Roma no tiene la culpa – @LaBernhardt

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La primera vez que escuché hablar de Roma fue en el verano del 87. Unos amigos de mis padres acababan de volver de su luna de miel y nos invitaron a comer en su casa.
Olía a recién pintado y a mueble nuevo, que después del olor a libro y a sábanas planchadas eran mis preferidos.
Contaban anécdotas de la boda, las risas de antes, durante, después del banquete y que qué bien salió todo -mira, que es increíble que en La Corona nunca fallen, muchacha, que ni un plato frio, que qué maravilla- y que si no fue tan caro como dice la gente, que si tal y cual… y yo, muerta del aburrimiento, viendo La vuelta al mundo de Willy Fog, ¡y sin voz! No recuerdo cuándo empezaron a hablar de Roma, ni mucho menos qué fue lo que hablaron de ella pero me llamó la atención, y de aquello sí me acuerdo, la felicidad contada.
El camino de regreso fue como siempre: papá, me mareo si fumas, Pepe, baja la voz que cada vez que cantan gol doy un bote, por Dios. Me cago en todo, que no sacamos la cabeza con este Ufarte y mi madre mandando callar la rabia del marido colchonero.
Yo, en cambio, sonreía porque me había quedado en el cuento de esa ciudad llena de felicidad, que debía oler a pizza cuatro quesos y helado de stracciatella, que no sabía cómo se pronunciaba pero que sonaba muy de Roma.
No tuvo nada de extraño que creciera idealizando a la città eterna y que cada vez que llegaba el sorteo de Navidad cruzara los dedos para que: primero nos tocara El gordo y luego, mis padres quisieran llevarme a Roma.
Claro está que no pasó ninguna de las dos cosas pero sí corrió, y mucho, el tiempo. En nada me vi en COU, reventando los sesos a todos para ir de viaje de fin de curso a Italia, que a mí el resto de ciudades me daba bastante igual,que yo quería estar en Roma.
Yo sólo quería ser tan feliz como los recién casados que la contaban tan bonita.
De aquel primer viaje a Roma me queda un odio profundo al vodka con naranja y a los tíos que se llaman Stefano.
Supongo que una aprende a base tropiezos y si la piedra es Roma, pues tan feliz, oiga, porque me matriculé en la Escuela Oficial de Idiomas y como el tiempo tenía el mismo empeño en correr que yo en ser feliz en Roma, en nada ya era capaz de hablar medio bien y esta vez, el camino que me llevó fue un amor, que qué mono es, tía, que qué gracioso es, que qué bien viste.
Que me dejó en la Piazza Navona un domingo porque decía que le gustaban los tíos pero poco.
Y ni contar el viaje de vuelta en el avión, joder, por qué no hay a bordo un rinconcito de personas recién abandonadas, que ir codo con codo con tu ex es muy incómodo.
Dirá la gente que no entiende eso de volver al lugar donde has sido infeliz pero yo les pregunto: ¿y si la vida te putea con un curro allí?; pues eso, que me comí Roma dos años y no todo fue mal.
Tuve que cambiar de vestuario porque -sospecho- los romanos no comen pizza ni gelattos pero yo sí, yo todo.
Busqué la felicidad de las calles, ésa que se contagiaba en el relato de los novios. Hubo veces en las que sí la toqué un poquito. Otras, en cambio, pasó delante de mí y no se dignó ni a mirarme.
Un septiembre, en una calle sin historia ni glamour, dejé a mi pareja y esta vez no volví en el mismo vuelo con él. Creo que en eso consiste hacerte mayor, en aprender a no volar de regreso con un recién ex.
Ha pasado mucho y poco y bueno y malo y puede que Roma y yo, tal vez, estemos condenadas a encontrarnos para que yo me desencuentre con mis vidas, en ella.
No sé.
Hoy me ha llamado mi chico, que si nos vamos en Navidad a Roma, que sé cuánto te gusta y que quiero buscar la felicidad de aquellos dos recién casados por sus calles. Eso me ha dicho.
—¿Qué?¿cierro los vuelos, entonces?
—¿Tú sabías que se divorciaron? A lo mejor Roma está maldita, amor.
—No digas tonterías, Roma no tiene la culpa.

Y le digo que sí, que vale.
Yo quiero mi Città eterna con él y que la felicidad nos encuentre tomando una pizza, esta vez.

 

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