Salvaje – @Candid_Albicans

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Tenía 19 años y ya creía saberlo todo acerca de la vida. Por supuesto no coincidía en creencias religiosas, ni políticas, ni mucho menos en principios morales con mis padres. En casa me sentía muy por debajo de sus expectativas, y cansada de decepcionar abrí mis preciosas alas y eché a volar. Con cinco mil pesetas en el bolsillo y todas las ganas de empaparme de vida, cogí el primer tren a Madrid.

Comencé a trabajar fregando las habitaciones y haciendo la colada de una pensión en Lavapiés. Ofelia, la dueña, me permitía a cambio dormir en la habitación más cutre y me pagaba diez mil pesetas al mes que no daban para excesos, pero por lo menos podía comer caliente todos los días. De vez en cuando incluso me daba para agarrar una buena borrachera. No podía quejarme. No necesitaba mucho más. Puede parecer que la mujer se aprovechaba de mi nueva condición de paria, pero en ningún momento me sentí así. Era como estar en casa, pero con la libertad que me otorgaba el no importarle una mierda a nadie lo que opinase o hiciese, o si entraba o salía, mientras realizase bien mi trabajo.

De vez en cuando subía a algún chico o chica que conocía en el bar y follábamos, sin más, sin promesas ni mañanas. Con dos porros y una litrona ya teníamos nuestro carpe diem y la noche resuelta.

Una tarde de sábado tan inoportuna como cualquier otra, una amiga me presentó a Pedro. Aunque me sacaba veinte años lo disimulaba bien gracias a su constitución más bien delgada y su cara aniñada. Empezamos hablando de música y terminamos follando esa misma noche, puestos hasta el culo de coca, en el servicio de un bar. Los encuentros se fueron sucediendo cada vez con más frecuencia. Casi siempre venía colocado y el sexo era cada vez más violento. Hasta el punto de que una noche, Ofelia, alertada por los golpes y los gritos que provenían de mi habitación, subió las escaleras de dos en dos, cuchillo en mano, para saber qué ocurría. Al día siguiente al terminar la jornada casi me obligó a irme. —Si alguien se entera de que no estás asegurada me cierran el negocio. Que no quería líos por mi culpa, dijo. En unas horas me encontré en la calle. Mi amiga vivía con sus padres, así que no tuve más remedio que llamar a Pedro y explicarle mi situación. Me ofreció su casa hasta que encontrase un trabajo. Al aceptar, se abrieron para mí las puertas del mismísimo Infierno.

Por las noches me follaba como un animal. Por las mañanas mientras él trabajaba, yo limpiaba la casa y preparaba la comida. Era lo mínimo que podía hacer para compensar el favor que me hacía acogiéndome en su casa. En el tiempo libre miraba las ofertas de trabajo en los diarios, o me acercaba a los bares a preguntar si necesitaban camarera o ayudante en las peluquerías. Un día Pedro llegó tarde y borracho.

—Te pasas el puto día tocándote el coño en lugar de buscar trabajo. Seguro que te traes a tus amigos y te los follas en mi cama, ¿eh, cerda?

Antes de que pudiese abrir la boca, la hostia estalló en mi oído izquierdo tirándome al suelo. El golpe en la cabeza contra el marco de la puerta me dejó aturdida durante unos segundos, los que tardó en arrastrarme por los pelos hasta la habitación. Allí me arrancó las bragas y me violó brutalmente con su puño, tras comprobar con frustración que su polla no era más que un pedazo de carne inerte entre sus dedos. Cuando terminó humedeció una esponja y me limpió la sangre con cuidado, como habría hecho con un animal herido. Me besó la frente, hundió su cara entre las manos y se puso a llorar como un niño al que le acaban de romper su juguete. Entre sollozos pedía perdón; no sé si a mí o a algún dios despistado que en esos momentos había estado mirando hacia otro lado.

Las agresiones se sucedieron durante 4 meses más bajo la amenaza de matarme si se lo contaba a alguien o se me ocurría acudir a la policía o al hospital. —Y mucho menos huír, porque te encontraré y te mataré. Estaba segura de que lo haría. Y si no lo hacía él lo haría alguno de sus leales amigos. No quise concederle la oportunidad.

Mis muñecas se encontraron con su navaja de afeitar una mañana de diciembre, víspera de nochebuena. Al haberme fracturado dos dedos de la mano izquierda, mi muñeca derecha apenas pudo sufrir unos cortes superficiales. Me senté en el suelo de la habitación a esperar alguna luz hacia la que huír, tras haber escrito con mi sangre la palabra “adiós en el espejo.

Desperté en una cama de hospital, sola, con las manos y las muñecas vendadas y la cabeza a rebosar de preguntas. Al salir supe que cuando llegó a casa y me encontró medio muerta se metió en la boca una Glock que había adquirido ese mismo día en el mercado negro. Estoy casi segura de que ese iba a ser su regalo de Navidad para mí.

26 años después no escondo las cicatrices que surcan mi piel. Mi marido y mis hijos son los únicos capaces de besar cada día las que llevo por dentro y eso es más que suficiente para agarrar la vida por los huevos y continuar.

 

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