Risas enlatadas – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

Son las 8 de la mañana y el agua del grifo de la ducha cae tras de mí, mientras observo mi reflejo en el espejo.

Mi cabello rubio platino enmascara mis canas, pero la piel de mi cuello delata que ya hace mucho tiempo que supero los 70 años. Mis enormes ojos azules se han convertido en brillantes prisioneros de las arrugas que los rodean y mi tez, que antaño era pálida, ahora está cubierta de pequeñas manchas marrones producto de los años y el exceso de maquillaje. Mis labios siguen estando bien definidos, pero ahora las comisuras de los mismos han cedido ante el peso de las arrugas que los enmarcan, dotando mi sonrisa de tristeza forzada.

Mis manos se mueven por iniciativa propia y mis dedos torcidos por la artrosis acarician mi rostro como si leyesen en cada arruga la historia de mi vida deteniéndose, con precisión y delicadeza, en aquellas arrugas que no son fruto de los años, sino de los daños que producen las decepciones, el desamor y la soledad de quien siempre estuvo rodeada de gente que creyó amigos.

El espejo, debido al vapor de agua caliente, se va empañando lentamente devorando mi reflejo hasta hacerlo desaparecer por completo. La bañera sigue llenándose, el vapor transporta el olor de las sales de baño por toda la estancia y mi dedo índice escribe en el espejo mi nombre artístico.

Daphne

Precioso, elegante, sublime… Mentira. Tan de mentira que la rabia se apodera de mi mano para borrarlo, haciendo que desaparezca entre las huellas borrosas de mis dedos.

Estoy temblando, aferrada al lavabo con miedo a alzar de nuevo la vista, intentando controlar los latidos de un corazón que hace mucho tiempo empezó a marchitarse por sobredosis de apatía.

He de hacerlo, he de volver a mirarme y dejar que mi imagen sea Medusa con mis sueños y los deje, para siempre, congelados como lo que son, solo recuerdos. Suspiro y sin pensar, resignada, levanto la cabeza para encontrarme conmigo de nuevo. Me reencuentro.

Mi cabello dorado luce unos maravillosos bucles sobre mis hombros y el volumen de los mismos parece desafiar cualquier norma no escrita sobre el decoro. Mis ojos azules se ven hermosos y dignos de todos los poemas que se han escrito sobre ellos, de cada halago recibido y cada galán seducido. Observo fascinada mi nariz, que reina altiva en el centro de mi rostro, y sonrío al comprobar que mi blanca piel sirve de lienzo para el rojo de mis labios y mis mejillas. Recorro con mis dedos la belleza de mi largo cuello haciendo un camino lujurioso hasta llegar a mis tersos senos y vuelvo a subir por mi pecho, rumbo a mis labios, acariciando una piel tan suave como delicada.

Como por arte de magia, aparecen en el espejo imágenes de mi vida enmarcando mi bello rostro.

Arriba, a la derecha, los bailes junto al actor de moda en un salón siendo el centro de todas las miradas.
Abajo, a la izquierda, los estrenos de las películas en las que era la estrella rodeada de periodistas, de la mano de quien siempre amé y nunca tuve.
Abajo, a la derecha, las cenas con actores y políticos llenas de elogios y detalles que provocaban mis sonrisas.
Arriba, a la izquierda, cada premio recogido y cada revista en la que fui portada.

Todos bailan, captando mi mirada, empeñados en mostrarme una vida llena de lujos y reconocimiento, y mi corazón baila con ellos haciendo de cada nota un concierto de sentimientos.
El espectáculo es maravilloso y sonrío, me gusta mi reflejo. Me hechiza, me seduce… Me miente, haciendo arte del más cruel de los engaños.
Los observo, uno a uno van desapareciendo dando lugar a nuevas imágenes. Mi sonrisa se esfuma a medida que van apareciendo.

Arriba, a la derecha, la música sonando solitaria porque nadie la baila y mi cuerpo envejecido encogiéndose en el sillón.
Abajo, a la izquierda, un teléfono que nunca suena desde que enmudeció cuando ya no era mi brazo el que paseaba por la alfombra roja aferrada al hombre a quien amaba, pero nunca tuve porque él no amaba.
Abajo, a la derecha, una mesa aún más enorme por tener solo mi compañía y la de una cena pre-cocinada que se enfría.
Arriba, a la izquierda, una estantería llena de premios que están siendo devorados por el polvo y el olvido.

El sonido del agua me devuelve a la realidad, por suerte, arrancando a mi corazón de un espectáculo del que desearía no formar parte.
Cierro el grifo y suspiro, caminando de nuevo hacia el espejo guiada por el miedo que te da la certeza de saber que, cuando el vapor desaparezca, no seré de nuevo Daphne y volveré a ser Elena, la anciana que se consume de soledad y a quien la vejez no ha privado de su memoria, convirtiendo cada recuerdo en una tortura que la devora.

Temblando, pero convencida, limpio el espejo con una toalla y decidida a enfrentarme a mi decadencia. Respiro profundamente y abro los ojos para volver a ver a Elena y sus arrugas, las manchas en la piel y sus ojos hundidos. Le sonrío, irónicamente, intentando reconciliarme con mi reflejo. Ella, tan educada y cínica como yo misma, me devuelve la sonrisa y nos despedimos volviendo a firmar el pacto silencioso en el que prometimos hacerle trampas al olvido.

Cada noche el mismo ritual, un nuevo intento fallido de burlar al presente haciendo del pasado un para siempre al reproducir nuestras películas. Y, cada noche, al abrir la caja metálica que las atesora, una nueva partida contra la muerte en la que yo apuesto todos los sueños, la vida y las risas enlatadas que contienen.

 

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