Ruleta rusa – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

La invitación era preciosa, de esas que nunca puedes rechazar y, claro, no lo hice. Las letras plateadas bailaban solitarias en el centro del papel rectangular de color púrpura y su mensaje escueto estaba lleno de misterio.

23:13. ­Abadía de Westminster

No sé quién me ha enviado el mensaje. Lo han deslizado cuidadosamente bajo mi puerta esta mañana, pero, cuando he ido a ver quién era, no había nadie.
El mensaje no dice nada más, pero supongo que quien lo ha enviado me conoce y sabe que mi curiosidad está por encima de cualquiera de mis miedos.

Y aquí me encuentro, entrando en la abadía, siguiendo los pasos de un guía que me ha ordenado que me vista con un hábito de monje, cubra mi cabeza y camine tras él sin alzar la vista en ningún momento.
Le sigo, con curiosidad y sin miedo, hasta los sótanos de la abadía y me acompaña a ocupar mi sitio en una mesa redonda. Escucho respiraciones, no estoy sola, pero nadie habla y no me atrevo a levantar la vista de los preciosos detalles tallados en la madera de la mesa.
Alguien se mueve. Sus pasos firmes resuenan mientras recorre la estancia de un lado a otro. Se detiene, reconozco ese sonido y sé que en breve unas notas de música saldrán del tocadiscos. La sonata del diablo. Sublime elección.

Un paso, dos pasos y se detiene tras de mí. Su voz se alza sobre la música, sin que esta vea peligrar su magia al ser interrumpida, y de sus labios nacen palabras de bienvenida:

– Buenas noches. Gracias a todos por aceptar la invitación. Ha llegado el momento, pueden descubrirse.

Obedezco. Mi largo cabello negro recupera su libertad y mi mirada recorre uno a uno el rostro de los que se hayan sentados en la mesa junto a mí. Los reconozco a todos. Y ellos a mí.

– Se preguntarán por qué están todos aquí y enseguida saldrán de dudas.

Le miro. No sé quién es el macabro maestro de ceremonias de esta noche y por los gestos de mis compañeros adivino que ellos tampoco.

– Me presento. Mi nombre, durante esta velada, será Caos. Las normas me obligan a hacerles la siguiente pregunta: ¿Alguno de ustedes quiere marcharse? Esta es su única oportunidad para abandonar la velada… ¿¿Nadie?? Perfecto, prosigo. Esta noche han sido invitados a una partida muy especial en la que solo habrá un perdedor y el resto, siempre que cumplan las reglas, saldrán de aquí vivos y con oro en sus bolsillos.

Las caras de mis compañeros de mesa se iluminan, algunas más que otras, mezcla de la ambicion por el oro, la excitacion, nerviosismo y expectación ante las palabras de Caos.
La música guarda silencio, justo en el instante en el que nuestro anfitrión se inclina sobre la mesa y coge con su mano derecha una preciosa tela de color burdeos que oculta algo bajo ella y, con decisión, tira de ella a la vez que su voz parece gritar:

– Damas y caballeros, les presento nuestra ruleta rusa. Siete pistolas, una única bala en una de ellas y el azar y la suerte serán quienes guíen vuestras manos a la hora de girar la ruleta. Empecemos.

Y, sin darnos tiempo a reaccionar, Caos gira la ruleta mientras se aleja de la mesa riéndose a carcajadas hasta ocupar su silla colocada estratégicamente para tener una visión privilegiada de la situación.

La ruleta se para. La música suena de nuevo y el tiempo nos engaña haciéndonos creer que se detiene. La macabra partida empieza.

La primera en girar la rueda lo hace con decisión y tampoco duda un instante en apretar el gatillo. Al hacerlo, su mirada altiva nos desafía a todos y su sonrisa tras el disparo no deja lugar a dudas, es Soberbia.

Antes de darnos tiempo a recuperar el aliento tras el disparo, la ruleta gira de nuevo. Con prisas, y restando importancia a lo que está ocurriendo, ella coge la pistola que la apunta al pecho y la coloca en su sien. Nos mira con desdén, como si nada le importase y el disparo, esta vez, tampoco tiñe de sangre la cabeza de Indiferencia.

El tercer turno llega y su mano derecha sujeta con avaricia la ruleta, mientras que el dedo índice de su mano izquierda señala al cofre que espera al vencedor. Sonríe, seguro de que el premio será suyo y, mientras su destino se decide, nos enumera una a una las cosas que hará con el oro; y Egoísmo rompe el silencio con sus gritos de felicidad tras el disparo fallido.

Con un golpe seco sobre la mesa ella hace que todo vuelva a quedarse en silencio y continúa la partida girando la ruleta con fuerza. Se levanta, esperando ansiosa a que se detenga y, al hacerlo, coge su arma para apuntarnos con ella antes de hacer frente a su suerte. Click, e Ira se sienta tranquila en su silla. Ahora, tras su grito de victoria, observa.

Y llega el quinto turno. La ruleta gira y se detiene ante ella, que mira a todos lados como si esperase que en cualquier momento algo fuera a caer sobre ella. Agarra con miedo la pistola, le tiemblan las manos. ¡Click!Desconfianza posa la pistola, no sin antes mirar a su alrededor una vez más.

Ya solo quedamos dos, yo soy la última y mi nerviosismo aumenta. Le observo. Somos tan similares y a la vez tan opuestos que parecemos dos caras distintas de una misma moneda. Aprieta la mandíbula con dureza y me mira por el rabillo de sus enormes ojos negros, mientras espera a que la ruleta se detenga. Ya solo quedan dos armas en ella y el final se acerca.

La tensión parece dominar el ambiente. Caos ya no ocupa su sitio y ahora espera de pie, aparentemente escoltado por Desconfianza e Indiferencia. Ira susurra cosas al oído de Soberbia y Egoísmo ha decidido que es el momento perfecto para subir el volumen de la música.

La ruleta, por fin, se detiene. Sonríe pícaramente. No duda, no teme y coge con firmeza el arma que frente a él tiene para besar su cañón antes de llevarla a su sien. Me mira, de frente, y un aterrador destello en sus ojos hace que yo tiemble.

¡¡¡Bang!!! El disparo certero de Odio atraviesa mi corazón, tiñendo de rojo mi ropa y mis manos en su torpe intento por evitar que me desangre. A duras penas consigo levantarme de la silla y me dirijo hacia Odio, tambaleándome, para abrazarle, pero me resulta imposible. Me aparta, provocando que mi cuerpo se desplome a sus pies y, desde allí, le sonrío con dulzura, pese a que su rostro sigue imperturbable ante las consecuencias de su disparo.

Me refugio en la música del violín de Paganini mientras la muerte comienza a poseer mi cuerpo y, con los últimos latidos de mi corazón escucho a Caos decir que el perdedor es Odio por asesinar a Amor.

Ahora, todos observan cómo me desvanezco y jamás olvidarán mi sonrisa al comprender que siempre formaré parte de la esencia que les hace a ellos seres completos.

 

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