguía en el mismo sitio, sin poder pronunciar una sola palabra, ni siquiera un gemido. Yo estaba boca abajo en el suelo, Álvaro me tomó por el cuello y apoyó una de sus rodillas sobre mis piernas, yo podía escuchar cómo maldecía y cómo aseguraba que esto era lo que yo me merecía porque todo era mi culpa. Lo siguiente que sentí fue frío, como si hubieran puesto un bloque de hielo en uno de mis omóplatos, y también sentí una especie de choque eléctrico, una descarga de energía por toda mi espalda que me enderezó todo el cuerpo y que me entumeció las manos y las piernas. Luego sí sentí el dolor y el ardor incontrolable, solo entonces grité, grité en una descarga de dolor que me estremece el solo recuerdo. Dos veces apoyó la plancha hirviendo contra mi espalda, dos veces grité y luego quedé paralizado por el dolor y el silencio. Pero Álvaro siguió hablando, Álvaro nunca se callaba, seguía escupiendo palabra tras palabra para dejar en claro que me lo tenía bien merecido y que esperara a la próxima, que me iba a ir peor.

Desde ese día no hablo.

Y la verdad es que mi silencio poco me ha ayudado, cada semana se repiten las peleas y los portazos, aunque cada vez estoy menos allí en medio de los dos. Una o dos veces al mes me sorprende con una nueva versión de la plancha, a veces son simples pero crueles correazos, a veces son golpes a mano limpia, pero otras veces son cosas que no me siento capaz de mencionar.

Tal vez esa sea su mayor victoria, porque nadie pondrá en duda que él es quien ha ganado. Yo solo soy el silencio en su boca que nunca calla, yo soy la derrota, soy el testigo del miedo de mi madre y soy el eco de mi balón que rebota contra la pared del patio mientras espero que a mis espaldas aparezca él en el marco de la puerta.

 

Visita el perfil de @alternoso