Risas enlatadas – @igriega_eme

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Fuiste dejando al paso del tiempo tus risas regadas por todo sitio.

Podía escucharlas en el salón, resbalaban por cada una de las rayas de la carpeta de seda de la mesita redonda colocada justo debajo de la réplica del Miró.

En cada amanecer, ibas sembrándolas por el jardín, entre alcatraces blancos y en botón.  Algunas flotaban entre los pastos mal cortados deslizándose a la orilla del estanque que como espejo, reflejaba los primeros rayos del sol.

Eran tantas tus risas, que desde el borde delineado alcanzaban a los patos silvestres que sorteaban los nenúfares tan redondos como impacientes.

Así eran tus risas, volátiles e impermeables, sonoras y cobrizas.

Muchas se quedaron impregnadas en los surcos que se forman entre duela y duela en la parte oeste de la terraza. Las fuiste dejando tras el intercambio con otros y otras en aquellas largas tardes de tertulia literaria.

Aún puedo verlas colgando y columpiándose entre los finos cables de las sillas Acapulco en las que pacientemente contemplabas los colibríes y mariposas en las apacibles tardes de café y música.

Otras muchas, se entrelazan entre las ramas y hojas de las variadas especias de la huerta que hiciera doña Elda, ¿lo recuerdas?. Utilizó aquella cajita de vinos de California, la misma que pintó con la brocha despeinada de don Elías y que una vez seca, rotuló con blanco y a mano alzada sobre el barro de las macetas, el nombre de cada especia que ordenó por orden de alfabeto.

Cuando recorro los soleados pasillos, voy encontrando tus risas mimetizadas con los finos azulejos de Talavera que trazan rutas infinitas en los claroscuros del corazón.

Tus risas están en todos lados, de vez en vez, las encuentro balanceando entre las perchas del armario, donde sutilmente caen para esconderse en los bolsillos de los abrigos y en las finas telas de las ropas de verano.

Algunas me han sorprendido sorteando las blancas y negras del piano que reposa impaciente por repetir a dos manos esas nostálgicas melodías de finales de Abril.

Las encuentro por doquier, se estrellan entre muros y cristales, se esconden tras cascadas en las ruidosas caídas del agua de la fuente.

El gato las mira fijamente cuando sin querer, van bordeando una a una como en fila por detrás de la cornisa, o cuando trepa sigiloso por los coloridos caminitos de la incipiente librería.

Aprendí de hacer conservas. Poco a poco he ido rescatando aquellas en peligro de extravío, las he tomado de entre las curvas onduladas de las ollas y los ajos, y de manera precavida y prevenida, las he ido envasando y conservando al vacío.  Las he clasificado con base en su cronología, y así es quien guardo tus risas enlatadas, me esperan me aguardan, y me observan desde el estante principal en mi cocina.

Ahí se quedan, y estarán conmigo aunque te quedes o cuando ya te hayas ido y me acompañarán y sonreirán donde quiera que yo siga mi camino.

 

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