Rotos – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

Sentado en el suelo… ¿qué cojones estoy haciendo cuando nunca he soportado a la gente que se sentaba en él, salvo a ti? Está frío, los cojines se deforman y no entiendo qué tiene de cómodo que se te congele el culo y se te duermen las piernas. Son las cuatro de la mañana y fuera llueve. Miro las gotas de lluvia mojando los cristales mientras sujeto con fuerza la botella de vodka que está llegando a su fin, al igual que mi cordura.

Maldita seas, estés donde estés. Maldita seas por no estar aquí, compartiendo conmigo este puto suelo frío. Maldita seas por no acercar tus labios a los míos en esta noche y obligarme a conformarme con la fría botella de vodka, que se acabará como nuestro amor. Frío, todo es frío desde que tú no estas y he hecho mías cada una de tus manías. En el suelo frío nos maldigo. Maldita seas por irte y maldito sea yo por dejar que te marcharas.

¿Dónde estás? ¿Qué estarás haciendo?

Seguro que no te acuerdas de mí y estarás con tus amigas en algún local hechizando a otro hombre con las curvas de tu cuerpo y esos ojos que trasforman en esclavo de tus deseos a cualquiera que te sostenga la mirada. Estarás bailando, maravillando a todos con tu encanto innato y esa sonrisa que ha sido tan mía como tuya. Si supiera dónde estás, iría a buscarte, te sacaría de ese local y compartiríamos el suelo frío que tanto te gusta. Te abrazaría, mi niña, y no te soltaría mientras escucho las locuras que tienes en esa cabecita.

Debería llamarte, joder. Debería llamarte y decirte que te echo de menos. Debería ser sincero y decirte que necesito que vuelvas a llenarme de tu música y manías. Vuelve, quiero verte, quiero hacerte temblar con mis labios y arquear tu cuerpo para que se rinda el mío. No encuentro tu risa, tu voz ni tus malditos detalles que mantienen mi alma esclava de la tuya. Tendría que llamarte y decirte todo lo que eres para mí, todo lo que callé y mis abrazos no pudieron trasmitirte.

No hubo adiós, esta vez no. Te fuiste en silencio y mi mensaje se quedó sin respuesta. Con tu silencio dejaste de estar, pero nunca dejarás de ser.
Debería llamarte, lo sé. No lo cogerás, también lo sé. No voy a llamarte. La condena de un cobarde.

No consigo dormir, son las cuatro de la mañana y fuera llueve. El suelo está frío, me encanta. He sacado los pies por la ventana y las gotas de lluvia los empapan. No me gusta este silencio, aunque lo rompa Caruso y la mágica voz de Pavarotti.

El café se ha quedado helado. Nadie entenderá nunca mi manía de tomar café de madrugada. Rebusco entre la bolsa de chuches algo ácido que llevarme a la boca, mientras me maldigo por quedarme en casa esta noche. Debería haber salido y romper este encierro que yo misma me he impuesto. La verdad es que tengo ganas de bailar y de perderme entre la multitud para encontrarme a solas.

Te echo de menos, quizá debería decírtelo. No soy capaz de dejar de preguntarme cómo estarás o si tu sonrisa habrá vuelto a iluminar tu calma. Imagino que no me echas de menos, que ya no necesitas lo nuestro. Supongo que esta noche habrás salido y mi recuerdo ya no será el fantasma que te hace compañía. Estarás bien, seguro, me gusta pensarte así, feliz.

Me he acostumbrado a nuestro silencio, me resulta cada vez más liviano ser mera espectadora de cómo agoniza lo nuestro. Es curioso, pensé que seríamos eternos y ahora me veo aquí sola, descubriendo que te añoro casi tanto como cuando estabas a mi lado.

Somos imposibles.

He aprendido a cargar con mis rotos, ya no duelen y le tengo cariño a cada pedazo fragmentado de mi corazón. Es valiente, no sé si late por costumbre o por necesidad, pero me mantiene viva.

Cojo el teléfono de manera inconsciente y releo ese último mensaje que enviaste. No encontré en las pocas palabras ni una muestra de cariño. Solo el tono frío, neutral e impersonal al que me tenías acostumbrada. No contesté, no supe que decirte.

Ahora mismo pienso en contestarte. Quizá debería decirte que te echo de menos y que me gustaría que me abrazaras sobre este suelo frío.

Frío. Ha dejado de llover y de sonar Caruso. No llamaré, es demasiado tarde. Escribo mi último mensaje, «Perdóname por condenarte a ser sin mí. Te perdono por condenarme a ser sin ti. Te amo».

 

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