Saturday night fever – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

La vida a veces te lleva justo donde mereces estar, y mi sitio era el Infierno. Justo donde he vivido desde que descubrí que el cielo no estaba hecho para mí. Desde que yo mismo me expulsé del paraíso.

Mi historia empezó a escribirse cuando de niño aprendí a ganarme el respeto a golpes, atemorizando a cualquiera que no siguiera la ley, mi ley. Mi vocación la encontré con la primera nariz que rompí y el placer de ver el miedo en los ojos de ese niño que, pese a ser mayor que yo, recibió su merecido. Necesitaba dar rienda suelta a tanta agresividad y empecé a boxear, pero no por deporte, sino para hacer de la violencia mi único idioma. Dejé los estudios y mis días eran solo para ir al gimnasio y meterme en líos con mis amigos. Primero eran líos sin importancia, pero los atracos pasaron a ser habituales y huir de la Policía se convirtió en una rutina.

Nadie puede huir siempre y, a mí, la suerte se me acabó. Fue uno de esos días en los que sientes que algo va mal, pero el alcohol y las drogas no te dejan pensar con claridad y continúas con los planes.

Él no debía estar allí, y tal vez yo tampoco. Llevábamos días vigilando ese local antes del atraco y nunca había nadie a esas horas. Teníamos el dinero, habíamos dejado nuestra marca característica en forma de destrozos y, cuando salía del local, sus manos cogieron mi bolsa para detenerme. Me giré, vi el miedo en su cara y ni su corta edad me frenó…

Tendría 20 años como mucho y me abalancé sobre él como un puto animal para machacar su cabeza contra la pared. Gritaba, joder cómo gritaba, y mi violencia iba en aumento con cada una de sus súplicas desesperadas. Mis puños convirtieron sus órganos en papilla cuando la fuerza de mis golpes destrozó sus costillas y no paré de golpearle ni cuando su cuerpo ya no respiraba sobre el suelo. Machaqué su cabeza contra el suelo, pateé su pequeño cuerpo, rompí sus brazos y arranqué su dedo meñique de un bocado en mi puta locura. Locura que solo detuvo la llegada de la Policía.

No recuerdo nada desde el momento en que los gritos de los maderos me daban el alto, apuntándome con sus pistolas, hasta que el juez me condenó a 15 años de cárcel. Ni siquiera la sentencia o estar encerrado a mis 29 años me hicieron cambiar de camino. No tardé en hacerme un hueco entre los que mandaban allí, y mis puños se ganaron el respeto, incluso de mis enemigos, dentro de la trena.

Cuatro años llevaba dentro, cuando conocí a Ruth. Era morena, jodidamente preciosa, y sus ojos verdes me descubrieron que tenía corazón. Con su ayuda me saqué el graduado escolar y, poco a poco, mi comportamiento fue cambiando hasta permitirme empezar con los permisos penitenciarios tras cumplir nueve años de condena. En uno de esos permisos follamos por primera vez y, mientras me corría dentro de ella, me convencí de que podía llevar otra vida. Una nueva con ella, un trabajo y lejos del único mundo que había conocido.

Salí de la cárcel dos años después y mi vida era Ruth y un trabajo de mierda que nos ayudaba a llegar a fin de mes. Ella dejó la cárcel para trabajar en un colegio y parecíamos felices. Pero quien es basura acaba volviendo a la mierda y yo no iba a ser menos.

Lo tenía todo, joder, todo. Una casa, un trabajo y una novia que me abrazaba cada noche y me la chupaba cada mañana…

Volví poco a poco a quedar con mis antiguos amigos utilizando la mentira para que Ruth no sospechase nada, pero pronto empecé a llegar a casa bebido y drogado y eso no podía disimularlo de ninguna manera. Las peleas eran diarias y un día pasé la línea que jamás debí cruzar.

Estaba drogado y sus gritos me sacaron de quicio, hasta el punto de agarrarla del cuello y estamparla contra la pared. Ella lloraba y yo la insultaba sin apartar mi puño amenazante de su cara. Vi el miedo en sus ojos y salí huyendo de allí. Huí, pero no de ella. De mí.

Volví a casa horas después, en silencio, y ella no se dio cuenta que estaba en casa. Ruth estaba hablando por teléfono y yo me quede inmóvil en el salón a escucharla. Aunque lloraba, su voz seguía siendo la más bonita que había escuchado nunca y las palabras de su boca hablaban de un monstruo al que ya no reconocía como su marido. Salí de allí con el mismo silencio con el que entré, para no volver nunca más y ser de nuevo el hombre que ella hizo cambiar.

Ya nada me importaba, y el ladrón de poca monta se transformó en alguien para quien matar se volvió algo normal. Las drogas de consumo pasaron a ser tráfico y años después tenía mi propia red de narcotráfico y prostitución.

La cuidé, sin que lo supiera, pues estaba en deuda con ella. Cada mes hacía llegar a su casa un paquete con dinero y el encargo firme al mensajero de no informarme de nada sobre ella.

Jamás volví a verla, jamás quise saber de ella. No merecía ni saber que ella era feliz, sin mí. Me gané tantos enemigos que a nadie le puede sorprender que, ahora, me encuentre aquí. En un jodido local de mala muerte con el cuerpo lleno de golpes y una puta pistola apuntándome en la sien. Como buen condenado a muerte, y con las rodillas clavadas en el suelo, trago sangre y dientes mientras hago balance de mi vida. Y mi vida era ella, bailando en ropa interior Saturday night fever, mientras yo la miraba desde el sofá sintiéndome el hombre más afortunado del mundo.

No sé qué cojones están diciendo estos tíos, pero sus continuas patadas en mis costillas y sus puñetazos en la cara me dejan claro que no buscan invitarme a una caña.

Qué ironía… La de veces que yo he matado a golpes a un desgraciado como soy yo ahora mismo.

Son siete, y el único con cara de simpático se acerca a mí y no puedo evitar descojonarme de risa, y el simpático me revienta la sonrisa, y la nariz, de un cabezazo. Siguen hablando, sigo sin entenderlos y me refugio en los recuerdos de mi vida con Ruth.

(…)

“Qué extraño, llaman a la puerta a estas horas… ¿Quien será?”, me pregunto medio dormida mientras miro el reloj que señala las 5:45.

– Buenos días. ¿Ruth González es usted?

– Sí, soy yo. ¿Ocurre algo agentes?

– Tiene que acompañarnos señora. Hemos encontrado el cadáver de su marido y necesitamos que lo identifique.

Mi corazón se ralentiza y apenas me mantengo en pie. Mi marido… Hacía mucho que no escuchaba esas palabras, pese a que jamás me he quitado la alianza ni he dejado de vivir anclada a un hombre que esperaba que volviese. Lo sabía, era él quien cada mes me enviaba dinero. Sabía que seguía vivo, que seguía amándome… Y ahora lo he perdido por segunda vez, la definitiva. Apenas puedo hablar y miro a los dos agentes buscando consuelo. No lo encuentro en sus fríos ojos acostumbrados a esta rutina.

– Por favor, necesito unos minutos. He de despertar a nuestro hijo. Si quieren, pueden pasar.

No sé cómo he conservado la serenidad, pero les he dado café, y hasta galletas; y allí esperan en el sofá, mientras yo despierto con caricias a mi pequeño. Solo tiene siete años y algún día tendré que contarle que hoy, 18 de noviembre, ha perdido al padre que nunca conoció.

 

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