Rumbo fijado – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

Hoy todo parece distinto, pero nada ha cambiado. Quizá lo ha hecho, pero no de manera apreciable. Pero, sí, todo se me antoja distinto.

La tranquilidad de todos mis días parece alterada por un extraño nerviosismo que hasta hoy no conocía y todo parece moverse al ritmo que marca un nuevo director de orquesta. La melodía es la misma, pero los acordes parecen cambiados.

Escucho sus voces y sigo sin entender con claridad el mensaje que transmiten, eso no ha cambiado.
No dejan de moverse deprisa de un lado a otro y sus movimientos parecen no tener rumbo fijado, pero no por ello parecen imprecisos y en pocos minutos todo parece volver a la calma que ya empezaba a echar de menos.

Está relajada, lo noto, su pulso se ha ido sosegando lentamente y su respiración vuelve a ser suave y relajante. Tanto que me siento acunada por ella y el sueño parece vencerme. Está cantando, qué maravilla, y mis latidos se van sincronizando con su dulce voz y mi respiración parece danzar de la mano de la suya.

La quiero, sé que la quiero como no podré querer a nadie en toda mi vida. Me gusta esta paz que siento, la seguridad de no necesitar conocer mucho más para saber que ella es mi hogar. No sé, suena bien, como si llamarla hogar fuera algo tan natural como quererla.

¿Qué son esos pequeños temblores que siento? ¿Qué está ocurriendo? Su respiración se ha acelerado de nuevo y voces que desconozco le hablan diciéndole que todo ha empezado, que ha llegado el momento.
¿Qué ha empezado?

No entiendo lo que le explican, pero ella parece serenarse ante sus palabras y atiende a sus indicaciones con mucha atención y asiente, decidida a seguir cada paso que le dictan. Intenta relajarse, pero se nota que lo que sea que le pase le está doliendo y, aun así, noto que está contenta y que yo tengo más miedo que ella ante lo que está sucediendo. Pero no sé qué ocurre, tan solo siento unos temblores cada vez más intensos y todo está cambiando con cada uno de ellos. Me siento inquieta, agitada, parece que el espacio en el que estoy cada vez es menos confortable y la presión que siento sobre mi cuerpo me mueve en dirección contraria a donde me encuentro. No sé qué he de hacer y mis manos se agitan nerviosas buscando un punto al que aferrarme, pero no lo encuentro.

Desconozco qué es esta fuerza, tampoco sé a qué se deben los temblores, solo sé que el miedo que sentía antes se ha tornado impaciencia. Me dejo llevar, tampoco puedo ofrecer mucha resistencia, y noto cómo poco a poco mi cuerpo se va desplazando alejándome de donde, hasta hace escasos minutos, sentía paz.

Me gusta esta sensación. Me siento liviana, como si volase sin esfuerzo alguno por mi parte y los temblores siguen siendo el impulso que me mueve. Todo está oscuro, pero ya no tengo miedo y, de repente, una luz intensa me obliga a cerrar los ojos. Noto aire, un aire nuevo, en mi rostro y mi piel se eriza con su suave roce. A mi alrededor escucho voces que se mueven tan deprisa como el cuerpo que las albergaba antes de darles vida y unas manos enormes sujetan mi cabeza. No me duele, son extrañamente delicadas pese a su tamaño y, de nuevo, un temblor hace que ahora el aire haga vibrar la piel de todo mi cuerpo.
Hace frío y unas manos más pequeñas que las anteriores me cogen y me mueven con dulzura. Me falta el aire, me asfixia este frío y unos golpes firmes, pero dulces, en mis nalgas, hacen que respire con normalidad tras el llanto.

No me gusta que me toquen tanto, es extraña la sensación de tantas manos sobre mí, pese a la ternura con la que me manejan. Parecen medirme, controlar mis latidos y a saber cuántas cosas más me están haciendo. No tengo frío, pero me siento sola.

Y de repente un olor llega a mí, su olor. La busco sin abrir los ojos, pero no está, no la encuentro, aunque su olor sigue llenando mi alma de vida y de ilusión.
La escucho, es ella. Reconocería su voz entre miles de personas gracias a cada una de las canciones que he escuchado y los planes de futuro que me relataba. Me gusta su voz, quiero ir con ella y que me cante nuevamente hasta que me duerma.

De nuevo vuelo entre unos brazos que me cogen con cariño y la noto cada vez más cercana. Su olor es más intenso y su voz llega a mí con más claridad hasta que, por fin, siento de nuevo el calor. Su calor.

Es feliz, somos felices y el latido de su corazón en mi oído hace que me relaje totalmente. Me acaricia, con el tacto de amor más puro que existe, y sus dedos buscan mis diminutas manitas para llevarlas a sus labios y besarlas.

Me mira, yo siento calma, y tras escuchar su dulce voz diciéndome «Bienvenida al mundo, vida mía» me doy cuenta de que mi hogar siempre estará en su regazo, que no escucharé mejor melodía que sus cantos y que el sonido de su corazón es tan igual al mío que nadie podrá diferenciarlos.

 

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