Salvaje – @tearsinrain_

Tearsinrain @tearsinrain_, krakens y sirenas, Perspectivas 1 Comment

Miro a través del ventanal que me separa del exterior, donde un viento suave mueve las pocas hojas de los plátanos que parecen reunirse en las esquinas y rincones. El café ya está frío, y casi nada me es tan desagradable como el café frío. Tendría que salir a fumar, igual que ha hecho ella, pero alguien tiene que quedarse. Fuera, ella pasea nerviosa, un cigarrillo de liar en la mano derecha, el móvil pegado a la oreja. Gesticula poco, su rostro apenas muestra emoción, sé que está intranquila porque no puede dejar de andar. Es una de las escasas características suyas que he aprendido después de tanto tiempo. Yo también me siento exaltado. Repico con los dedos sobre la carpeta de color marrón, de cartón, en la que están las únicas dos hojas del informe. Esta transacción se está alargando demasiado, debería haber terminado hace rato. Observo la gente que queda en el local, uno de estos bares de pueblo decorado como si fuera de carretera americana, sillones semicirculares con una mesa central, lámparas en las paredes, una larga barra con taburetes giratorios acolchados. Hay un hombre de edad avanzada en un rincón, leyendo el periódico. Una pareja habla animadamente en la mesa contigua. Veo a una mujer jugando con el teléfono mientras un niño frente a ella juega con cochecitos. Yo de pequeño adoraba jugar a eso, pero la infancia es algo desdibujado en mi memoria atiborrada de dolor. El bar está decorado a base de fotos de artistas de cine y música, sin demasiada coherencia. B.B. King al lado de Humprey Bogart, Mathew McConaughey al lado de Janis Joplin. Oigo la puerta del servicio cuando ya casi estaba a punto de ponerme a gritar. Con pasos lentos y pesados, el tipo obeso, joven, abandonado de sí mismo, se acerca a mi mesa y sin detenerse deja caer un lápiz de memoria sobre mi regazo. Sigue andando, sale del local y se pierde entre los coches aparcados. Espero unos minutos, pido la cuenta.

Me levanto, no puedo seguir sentado, pago y con el maletín en la mano salgo del establecimiento. Empieza a oscurecer. Le hago una señal a ella, a la que responde levantando la mano, un momento, ya termina. Sus ojos me desconciertan, como siempre, tienen un tono salvaje que contrasta con la frialdad de sus gestos, de su forma de hablar y la aparente carencia de empatía. Por eso la llaman así, la Salvaje, cuando no está. No hay peor apodo que aquel que se usa por la espalda. A contraluz sus ojos se presentan de un verde opaco, las hojas de cien olivos movidos por un viento del norte; mirando al sol son casi azul marino, un mar que se rebela contra su propia calma. Cuelga, apaga el cigarrillo con la planta de los pies calzados con unos zapatos claros, sin tacón. Al mirarme intento sostener mis ojos en los suyos y por unos instantes creo estar a punto de romper un muro, entonces ella parpadea y el muro se fortalece. Saca las llaves del coche de un bolsillo del traje que lleva y, a unos metros, se oye el sonido suave de un claxon. Espera aquí, me dice. Su voz tiene un tono hermético, casi claustrofóbico. La veo andar con elegancia hasta llegar al automóvil e introducirse en él como podría hacerlo alguna de las actrices cuyas fotos cuelgan en la pared del local. Por unos momentos la escena se torna en blanco y negro. Vuelve el color con el rojo del coche, ideal para pasar desapercibidos. Miro dentro del bar antes de subir, mi reflejo, el de un hombre que alcanza casi los cincuenta, perilla canosa, nariz de boxeador, frente arrugada, orejas algo élficas, labio partido, como el corazón de la canción, calvo completamente, se muestra difuso. Una camarera me mira y sonríe. No te estoy mirando a ti, bonita, me miro a mí. Subo.

Circulamos a velocidad moderada por la carretera de curvas. Hay amapolas en el campo por el que el asfalto serpentea. La miro, su perfil es endiabladamente perfecto, no me refiero a una belleza específica, sino a una definición de rasgos que el mejor autor de cómics daría a la heroína de una saga que transcurre en un mundo devastado. Tiene la mezcla de serenidad y de tortura interior que da profundidad a alguien. No sabría decir si es guapa, una especie de magnetismo me impide valorarla en ese aspecto, algo en ella despierta los instintos más deliciosamente atroces y, a la vez, las ganas de salir corriendo. Sé que si quisiera escapar, no podría. No porque ella me cogiera o me matara, sería porque cuando conoces el abismo es cuando sabes que no puedes salir. Estamos en silencio, yo soy poco hablador, ella también. El ruido del motor del coche sigue una cadencia acompasada, los árboles al otro lado de la carretera son el tic-tac insonoro de un compás. A un lado el bosque, al otro el campo con amapolas silvestres, esto es, salvajes. Salvajes y a la vez tan vulnerables que sus pétalos se desprenden del sépalo casi con un soplido. Ella no es una amapola, si soplase no ocurriría nada.

Casi dos horas después nos detenemos en una gasolinera. Ella llena el depósito mientras yo entro en la tienda y en la máquina saco dos cafés. Miro el móvil, ninguna notificación. Eso es bueno, me engaño a mí mismo. Lo ideal sería que hubiera una diciendo que la misión se anula. Pero no. En la puerta de la tienda, me enciendo un cigarrillo. Ella saca el coche de los surtidores, lo deja en el aparcamiento y viene a mi lado a tomarse el café. Ahora sé a qué huele: huele a verlas venir y saberlas devolver, huele a estar de vuelta sin querer. Fuma y seguimos callados, apenas hemos intercambiado cuatro o cinco palabras. ¿Todo bien? Todo bien. Dos hermanos discuten por una chocolatina, mientras su madre pone cara de estar más que harta. Un tío con traje de negocios habla por teléfono con esos cables que hacen que parezcas un loco hablando solo. Es de noche y refresca. Las luces de la gasolinera son centinelas cansados de su guardia interminable.

Llegamos al pueblo, uno de estos pueblos que solo puedes encontrar por casualidad, bastante tarde. Ella, que se ha negado a que yo conduzca, frena un poco al pasar frente a la casa en la que tenemos nuestro objetivo. Luego la rodea y aparca a unos doscientos metros. Un parque infantil duerme y un columpio, movido por el viento, mece a alguien invisible, quizá al espíritu de algún niño muerto. Antes de bajar del coche me pide que repasemos el dosier. Al hacerlo, sus dedos rozan el reverso de mi mano y tengo la sensación de que ha plantado una semilla y sus raíces se extienden por mis venas, siento frío. Ella nota que me pasa algo y me mira. Sus pupilas son dos signos de interrogación rodeados de cinamomo. Veo una mano apartar esa frondosidad y divisar algo al fondo. Entonces ella parpadea y todo vuelve a ser bosque. Bajamos del vehículo y caminamos en silencio, separados por unos centímetros que bien podrían ser un abismo o una cumbre. Dos adolescentes salen de una esquina y caminan en sentido contrario. Siguiendo el protocolo, ella y yo nos damos la mano, tal que fuéramos una pareja a poco de llegar a casa después de una cena de compromiso. En el momento en que nuestros dedos se entrelazan, siento que dos lianas suben por mi antebrazo, una azul y la otra verde, una con cara de bestia indómita y la otra con expresión de alma domesticada. Tengo la tentación de deshacer ese lazo antes de que llegue a mis órganos vitales, pero no puedo. Cuando los adolescentes quedan atrás, ella me suelta la mano. Sonríe, una sonrisa de te he cazado, de culpable absuelto. Llegamos a la casa. Llamo a la puerta más como acto de pedir socorro que como rutina.

Al cabo de un par de minutos, un hombre pequeño y de aspecto rastrero nos abre, a mí me mira con cara de asco y a ella la repasa dejando claro qué es lo que valora de las mujeres. Las manos callosas de pajas sin placer. Subimos, después de presentaciones sin nombres, hasta una primera planta en la que apenas hay muebles. Le entrego el lápiz de memoria y durante unos minutos se dedica a desencriptarlo. Ella mira por la ventana hacia la calle vacía. Yo observo la sala con un sofá rancio y sucio, las paredes de estucado y el techo en el que la pintura empieza a caer. Bueno, dice el tipejo, esto ya casi está. Aparecen unos códigos en la pantalla del ordenador, ella se nos acerca y observa, su piel, iluminada por el monitor parpadeante y por un flexo en la mesa es como un lienzo sin pintar, que no sabe si pedir a gritos que alguien lo convierta en un cuadro o ponerse a morder para defender su pureza. Cuando el informático ha terminado de sacar los códigos y los ha enviado, recibo una notificación en el móvil que vibra en mi bolsillo derecho. Miro para que nadie sepa que ya sé que dice. Ella pide ir al baño. El hombrecito me muestra sus dientes, las palas ennegrecidas por una medicación demasiado agresiva, y me entrega de nuevo el lápiz de memoria. Esa es a la que llaman la Salvaje, me pregunta levantándose y yendo hacia lo que debe ser la cocina. Abro el maletín, saco la pistola, pongo el silenciador y cuando vuelve a aparecer, disparo. Su cuerpo mequetrefe y mal cuidado cae, primero doblando las rodillas y después hacia adelante. En la mano llevaba una taza con algún licor barato.

Cuando ella aparece, por el pasillo, sus pasos suenan a destino imposible. No me pregunta si tengo lo que necesitamos, ya lo sabe, y cuando pasa por delante de mí y su pelo castaño friega, solo un cabello atrevido y pretencioso, mi mejilla, tengo una necesidad imperiosa de acabar de sucumbir, dejo ir un “eh” y ella se gira, y la beso. Como se besa en las películas, pero de verdad. Y caigo en un precipicio del que, durante unos segundos, creo que no quiero salir, hasta que ella me separa, sin brusquedad. En ese beso he sentido lo que hará que ya no sienta nunca más y ahora ya no queda nada que impida terminar lo que he venido a hacer. Levanto de nuevo el arma y apunto a su corazón, al mirarme deja de respirar y parece que el tiempo se detenga y todo lo que me rodea me mire indignado. Aprieto el gatillo. Su cuerpo cae sin hacer ruido, sin levantar polvo, con una suavidad salvaje.

 

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Comentarios 1

  1. Narració inquietant. Hi ha enjòlit, però el que més m’ha agradat són les descripcions dels moments determinats, contenen metàfores amb un gran atractiu . Frases com: “En el momento en que nuestros dedos se entrelazan, siento que dos lianas suben por mi antebrazo, una azul y la otra verde, una con cara de bestia indómita y la otra con expresión de alma domesticada” contrasta amb la duresa del relat i li dóna potència a la història. Et felicito.

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