Santos pecadores – @Imposibleolvido + @Mikinoff69

Olvido @Imposibleolvido, krakens y sirenas, Perspectivas

Can Peguera, Barcelona.

Julio se asomaba al balcón tras las cortinas, su madre lo había vuelto a dejar encerrado en el piso con la orden expresa de no abrir el balcón ni las ventanas. Se moría por salir a la calle a jugar a fútbol con los niños del segundo C, pero ya era el segundo día de encierro y a juzgar por el ritmo de las visitas nocturnas de los amigos de papá, la cosa pintaba para largo.

A sus once años ya sabía cómo adivinar, por la forma de abrir la puerta y los pasos del rellano, si sus padres traían compañía para jugar con él o venían solos, doblados por el alcohol, o vencidos por los efectos de las papelinas.

Abrió por tercera vez la nevera para volver a comprobar que no había nada comestible en ella, medio limón, dos botellas de agua y un bote de margarina del Día era lo único que allí habitaba. Le gruñían las tripas. Cerró la nevera con rabia y volvió a asomarse a la calle tras las cortinas. Quizás algún día, pronto, podría volver a bajar a jugar y quién sabe, para no volver.

Aquella noche su padre había perdido todo lo que le quedaba jugando al póker y llegó a casa poseído por la ira, borracho y drogado hasta las trancas como tantas otras noches. Sin mediar palabra, le dio a Julio una paliza como ninguna de las anteriores. El niño se meo encima y sólo cubría su rostro con las manos. La madre se despertó, más colocada incluso que el padre y, lejos de defenderlo, se río mientras preguntaba a su hijo que qué habría hecho.

La desolación, impotencia y miedo se apoderaban del chico. Se quedó acurrucado en un rincón hasta que sus padres cayeron vencidos por el efecto del alcohol y las drogas.

De madrugada, Julio se levantó y se asomó a la habitación donde dormían, sabía que no despertarían hasta muchas horas después y entonces fue cuando sintió el impulso irrefrenable que se le presentaba en la mente como una liberación.

No lo pensó mucho, se dirigió a la cocina y cogió el cuchillo más grande que encontró. Después fue hacia la habitación, a paso tranquilo y se colocó en el lado de la cama de su padre, dormía plácidamente boca arriba, agarró fuerte el cuchillo con ambas manos y se lo clavó en el corazón.

El alcohólico no emitió sonido alguno, abrió los ojos de repente para ver cómo Julio clavaba contra su pecho el gran cuchillo una y otra vez.

Su madre ajena a la escena que a su lado se desarrollaba, no se enteró de nada, su nivel de alcohol en sangre la mantenía inconsciente.

Julio, cuando consideró que había acabado ya con su padre, se acercó al lado de la cama donde dormía su madre y le cortó el cuello, separándolo casi del tronco.
La sangre caía de la cama hasta el suelo por las sábanas hasta un gran charco que cubría prácticamente todo el suelo de la habitación.

Julio se volvió a acurrucar, pero esta vez sonriendo hasta que se quedo dormido en medio de aquel “lago” púrpura que lo arrullaba llenándolo de tranquilidad.

 

Adela se había despertado aquella mañana con la sensación de que algo pasaba y a sus setenta y un años era casi normal esto de no recordar de un minuto para el siguiente lo que tenía que hacer o decir. Después de asearse y vestirse y antes de bajar al mercado, Adela cogió la alfombra del baño para orearla por el patio de la cocina.

 

Al hacerlo no pudo evitar mirar hacia la ventana de sus vecinos que estaba casi pegada a la de su propia galería, al principio, torció el gesto al ver de nuevo lo que parecia otra escena sádica y violenta de sexo con aquel chiquillo de su mismo rellano. Pero, un momento, parecía más bien que estaban cubiertos de sangre… Adela salió a paso ligero hacia la puerta temiendo por el pequeño Julio.

Ya hacía más de seis meses que el padre le rompió una costilla y le propinó una paliza a aquella anciana por intentar sacar al niño del piso, la amedrentó hasta tal punto que la pobre mujer no fue capaz ni de denunciarlo y desde entonces siempre buscaba la ocasión de encontrarse al pequeño y darle algún plato de comida caliente, o algún paquete de magdalenas o chocolate incluso, Julio le había hecho prometer que no llamaría a la policía porque él también temía a las consecuencias de hacerlo.

Eran muchas las noches que Adela tenía que hacer de tripas corazón para no irrumpir en casa de los vecinos y sacar al pequeño de alli, pero nunca tuvo el valor ni la fuerza necesaria para ello.

 

Adela golpeó la puerta con ambas manos llamando a Julio, aterrorizada de que lo hubiesen malherido, “Julio, Julio, ábreme” lloraba y golpeaba la puerta con el corazon metido en la garganta.

 

Seis días después algún camello de la pareja los echó de menos por el barrio, subió a la vivienda e hizo el macabro descubrimiento. El juez, aquella misma tarde, hizo el levantamiento de cadáveres en el cuarto piso A, cuando los forenses y el equipo de la guardia civil ya habían realizado las fotos, tomado huellas y buscado por toda la casa el arma del crimen sin ningún resultado.

 

Julio veía “hora de aventuras” en aquel mismo momento en la puerta de enfrente, con la merienda sobre el regazo y con Adela haciendo punto junto a él. La anciana sonreía y mientras le guiñaba un ojo le decía: “Tranquilo, nunca podrán saber lo que pasó, ahora tú eres mi nieto y nosotros no hemos visto nada.”

 

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