Sal y pimienta – @soy_tumusa

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Desde niña me enseñaron a creer en los cuentos de hadas, en los príncipes azules, en el amor incondicional y en lo eterno. En encontrar a la persona que fuera la sal que enriqueciera mi comida y yo ser la pimienta que hiciera emocionantes sus días. Lo cierto y verdad es que cuanto más crees más grande es la hostia que te da la vida cuando te haces mayor para que se te pase la tontería y vuelvas a la puta realidad.

El problema de crecer con esa convicción es que te pasas media vida adolescente esperando a tu príncipe azul, sin darte cuenta que tu príncipe se está follando a medio instituto de princesas, mientras tú, inmaculada, te consideras especial porque un día en el recreo te lanza una mirada mientras se atusa su rubio flequillo. Demasiados cuentos, demasiadas películas románticas, alimentando el amor incondicional y verdadero, demasiados libros de rescatar bellas damas y guapos caballeros para terminar acostándote cada noche con el valiente escudero que, de repente, un día, deja de cuidarse; de barriga cervecera y pocas ganas de nada que ocupa medio sofá y cuya mejor frase del día es “Nena, ¿has traído cerveza?”.

Desde niña, observaba a mis padres y yo quería ser su fiel reflejo, el uno para el otro, la sal y la pimienta, eso sí era amor incondicional; ni una mala palabra ni un mal gesto. Todo eran detalles para mi madre y ella, obviamente, se deshacía con él en atenciones y cuidados. Era una simbiosis perfecta en la que yo me incluía, la familia ideal. “Yo quiero eso”, solía decir. Después de la muerte de mi padre, entendía la pena y el dolor que mi madre arrastró durante meses. Su amor verdadero, eterno, la había abandonado. Nuestra familia se rompió una mañana de octubre y la tristeza se apoderó de nuestros cuerpos, de nuestras almas. En aquellos meses me dedicaba a observar a mi madre que vagaba, pensativa y desorientada por la casa vacía, creyendo que no soportaría más su ausencia.

La de bofetadas que da la vida y, aquella tarde, esa fue la que más me dolió. Un café con mamá, para estar con ella y aliviar de algún modo su pena tras un rato de conversación, bastó para que tanta rabia y dolor contenido la hicieran hablar y soltar todo el lastre que, durante años, había callado. En ese momento, todo mi castillo de princesas, junto con el príncipe dentro, se derrumbó; todo lo que yo subí en un pedestal ahora estaba por el suelo, roto y sin posibilidad de recomponerse. Aquella idílica relación no era nada más que un teatro de marionetas, unas máscaras cubiertas por la apariencia y una madre que calló durante años, por no hacer sufrir a sus hijas y construir sobre ningún cimiento aquella familia perfecta.

La sentía compungida, pero aliviada, mientras detrás de cada sorbo de café iba enlazando cada detalle de una vida que absolutamente yo desconocía. No era de color de rosa, simplemente era gris, teñida con algunas pinceladas blancas muy de vez en cuando. Los besos fingidos, decía ella, las caricias suaves, pero llenas de ira. Él era celoso y posesivo, ella nunca tenía amigas. Yo creía que prefería estar con nosotros a estar por ahí de tardes de cotilleos y compras como el resto de las madres. No eran detalles, sino que él lo exigía. La comida a su hora, la cena lista puntualmente, todo a la carta y, ella, la sonrisa siempre puesta. El dinero a cuentagotas y los gastos detallados. Las salidas contadas, nada de ir provocando; a la peluquería cuando hiciera falta, nada de ir poniéndose guapa para que otros disfruten mientras la miraban. ¿Dónde viví yo durante tantos años?, se preguntaba mi cabeza una y otra vez, mientras mi madre se desahogaba ante ese café, ¿Cómo no me di cuenta de esa tiranía?

 – Mira, María – concluyó.

– Lo importante era hacerlo perfecto, haceros creer que era una vida maravillosa para que os criaseis en un ambiente cordial y muy familiar, idílico a ojos del resto del mundo y, si para eso he tenido que sacrificar 36 años de mi vida, espero, por tu bien, que haya merecido la pena.

En aquel momento no sé si me dolía más la bofetada de la vida o la pena y la tristeza que durante años debió sentir mi madre, soportando ciertas cosas y callando muchas otras, todo por sus hijas. Ahí me di cuenta de lo efímero de los sentimientos hacia las personas, todo ese amor eterno y verdadero se desvaneció como el humo del cigarrillo que consumía mientras la escuchaba atónita.

– Yo le querré siempre, hija – me dijo apenada.

– Al fin y al cabo, con sus muchas cosas, era un padre ejemplar, pero ahora es cuando debo empezar a vivir. Acabo de ser liberada y me avergüenza decirlo porque, en vez de sentir pena por tu padre, siento alivio por mí, siento que la vida me dio otra oportunidad para poder vivir de nuevo.

Todo mi mundo ideal acababa de diluirse en aquel amargo café. Mi madre, a quién yo creía enamorada, había sido una triste sufridora y después de tantos años ni siquiera sé si sabía lo que realmente era ser amada. Yo, que deseaba que alguien me quisiera como él la había querido a ella, ahora sentía desprecio por ese amor que jamás fue. A partir de esa tarde no creí en el amor incondicional, eterno y verdadero de un hombre hacia una mujer, pero sí me sirvió para creer, y aún con más fuerza, en el amor incondicional de una madre hacia sus hijas. Ese tipo de amor, es el que realmente quiero.

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