¡Salud! – @Patryms

Patryms @Patryms, krakens y sirenas, Perspectivas

Hacía treinta minutos que había abierto cuando entró.

Se fue a la esquina más alejada de la barra, llevaba cada mechón de pelo para un lado y unos grandes auriculares celestes que sujetaban su pelo corto y disparatado de un color negro intenso. Cuando me acerqué, separó uno de los cascos, me pidió una copa y sacó una pequeña libreta de su bolso en la que empezó a garabatear mientras esperaba que le sirviese.

Estaba sola, era la primera que venía al pub, era la única cliente en ese momento y no nos conocíamos, así que tampoco quise ser el típico barman de las películas americanas que seca vasos mientras da unas cuantas lecciones de psicología, por lo que me mantuve en la otra esquina de la barra, y la dejé en paz.

Cuando empezaron a llegar más clientes, me pidió la cuenta y se marchó. Al recoger, vi que al lado del cuenco de pipas sin probar, había una hoja arrancada con algunos garabatos y un estribillo entre corcheas. No reconocí que canción era la que estaba escrita, así que dejé el papel al lado del ordenador y seguí con mi noche.

El viernes siguiente volvió a aparecer. Llevaba una chaqueta de cuero entallada, un vaquero negro y sus grandes cascos celestes puestos peleándose con los remolinos del pelo. Volvió a sentarse en la misma esquina de la barra, dejó caer los auriculares y me pidió lo mismo que la vez anterior. Antes de servirle, puse la canción que había dejado escrita. Cuando me acerqué, sonrió antes de darme las gracias, se puso otra vez los cascos y empezó a jugar con el móvil sin levantar más la vista hacia mí.

Para cuando en el pub había ya diez o doce personas, pagó y se marchó. Esta vez había dejado, en la primera servilleta del servilletero,  una estrofa entrecomillada entre unas gaviotas de esas que se hacen con dos líneas curvas. Esta vez reconocí la canción y aun así, guardé la servilleta junto al papel que aún no había tirado del viernes anterior.

Cuando apareció por tercera vez, yo ya tenía un par de frases con las que romper el hielo guardadas en la cámara de los refrescos. Aquel día parecía entrar con el paso más pesado y esta vez no salió de su burbuja ni si quiera para asentir cuando le pregunté si quería “lo de siempre”, así que dejé mis recursos entre fantas y colas zero.

Desde el otro lado de la barra me fije un poco más en mi única cliente. Tenía los ojos grandes y oscuros y una nariz afilada y puntiaguda. Las manos pequeñas, las uñas largas y un cuello que daba pistas de rozar el albinismo. Desde aquí podía apreciar al menos el recorrido de un par de venas a cada lado. Pasó un buen rato mirándose las palmas de las manos, contando vidas o siglos quizás, lejos de la silla en la que estaba sentada y, por supuesto, a varios icebergs entre ella y yo. “Esta noche no hay canción para ti”, pensé.  Y no encontré nada en la barra después de que se fuera.

La veo venir cada viernes desde hace un año siempre con el mismo ritual… Sus cascos, su libreta, una cartera pequeña y sin demasiado maquillaje. Pide una copa que bebe tranquila y cuando el pub empieza a tener bullicio se marcha en silencio, sin salir de su burbuja y con los auriculares puestos. No dice adiós, no saluda ni se despide, y cuando la puerta se cierra detrás de ella, ahí voy yo corriendo a ver, como si de un mapa del tesoro se tratase, si ese viernes me ha dejado algún tema, alguna estrofa o algún estribillo escondido entre los ceniceros, los servilleteros o los vasos vacíos. Usualmente encuentro piezas de ese puzle que ella es y que me aseguran una sonrisa cuando vuelve y yo empiezo la noche con lo que ella dejó al terminar la anterior, aunque hay días en los que, desde que entra, sé que la burbuja está más dura, su música más alta, el paso es más lento y ella mucho más vieja de lo que es. Esos días ella no levanta los ojos y yo, que sé que no tendré dedicatoria, no me atrevo a mirarla.

Pero hoy no va a venir. Ni si quiera yo tenía que haber abierto. Hace un día de perros, llevamos desde el miércoles con vientos huracanados y encima se le ha sumado una lluvia de esas que parece que Dios manda para decir algo en plan muy serio.

Me he equivocado y al verla entrar no he podido evitar sonreírle. “Has cambiado de diadema”, le he dicho mientras le servía sin disimular lo evidente: hoy no llevaba sus cascos celestes. “Será que por fin vas a contarme algo de ti”.

No me he despistado más de tres minutos, y al salir del cuartito dentro de la barra que uso de almacén ya no estaba. Ha dejado en la barra un billete de diez euros y su libreta. Para cuando he salido a decirle que se la había olvidado, ya no había nadie en la calle.

Cada hoja garabateada era la antecesora o la siguiente de todas las que he guardado en este año. Algunas llenas de tachones, otras con ojos de mirada fija (¿mis ojos?), algunas con cielos, otras con manos, bosques, y en todas una frase propia o de alguna canción, o la mitad de esas estrofas que he guardado yo.

En una de las últimas hojas había escrita una cita:

Yo era como la botella al revés cuya agua no puede salir porque la botella está demasiado llena”.

Y aunque sé que no, he cogido una servilleta y he escrito un gran “¡SALUD!” dejándola como marcapáginas, por si vuelve a por algo de todo lo que se ha dejado.

 

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