Revelaciones de un extraño – @anissette

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Siento que me ofusco dentro de las paredes de mi casa. Entre gritos y platos rotos, decido salir a dar un paseo. Camino lo más lejos que puedo entre los árboles ancianos que bañan la avenida, hasta encontrar una banca vacía. Promete bendecirme con soledad y un poco de olvido.

Tomo asiento. Los pies juntos. Observo. Respiro. Inspiro, expiro. Ojos cerrados. Escucho. Aves se columpian de rama en rama, es hora de buscar el nido para dormir. La sirena de la fábrica que anuncia las cinco. Una voz a lo lejos llama a su mascota, pasos de gente que también va en busca de su hogar. Todos llevan prisa, menos yo. Silencio. Paz. Alguien más respira. A mi lado.

Abro los ojos, volteo a la izquierda. Un hombre se ha venido a sentar a mi banca. Conmigo. Me mira, para asegurarse de que también le miro. Está cansado. Igual o más que yo. Respira lento. Seguro viene de lejos, y le ha tocado caminar. En silencio los dos. En sus ojos también hay soledad, y olvido.

Resopla el hombre. Mira al suelo, como vencido. ¿Qué le pasa?, le pregunto. No lo sé, responde, algo confundido. Silencio largo. Veo las hojas verdes que el viento saca a bailar con suavidad. Me… siento… mal, logra decir por fin. Le presto atención. Algo no está bien con mis documentos, dice resignado, he ido a mil oficinas de abogados para arreglar mi situación y nadie me sabe dar una explicación o un veredicto… muchos ni me atienden, me urge arreglar esto y tengo el tiempo en mi contra, refunfuña desesperado. Intento tranquilizarlo, le distraigo con una pregunta. ¿Tiene usted familia? Los ojos se le llenan de lágrimas. Levanta la vista, me mira conmovido. Tengo una hija, dice con ternura, es lo único que me queda. Más silencio. Nunca sé qué decir. El viento de las tardes de verano es el mejor, le digo para cambiar de tema, refresca el asqueroso calor del día… El hombre se ríe, limpiándose las lágrimas con los dedos.

De donde vengo ha hecho mucho frío últimamente, me cuenta analizando el aire invisible que tenemos al frente, nuestro clima es lo menos parecido a este verano. Me doy cuenta por la ropa que lleva. Traje sastre de lanilla, chaleco café de twill que deja ver el cuello de una camisa amarillenta, bufanda de cuadros algo picada y una boina negra. Sus zapatos van sucios. Parece no estar afectado por el clima. Lleva una mancha de ceniza en el pómulo. En un intento por ser amigable, le expreso que parece ser un buen hombre, y que seguro encontrará la ayuda de alguien. Me mira. Niña, de la vida no sabes nada, me dice negando con la cabeza. Mírame a mí, setenta años y aún no entiendo lo que pasa, no recuerdo… 

Noto la textura de su piel. Compite con la corteza de los árboles que nos cuidan las espaldas. Hice muchas cosas malas, confiesa avergonzado. Me quedé solo, perdí a mi esposa, a mis hijos, mi casa y hasta a mi perro… La soledad le hace presión sobre los hombros. Desdicha. Abandono. En mi afán de darles todo… les dejé sin nada… Su voz se apaga. Angustia. Desaliento. Ningún abogado puede ayudarme a solventar las cosas, dice mientras se lleva las manos al rostro, todos me dicen que ya es tarde.

Silencio. Silencio. Dudas. Tengo una amiga que es muy buena abogada, le menciono para levantarle el ánimo, quizás ella pueda ayudarle, justo quedamos de vernos hoy… Estoy perdido, me dice, no tengo papeles, no tengo familia, no tengo nada. Entre sollozos y palabras entrecortadas me relata su historia. Un incendio devoró su casa. Con todo adentro. Perdió todo. Necesita viajar, con urgencia. No tiene pasaporte. No tiene visa. No tiene ropa. No tiene nada. Sólo una hija. No soy buena para esto. No se espera nunca las revelaciones de un extraño. No sé qué hacer. 

Le escribo a mi amiga que he salido de casa y que mejor le espero en la tercera banca del lado derecho de la avenida. Quiero presentarle a alguien que necesita su asesoría legal. Mientras tanto, espero su confirmación y que haya recibido mi ubicación. El pobre hombre observa el suelo con las manos vacías. No quisiera estar en su lugar.

Y su hija, ¿está bien? Pregunto con preocupación. Sí, dice el hombre suspirando, vive en Nueva York, ella está bien, la otra semana cumple treinta y dos… ¿Y su familia? Le pregunto esta vez con curiosidad, ¿no viajan con usted? No los encuentro… es su única respuesta. Empiezo a entender. El incendio. Su familia. Su hija. Lo único que le queda. La importancia de visitarla en su cumpleaños. Nudo en la garganta. No me atrevo a decirle nada más. Apoyo una mano sobre su hombro. Le dejo llorar en silencio. 

Recibo una llamada, es mi amiga. Está a unas calles y no tarda en llegar. La tarde amenaza con oscurecer. La gente me mira. Me huyen al contacto con la vista. Los veo pasar. Ladran unos perros a lo lejos. Truenos empiezan a caer. El hombre, sentado a mi lado, no deja de sollozar. Veo al cielo. Ruego que mi amiga llegue pronto. No se preocupe, le tranquilizo con voz débil, ya verá que se solucionará. Esperamos. Un minuto. Dos. Tres. Por fin veo la silueta de mi amiga, que se acerca a toda prisa hacia nosotros. Nos saludamos, me toma por los hombros. Es tarde, dice alarmada, ¿qué haces aquí? Te presento a don Rubidio, le digo optimista, queremos pedirte favor si podrías ayudarlo que necesita unos trámites para poder salir de viaje… Mira al hombre, me mira. Algo inquieta, regresa la vista al hombre y me responde: Eh… ahí no hay nadie.

 

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