El rey de nada – @martasebastian

Marta Sebastián @martasebastian, krakens y sirenas, Perspectivas

Nunca llegaba el primero al sitio donde habían quedado. Tampoco el último. Siempre parecía llegar en el momento adecuado. Y traía con él una aureola de poder, de misterio, de seguridad en sí mismo… Hay gente que tiene carisma. Que llenan los lugares con su sola presencia. Que no pueden evitar pasar desapercibidos. Gente que su vida se llenaba, lógicamente, de éxito. Y Jose era una de esas personas.

Tenía un buen trabajo. Ganaba más que la media de sus amigos y tenía un futuro por delante. Ese mismo día su jefe había solicitado que se reuniera con él para informarle que le iba a proponer para un ascenso. Eso conllevaría tener que viajar más. Y lo que para otros sería una maldición, él estaba encantado. Viajar. Pasar noches en hoteles. Conocer nuevas ciudades y, sobre todo, nuevas chicas.
Se encendió un cigarro mientras llegaba a la mesa donde le esperaban sus amigos. El bar estaba lleno ese viernes y habían tenido que huir a la terraza. No les solía gustar. Mejor en la barra, botellines en la mano y el tiempo justo para calentar un poco y luego irse a los bares de siempre… Unos a cazar. Otros a emborracharse. Algunos sólo querían pasar el rato con los amigos, salir de su rutina. Esa rutina que cada vez se hacía más presente según pasaban los años. Novias, mujeres, amenazas de embarazos… Bueno, para algunos no era una amenaza si no algo que deseaban (aunque no se atrevieran a decirlo a voz en vivo delante de la mayoría del grupo)… No lo entendía.

Bastante le costaba atarse a una mujer como para atarse permanentemente a una criatura que dependería de él durante muchos, muchos años… Sólo pensarlo…

Sus amigos estaban embarcados en una conversación que, al menos, parecía entretenida. Pidió una cerveza al camarero y se sentó. No le costó mucho ponerse al día. Rubén les estaba relatando las “proezas” de su jefe. Un cuarentón (más cerca de los cincuenta que de los cuarenta), casado y con hijos, que se dedicaba a ligar por las redes sociales. Y él no conseguía comprender como semejante individuo podía conseguir a chicas guapas e interesantes. Rubén decía que solía dar pena. Contarles el cuento de que sólo quería amistad y cuando se ganaba la confianza… Sonrió. A las malas, si un tío que no se cuidaba casi nada, como el jefe de Rubén llegaba a esa edad y seguía ligando… No tenía duda de que a él le quedaban muchos años de darse alegrías al cuerpo.

Unas cervezas y levantaron el chiringito. Directo a un bar donde intercalaban canciones pop con algunas de rock suave. Perfectas para encontrar chicas bailando y bebiendo. Parecía que esa noche el mensaje estaba claro. Se acercó a la barra y pidió una ronda de chupitos. Invitó a sus amigos para celebrar su posible ascenso. Se sentía optimista.

–Por cierto, ¿A que no sabéis quien se casa? Elena.

Y todas las miradas sobre él. Y él intentando que su rostro no mostrara emoción alguna tras la información que acababa de escuchar. No tenía ninguna duda de a quién se refería. Tampoco podía decir que le sorprendiera la noticia. Aunque no se la imaginara casada. Comprendía que alguien se colgara de ella. Era una chica guapa, inteligente, con un gran toque de ironía, dulce… Pero no soportaba las miradas de sus compañeros. Habían pasado años desde que se había terminado su relación. ¿Podía llamarse así? Muy corta. Muy intensa. Demasiado para él. Habían pasado muchos años y le molestaba que esa noticia no le hiciera gracia. Y no. No iba a plantearse el motivo. Prefería buscar otro plan mejor.

Y no tardó en encontrarla. Era bajita, menuda, de pelo largo y negro y piel bronceada. Estaba con un grupo de amigas. Ningún chico a su alrededor. Perfecto. Nunca fue de andarse por las ramas. Cogió una servilleta y escribió. Luego se la quedó mirando fijamente. Y ella pronto se dio cuenta. Vio como ella se giraba hacia él. Como le analizaba. Como se sonreía y volvía a mirar a sus amigas. Solo unos segundos. Sus ojos volvían a él. Perfecto. Se acercó a ella.

–Hola.

–Hola.

–Toma.–le tendió la servilleta. Ella le miró extrañada. Miró lo que había escrito y volvió a mirarle aún más extrañada. Se aproximó aún más a ella, para hablarle al oído y, ya de paso, aprovechar para ponerle la mano en su cintura–. Es mi número de teléfono. Puedes comprobarlo. Para que veas que no soy de los que te dicen que te llamaran al día siguiente y luego desaparecen. Te doy el poder.

–¿Al día siguiente? ¿Al día siguiente de qué? ¿Por qué piensas que tendría interés en llamarte mañana?

La chica no se retiró. No hizo ningún gesto de querer librarse de esa mano que se situaba en su cintura. Bueno, que había bajado levemente; sin llegar a caer hasta su trasero, pero rozándolo levemente. Es más… Ella misma le había hablado al oído.

–Porque, si me dejas, tengo intención de llevarte unas cuantas veces al orgasmo.

Era la prueba de fuego. Dependiendo de la reacción de ella sabría si esa noche le subiría o no la falda. Y no se retiró. No. Sus mejillas se colorearon. Mucho mejor. Le encantaban las tímidas.

–Te lo tienes muy creído, ¿No?

–No. Soy realista.

Bajó su mano definitivamente hacia el trasero de la chica. Lo cierto es que aunque siempre le había resultado fácil ligar, esa había sido especialmente fácil. Había tenido suerte. Había apostado y había ganado. Y ahora sólo pensaba en llevarla al baño y follársela ahí mismo. Quería arrancarle las bragas, ponerla contra el espejo del baño y hacérselo ahí mismo. Y luego llevarla a cualquier otro sitio, mucho más decente… Sabiendo que ella ya no llevaría bragas… Mmmm… Sí. Definitivamente esa idea le cosquilleaba en la entrepierna.

–¿No deberías haber empezado preguntándome el nombre?

Se sonrió. Ella parecía querer hacerse la dura. No admitir que la tenía en el bote. Pero en ningún momento había hecho el menor gesto de retirarle la mano de su trasero. Podía comprenderlo. La vieja lucha entre los instintos y lo que le habían inculcado. Sonrió y se pasó la lengua por los labios. Ella no le quitó la vista de encima. La movió levemente. Apretando su cadera contra la de ella.

–Porque ya lo sé… –Ella levantó la ceja, extrañada–. Deseo… Mi deseo.

–Ahí te has pasado.

–Tienes razón… Dime, ¿Qué nombre tengo que gemir mientras me cabalgas?

–Me llamo Sonia.

–Bien.–La besó. Con fiereza. Con pasión. Apretando su cuerpo contra el de ella–. Sonia… Sí. Suena bien. ¿Y cuándo empiezas?

–¿Cuándo empiezo?–hablaban entre besos, entre suspiros.

–A cabalgarme.

Sonia se retiró levemente. No mucho. En su mente volvía a aparecer la batalla. Lo comprendía. Un tío que no conocía de nada. Que no conocía de más de cinco minutos, incluso menos…

–Yo no…

–Vale… Desconfías… Es normal… También podemos ir al baño. Jugueteamos un poco. Dejas que te coma un ratito y cuando estés a puntito… Me introduzco dentro de ti hasta que te tiemblen las piernas y veas lo que podría hacer en un sitio mucho más cómodo.

Sentía la respiración de ella entrecortada y sentía su propia entrepierna deseosa de hacer realidad lo que le estaba diciendo. Cada vez le apetecía mucho más esa idea. Aunque dudaba que eso fuera a pasar.

–Vámonos.

–¿Al baño?

–No tientes a tu suerte. Bastante estás teniendo.

–Y deseo tener mucha más.

Volvió a tentar a la suerte y con la mano que tenía libre rozó el pecho de Sonia. Levemente. Un solo roce que sabía que la volvería loca.

–Tienes tu mano en mi culo. Tu polla apretándose contra mi… ¿Y ahora me rozas levemente el pecho?

–Porque en cuanto lo agarre bien, no pienso soltarlo… Y acabaría follándote aquí mismo. Así que.. Aquí, cuarto de baño o un sitio a tu elección. Dí.

–Vamos.

Ella se separó levemente y le dio la mano para salir del local. Vio como sus amigos se reían. Como las de ella miraban asombradas y cuchicheaban entre risas. Salieron del local. Andaron un poco, alejándose de la multitud. La giró, la apretó contra una pared y la besó. La besó mientras sus manos empezaban a recorrerle el cuerpo. Coló una mano por debajo de la falda. Directo. Y notó como sus bragas estaban humedecidas. Y eso le puso aún más cachondo.

–Dame tus bragas.

–¿Perdona?

–Quiero follarte en cuanto lleguemos al sitio que hayas elegido… No quiero perder el tiempo en quitártelas.

–No voy a quitarme las bragas en mitad de la calle. Y deberías sacar tu mano de debajo de mi falda… Podría vernos alguien.

Sonrió. No habían dejado de besarse y de restregarse el uno contra el otro mientras hablaban. No sacó la mano. Todo lo contrario. Coló un par de dedos por debajo de las bragas de ella y empezó a juguetear entre sus labios. Ella gimió. Y él también.

–Vivo aquí al lado.

–Dame tus bragas.

–No…

Introdujo uno de sus dedos entre los labios y empezó a moverlo en su interior.

–Para… Estamos en mitad de la calle.

–Dame lo que quiero.

–¿Siempre te sales con la tuya?

–No. Si así fuera ya te estaría follando.

–Vamos a mi casa. Y te aseguro de que no te arrepentirás de tener que esperar dos minutos para quitarme las bragas.

Sabía cuando tenía que ceder. Jugueteó unos segundos más y luego sacó su mano de debajo de la falda de Sonia.

–Espero que me compenses…

–Claro que sí…

Tentador. Realmente esa noche todo iba a salirle redondo.

Eran la cuatro de la mañana cuando llegó a su casa. Se quitó los pantalones y la camiseta y los echó directamente al cubo de la ropa sucia. Había sido una noche intensa y la chica no le había defraudado. Es más… Se alegraba de haberle dado su verdadero número. Estaba realmente interesado en seguir calentándole la cama de vez en cuando… Y quien decía la cama…

Ella le había dicho que se quedara a dormir, que no pasaba nada. Él había declinado amablemente la oferta asegurándole que cuando quisiera que volvieran a jugar, solo tenía que llamarle. No tenía ninguna intención en despertar al lado de ella y enfrentarse a una situación de desayuno y nada de sexo.

Se tumbó en la cama. Dio una vuelta. Dio otra. Estaba agotado. Sonia había resultado una gran amante… ¿Por qué no podía dormir?

¿A que no sabéis quien se casa? Elena.”

¿Por qué narices se acordaba ahora de eso? Un rato antes había tenido a una chica preciosa moviéndose encima suya… Y ahora era la imagen de Elena en esa misma situación la que le venía a la cabeza.

Jose, o cambias o acabarás solo. O peor… Acabarás con alguien a quien no quieres y buscando el calor en otros cuerpos”

Elena había sido demoledora en la última frase que le había dedicado. Y se acordó del jefe de su amigo. No. Él no quería acabar así. ¿O sí? ¿Qué más daba ya? Sacudió la cabeza. No iba a dejar que el recuerdo de una chica le amargara esa noche. Esa noche había triunfado. Había sido el rey. Y sus amigos estarían de acuerdo.

Volvió a dar una vuelta. Miro a su alrededor. La cama vacía. ¿Y qué? ¿Quién necesita un cuerpo que le quitara espacio en la cama? ¿Quién necesitaba a alguien que le incordiara por las mañanas y le ocupara el baño? Alguien con quien celebrar el ascenso. Alguien a quien contarle sus movidas. Alguien con quien reírse.

No. Suspiró. Era efecto del alcohol y del bajón después del sexo. Esa noche había sido el rey. No iba a dejar que un recuerdo le hiciera sentirse el rey de nada. Porque no era verdad. Era un triunfador. Trabajo, casa, ligues… Y una cama vacía. Vale. Definitivamente era hora de dormir. No pensar. No sentir.

 

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