Ruleta rusa – @martasebastian

Marta Sebastián @martasebastian, krakens y sirenas, Perspectivas

A veces ganar significa perderlo todo. A veces por miedo a no perder, acabamos derrotados. A veces la vida se empeña en darnos oportunidades y nosotros, cabezotas, nos empeñamos en no hacerle caso y seguir con nuestro propio juego, con nuestra propia ruleta rusa.

 

Clic. Algo en su cabeza pegó un leve salto. Un pequeño ruido que llamó su atención durante unos segundos. Muy breves. Muy leves. Un ruido casi imperceptible que pasó desapercibido. Y no llegó ni a pararse a averiguar qué era.

La alarma del móvil sonaba escandalosamente recordándole que era hora de levantarse, que el día ya empezaba y que el mundo no esperaba. Salió de su cama, despacio, miró el hueco vacío que acompañaba su almohada. Hacía ya mucho que estaba así, que la soledad era su compañera y ya no sabía si era una jugarreta de la vida o era solo culpa suya, por esa estúpida manía de creer que nunca iba a encontrar el amor, que no se merecía que le quisieran… ¿Quién iba a fijarse en él, quién iba a querer pasar el resto de su vida con él?

Entró en el baño y se miró en el espejo. No era un hombre feo. Moreno y de ojos verdes, mirada melancólica y sonrisa agradable. No. Ese no era el problema. El problema era él. Él y sus inseguridades. Malditas inseguridades… Abrió el grifo de la ducha y se metió de golpe en ella. Dejó que el agua recorriera su cuerpo, deseando que se llevara con ella todos sus miedos, todos sus oscuros pensamientos.

Salió de la ducha y llevando sólo la toalla fue a la habitación, cogió el móvil y se dirigió a la cocina a hacerse un café. Nada más. A esas horas no le entraba nada más. Y mientras se hacía el café se dio cuenta de que tenía un mensaje en el whatsapp “hola feo, ¿Cómo vas?”. Se quedó mirándolo unos instantes. Dejó el móvil encima de la mesa sin responder. El corazón se le había acelerado y eso le daba miedo. Quizás sería mejor no responderle. Se decía a sí mismo que era lo mejor. Y se mentía repitiéndose que era por ella, por no volver a hacerle daño. Ya se lo había hecho en el pasado. Y sin embargo ahí seguía. Ahí seguía… No se merecía que no le respondiera. Vale, una respuesta corta. Tecleó “hola guapa. Preparándome para ir a curar.”

Clic. Este segundo duró unos instantes más. Miró a su alredor. Desconcertado. No sabía qué había sido eso. Ese escalofrío. Ese repelús que le había recorrido el cuerpo de golpe. “Alguna corriente de aire”, pensó. Se tomó el café casi de golpe y fue a vestirse mientras echaba un ojo a las redes sociales. Ella seguía presente en todas ellas. Se detuvo unos instantes en mirar sus fotos de instagram y sus tuits. Había puesto una foto de ella, despeinada, sin maquillar, con esa leve sonrisa con la que la recordaba. Y no pudo evitar recordar la última vez que la vio y lo bien que se sentía cuando ella le abrazaba. Demasiado bien. Incluso después de todo… Los dos sabían que él había huido, que sus miedos se habían apoderado de él… Aún le gobernaban. Quería ponerle algo, un pequeño cumplido… No lo hizo. Y en su cobardía buscó otros tuits, buscó otros avatares.

Clic. Se quedó sin respiración. Algo se le agarró en el pecho. Y se replicó. Era un maldito cobarde. Si tenía ganas de hablar con ella, ¿Por qué no hacerlo? “Porque ella se merece ser feliz y tú eres incapaz de hacer feliz a nadie, ¿Quieres volver a hacerle daño?” Esa horrible frase no paraba de repetirse en su cabeza, una y otra vez. Recuperó el aire y el normal funcionamiento de su respiración. Sí. Ese malestar seguro que era una señal. No podía hacerle más daño. Lo mejor era alejarse. Aunque ella parecía no querer… Ella parecía querer darle una oportunidad… No. No podía ser. No podía tener tanta suerte. Ella solo lo veía como un amigo. Como un conocido. El resto era una ilusión suya.

Salió de su casa mientras se encendía un cigarro. Mejor irse a trabajar y desconectar de todo. Que el trabajo le absorbiera y no le dejara pensar. No pensar. No sentir. Quizás ese fuera su destino. Tragarse sus sentimientos. Convencerse a sí mismo de que no los tenía y, así, protegerla. ¿Protegerla? ¿A ella? ¿Seguro que era a ella? Sí. Él estaba condenado a morir solo… Lo tenía asumido.

Clic. El cigarro tembló entre sus dedos. Se paró de golpe. Había sentido un pinchazo en las sienes y como si su corazón se parara unos instantes. Cerró los ojos y se relajó. No sabía qué le pasaba ese día. Sería el cansancio. Llevaba unos días con mucho estrés en el trabajo. Durmiendo poco por las noches. Fumando demasiado. Eso debía ser. “Sabes que estaré a tu lado” le había dicho ella, “cuando necesites hablar con alguien, ya sabes donde estoy”. Se tocó el móvil que dormitaba en su bolsillo. Podría llamarla camino al trabajo. En el fondo lo deseaba. Ansiaba escuchar su voz. Aunque no fueran a decirse nada importante. Solo sentirla a su lado. No. Seguro que ella estaba ocupada. Tenía tantas cosas que hacer. Tantas cosas de las que ocuparse… Mejor no molestarla. Sí. Seguro que sería un estorbo.

Clic. Tuvo que pararse. Incluso se le nubló la vista. ¿Qué narices le pasaba hoy? ¿Qué le ocurría? Había algo que no funcionaba como debía. Apagó el cigarrillo en una papelera cercana. Quizás debería llamar al trabajo y decirles que no se encontraba bien. Quizás debería ir al médico y que le hiciera una pequeña revisión. Cogió el móvil. No. Era un exagerado. Seguramente fuera solamente una migraña. Llegaría al trabajo. Se tomaría algo y a trabajar. Y desenchufar. Y mantener la mente ocupada. Olvidarse de todo. Ese era su destino. Por mucho que deseara hablar con ella, por mucho que deseara verla, volver a tenerla entre sus brazos… Tenía que asumir que el amor no era para él.

Clic. Y todo se apagó. Notó como sus miedos desaparecían. Sus inseguridades se evaporaban. Y sólo quedaba el rostro de ella. Con su pelo despeinado, su sonrisa dulce, sus abrazos en los que refugiarse… El móvil se le cayó de entre las manos… Deslizándose lentamente hasta llegar al suelo mientras llegaba un nuevo mensaje que él no llegó a ver “No curres mucho. ¿Hablamos luego? Te echo de menos”.

 

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