Revelación – @Imposibleolvido + @reinaamora + @GraceKlimt

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Excitación. Primer movimiento.

 

Odio vivir en un sitio turístico, odio tener una casa grande, odio los negocios de mi marido. Hoy me entero de que este fin de semana tengo que cargar con las esposas de sus dos socios madrileños. Por lo visto las dejarán aquí en casa para viajar a Ammán por algún tipo de inversión de capital. Tenía que ser este fin de semana, justo este que ya tenía planeado al detalle. En fin. Tengo que avisar al personal del servicio para que adecenten las habitaciones de la segunda planta… habrá que mirar a dónde puedo llevarlas para no estar aquí encerradas. Nada más aborrecible que sentirme encarcelada con dos auténticas desconocidas.

Hace un par de horas que se fueron nuestros respectivos, ahora, bajo la luz de nuestro almuerzo compartido a seis, me parecen dos mujeres completamente opuestas a mí. Candela va vestida de mercadillo, es un torbellino de colores dispares y melena abundante. Fuma cigarrillos de liar que no ha tardado en sacar una vez que su marido ha desaparecido de escena. Luego está la otra mujer… Cris, bella, tiene unos ojos enormes enmarcados en demasiado khol, desprende un aura de tristeza y una tendencia insistente en llenarse la copa de alcohol. Aunque no dejo de admirar su buen gusto en el vestir… salvo por el extraño complemento que adorna su cabeza, algo parecido a un alfiler japonés o similar. En fin, no sé exactamente de qué podremos hablar para empatizarnos unas con otras y matar este largo y tedioso sábado.

Después de la tercera botella de Mum y de contarnos muy por encima nuestras respectivas vidas pasamos al sofá, Candela se encarga de trastear el televisor para conectarlo con su teléfono y poner música, mientras tanto, Cris curiosea las fotos que adornan mi salón, se queda parada frente al dibujo que cuelga sobre la chimenea y tras un par de minutos embobada en los eróticos trazos de Apollonia Saintclair se gira hacia mí y me guiña un ojo, aprobador, mientras viene hacia el sofá, copa en mano.

Yo salgo un momento tras María, la chica del servicio, que asoma para preguntar si necesitamos algo más antes de irse. Voy al baño y me miro al espejo. Sonrojada por el champagne, deshago el nudo de la cinta que adorna el moño de bailarina sobre mi cabeza, la tirantez del pelo me está causando dolor, así que lo deshago por completo y despeino el pelo entre mis dedos. Placer. Noto mis pezones erguirse dentro de la tela de mi brasier y un escalofrío recorre mi espina dorsal.

Al entrar al salón, Cris sube su vacía copa hacia mí preguntando si tengo algo más fuerte. Voy hacia el mueble bar y abro las dos puertas, elige la botella de Cardhu de mi marido y eso me hace sonreír. Noto su mano apoyada en la cintura de mi vestido y me quema el contacto así que me retiro confusa hacia el sofá, notando sonrojadas mis mejillas, ¿qué me está pasando?

Miro tras mi vaso de cristal a Candela, recoge el vuelo de su falda en un remolino de vueltas al compás de la música dejando sus piernas completamente visibles, sin ningún tipo de reparo, bebo y sigo calentándome por dentro. Quiero ser así de libre. Y al momento me descubro dando vueltas a su lado. Risas. Vueltas. La voz de John Mayer. El sabor del whisky en mi garganta y de repente… Unos labios dulces, tersos, voraces que me sacan un beso salvaje y ansiado. He cerrado los ojos y me he abandonado a esa boca que me exige. Noto como baja la cremallera de mi vestido desde atrás, abro los ojos y veo a Candela inmersa en mi mirada, mirándome mientras vuelve a besarme, adivino a Cris en mi espalda quitándome el vestido. Me rindo a esta sensación de dejarse llevar. Fluidez de placer. Calor.

Sigo con los ojos cerrados mientras contesto a ese beso eterno y maravilloso, noto como acomodan mi pelo sobre mi hombro derecho, como otros labios besan mi cuello, escalofrío de nuevo que me recorre por completo, una mano invasora dentro de mis bragas me hacen abrir los ojos de golpe. Debo de estar roja por entero, pero sigo dejándome hacer, incluso abro un poco las piernas para facilitar el camino. Dientes en mi cuello, dolor que enlaza con el placer que noto en mi entrepierna, gimo, no puedo hacer otra cosa que gemir. Dientes en mi hombro, noto las uñas ansiosas de carne en mis nalgas, apretándolas, dientes de nuevo en mis lumbares, la mano en mis braguitas acelera un poco el ritmo y yo me empiezo a mover sobre ella.

La boca de mi espalda baja hasta el filo de mi ropa interior, de un tirón me la quita, Candela se arrodilla entre mis piernas y esconde su cara entre ellas, noto que las rodillas se me doblan solas, gimo hacia el techo, avergonzada de que me vean disfrutar, Cris da vueltas alrededor de nosotras mientras la lengua de Candela me hace soltar improperios de todo tipo, ahora me muevo sobre su barbilla y su lengua, de pie, agarrada a su pelo, me froto contra su cara y me atrevo a mirarla a los ojos. La lujuria me hace enorme y la empujo contra mí. Cris moja sus dedos en el whisky y me pide que se los chupe.

No sé en qué momento vino ese orgasmo. Pero sí puedo asegurar que es El orgasmo. Joder. Me he tenido que sentar en el sofá para no caerme al suelo. Candela insiste en que  abra las piernas, y lo hago a pesar del tremendo dolor que me recorre cada vez que su boca persiste en buscar más, de repente ese dolor da paso a un placer jodidamente nuevo para mí, Cris es la que me besa ahora, con saña. Me pone sus pezones en la boca mientras me insulta y eso me vuelve a excitar mucho. Abro más mis rodillas para Candela que ahora usa sus dedos mientras nos mira absorta. Cris sube al sofá y abre sus piernas a la altura de mi boca y no me queda otra que hacer lo que me pide. No siento rechazo a chuparlo, es sorprendente admitirlo pero sé exactamente como comérselo. De nuevo siento venir un orgasmo, Candela juega con sus dedos en mi interior y su lengua en mi clítoris, noto sus dientes alrededor de mi vagina y de nuevo la suavidad de su lengua, intento reproducir los mismos movimientos en la de Cris que ya empieza a gritar de placer mientras aprieta tanto su cuerpo contra mi boca que creo que voy a tener que morderla.

Cris explota en mi boca. Yo exploto en la boca de Candela. Candela va en busca de su bolso y saca un vibrador de un neceser de purpurina. Me rio. Temblorosa, sudando, con el sujetador como única prenda me levanto del sofá a trompicones y lleno las copas.

 

Persuasión. Segundo movimiento.

 

La tarde había dado paso a una noche ordinaria, o eso creía yo. Estaba junto a ese oscuro objeto de deseo que siempre se ocultó en mis ojos, que siempre me borraban los sentidos.

“Si no lo vas a vivir intensamente no empieces nada.”

Y aquí me encuentro en el chalet de pijolandia con una copa de vino en la mano y sin dejar de mirar sus escotes. Lo que hace el vino y el no tener una polla para acallar mis deseos.

En mis múltiples fantasías que busco para saciarme siempre ha estado el follar con una mujer, ¿pero con dos? De repente mi mente se iba ensuciando de escenas de vicio y deseo.

Cualquier momento ordinario tenía algo de especial cuando mi marido no estaba conmigo. Él siempre fue demasiado convencional para mi mundo, un mundo que me envenenaba la perversión, la lujuria, el deseo y mis fantasías.

Las horas y el alcohol fueron pasando. Reíamos las tres, nos divertíamos. Bromas, chistes, confidencias, secretos. Por un momento olvidamos nuestros problemas, olvidamos de dónde veníamos, estábamos relajadas y se notaba. Me sentí cada vez más suelta, más libre. Empecé a ser consciente de lo mucho que se parecían a pesar de que físicamente contrastaban la una de la otra. Estaba muy cómoda con ellas.

Cris, morena, de ojos pardos. Raquel, también morena, aunque de pelo ondulado. Se miraban riéndose, coquetas.

—Besaos.

Me salió de dentro. No fue una voz, fue un grito que provenía de lo más profundo de mi ser. Llenó todo de un silencio a punto de saltar por los aires, a pesar de que apenas había sido un susurro. ¿De verdad había dicho eso?

Sonrieron. Tal vez lo estaban esperando. Se volvieron la una hacia la otra, notaba el pecho estallando en las paredes. Se acercaron hasta juntar sus labios.

—¿Así está bien? dijo Cris.

Era demasiado para mí. Fue menos de un segundo, pero me alteró hasta un límite que no conocía.

—Creo que le ha sabido a poco añadió Raquel.

Rieron antes de empezar a besarse sin contenerse. Sus lenguas jugueteaban, se buscaban con ansia. Veía, ante mí, la falta de restricciones, de normas. Quería el control, y quería que me controlaran a la vez.

No, no aguanto mucho observando la escena. A pesar de saber que observarnos aumentará el deseo y mi propia excitación, el cuerpo manda y la mente deja de obedecer.

Tres diosas morenas en el mismo salón, tres diosas enviadas de cualquier infierno para tentar lo divino. Quería ver hasta dónde podíamos llegar.

Me acerqué y sus labios me recibieron. Aparté los rizos de Raquel y empecé a morder su cuello. Noté un gemido contenido y no me hizo falta mirar a Cris para saber que se estaba mordiendo el labio. Empecé a lamer hacia abajo, buscando un escote que había atraído mi mirada toda la noche.

Me separé y me lancé hacia Cris. Notaba su hambre. Tiré de su blusa hacia los lados. Deslicé mi lengua desde abajo buscando su espalda y agarrando sus pezones con fuerza. Raquel se giró, buscando mi boca, buscándome, ansiosa. Mezcló sus gemidos con mi aliento, sujetando mi nuca.

Giré mi cara. La blusa de Raquel había desaparecido y su ropa interior pedía a gritos que la rompiera. Mis dientes la buscaron sin piedad. La mordía y ella a mí. Gemíamos. Aún pellizcaba los pezones de Cris mientras me abrazaba en una orgía de mordiscos y ansia.

No hubo opciones de pensar qué coño estábamos haciendo, la persuasión se apoderó de nuestros cuerpos.

La alfombra de seda traída seguramente del último viaje de nuestros maridos a la India iba a ser el único testigo de esta locura.

Tres cuerpos de rodillas sobre la alfombra la respiración comienza a ser entrecortada producto de la excitación y el ansia que se respira en esos momentos. Las manos son pocas para saciar nuestras ganas. Faltan dedos para corresponder ante tanto placer. Piernas, dobladas y semiabiertas mientras dibujamos nuestros cuerpos con miradas lascivas. La lujuria de compartir ese deseo prohibido nos excitada mucho más. Las manos se cuelan en cada pliegue de nuestra piel, acariciando nuestros sexos que se elevan humedeciendo de placer.

Una junto a la otra, la otra junto a la una y nuestros cuerpos se rozan, se follan las bocas se buscan, nuestras manos se tocan y de forma inesperada mis dedos penetran provocando que un gemido salga de sus bocas y muerda bruscamente los labios de Cris. Ella intuye lo que estoy sintiendo por mi forma de besarla, de devorarla.

De repente se levanta, consiguiendo que mi sexo se quede con ganas de más. Raquel mientras sutilmente junta nuestros cuerpos, colocando nuestros sexos cara a cara. Entendiendo lo que sus ojos desean ver, empezamos a recorrernos mutuamente con las manos, con los labios con todo nuestro cuerpo. Mis dedos vuelven a penetrar, esta vez, acelerando sus movimientos y consiguiendo que mi cuerpo se estremezca. Cada uno de sus gemidos producían un mayor deseo, un mordisco, un azote en el culo y como aprieta nuestros cuerpos uno contra otro me demuestra que la complicidad existe entre nosotras, sabiendo que esa fantasía era algo prohibido. Fantasía o realidad. Nunca lo supimos.

 

Kanzashi. Tercer movimiento.

 

No sé en qué momento perdí el control y me dejé llevar. Ha sido una puta revelación, como si algo que siempre ha estado ahí, escondido, sigiloso, de pronto rompe las cadenas que le retienen, y estalla.
Y ahora aquí estoy…

Rebobinemos, por favor.

10 minutos antes…
Ya no soy yo. Creo que lo he intuido siempre, pero ahora mismo, en este preciso instante, estoy segura. O igual siempre lo he sabido a ciencia cierta y por eso me lo negaba, por miedo, yo qué sé. Qué importa ya. Estoy desnuda y empapada de sudor, saliva, y ganas. Sólo me quedan los zapatos, y mi kanzashi, la preciosa aguja japonesa que intenta sostener ya sin éxito mi melena despeinada. Las miro a ambas, están tan exhaustas como yo. Sujeto con fuerza la aguja y dejo libre la melena. Sonríen. Sonrío.
1 hora antes…
Olvido la copa de vino en algún rincón del salón. Hace tiempo que algo así no me pasaba. La música me mece. Me siento tan libre que creo que podría dejar de estar triste. Y la boca de Candela, y las manos de Raquel, o es al revés, quizás, o todo junto. He perdido la cuenta de los orgasmos. Hace rato que sólo somos piel, cuerpo, gemidos, placer. En algún momento Candela ha tomado la iniciativa y ha traído algunos amigos. La noche es joven. Quiero bailar.
3 horas antes…
La cena ha sido exquisita, como las dos mujeres con las que acabo de compartirla. Nos hemos quedado solas al fin y por algún extraño motivo, no me siento incómoda. Relleno mi copa. Otra vez. Hace años que intento ahogar algo sin nombre en litros de alcohol, para evitar ahogarme yo. Un nudo me atenaza el estómago. Un pequeño sorbo obra el milagro y lo diluye. Nuestra anfitriona se ha ido y yo no puedo quitar los ojos de la boca de la otra invitada. Podría besarla. Podría morderla. Podría beberme su sangre. Escalofríos. Candela sonríe. Raquel regresa. De pronto, tengo calor.
6 horas antes…
Estamos llegando. Él lleva todo el camino hablando a través del manos libres del coche. Negocios. Negocios. Siempre negocios. Vamos a una maldita comida de negocios que se convertirá en un maldito fin de semana de mujeres desconocidas de hombres de negocios, y él se pasa todo el viaje hablando de negocios. Quiero gritar. Quiero golpear el salpicadero con los puños. Quiero estrellar su cabeza en la luna. Quiero prender fuego a esa casa inmensa que de pronto aparece ante mí con todo el mundo dentro. Quiero morir. Quiero matar. Quiero una copa.

Cámara rápida, que hay prisa, cuenta atrás.

8 minutos…
Candela hace tintinear las esposas. Raquel guiña un ojo. Gran idea.
6 minutos…
Las manos de Candela esposadas a la espalda. Los gruñidos de Raquel. Excitación.
4 minutos…
La lengua de Candela recorriendo su cuerpo. Raquel se deshace. Yo también.
2 minutos…
Ahora es Candela quién se corre. Raquel se acerca a mí. Yo señalo a ambas.
Y cero…
Estoy de pie y ellas arrodilladas ante mí. Levanto mi mano, la bajo sin titubear, y el kanzashi atraviesa la yugular de Candela. Raquel intenta reaccionar, pero mi mano ya está cayendo sobre su cuello expuesto. La maravillosa alfombra de seda de la India del salón comienza a teñirse de rojo, como mis zapatos.

Juro que no sé en qué momento perdí el control y me dejé llevar. Pero es que ha sido una puta revelación, como si algo que siempre ha estado ahí, escondido, sigiloso, de pronto rompe las cadenas que le retienen, y estalla.
Y ahora aquí estoy. Quiero una copa.

 

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