Repetir curso – @Rita_MeterMaid

Rita_MeterMaid @Rita_MeterMaid, krakens y sirenas, Perspectivas

Sonó el despertador de nuevo. Como cada día. A la misma hora.

Sentada en el borde de la cama, recordaba ahora todos aquellos olores y se sucedían los recuerdos en su mente. La memoria empezaba a rescatar el olor a desayuno en toda la casa. El olor del uniforme recién planchado y el betún de los zapatos. El olor de su madre cuando la besaba antes de salir de casa para coger el autobús. Ahora podía oler ese autobús y por supuesto, el olor a colegio. Esa mezcla de olores: libros, lápices, sudor…

Era el último día de curso, la entrega de notas. Ahí seguía el nudo en el estómago a pesar de tener la certeza de que todo iba a salir bien. Pero prácticamente toda su generación había crecido con el miedo a ese monstruo: el monstruo de la decepción, del fracaso. Un monstruo que habría de perseguirnos durante toda nuestra vida.

¿Recordáis? En aquella época, ese monstruo simplemente se vestía de “repetir curso”. Para ti era terrible porque suponía la decepción principalmente de tus padres (que habían puesto todas la expectativas en ti) y el fracaso de ver cómo tus compañeros se alejaban. Casi todos los niños y niñas de nuestra generación habíamos crecido con ese miedo, de hecho caímos en el error, salvo excepciones, de estudiar para no suspender y pocas veces para aprender. Quién era responsable de esa sensación por entonces no era importante, pero lo cierto es que todos vimos cómo se estigmatizaba al compañero/a que tenía que repetir curso. Eran apartados y, aunque al principio todos ponían de su parte para aparentar que todo seguía igual, poco a poco nos íbamos alejando y todos de alguna manera íbamos cayendo en el olvido.

Pasado el momento y una vez que confirmaba que todo había ido bien, los olores cambiaban. Por aquel entonces, los olores que percibíamos y disfrutábamos eran el olor a crema solar, a AfterSun, a cloro, a césped mojado, a tortilla de patatas y gazpacho, a horchata… Con esa facilidad nos deshacíamos de los monstruos.

Ahora todo es distinto. Ahí sentada en el borde de la cama, con el sonido del despertador aún resonando en la cabeza, pensaba en cuánto anhelaba poder tener esa segunda oportunidad para todas esas veces en las que la había cagado. Ojalá pudiera repetir curso.

Lo que durante algunos años suponía un drama, ahora podría significar poder evitar todo aquello de lo que nos arrepentimos y, no nos engañemos, todos nos arrepentimos de algo: de una mala palabra, de dejar caer el olvido a alguien, de no haber aceptado aquella oferta de trabajo por miedo, de no haber hecho lo que queríamos por el qué dirán…

Pero también estaría bien “repetir curso” para volver a vivir aquello que nos hizo felices y que por cuestiones de la vida ya no se darán más. Cuántos de nosotros no daríamos lo que fuera por volver a compartir momentos con personas que ya no están, por una razón u otra, con nosotros. Aunque sólo fuera una vez, una tarde.  Cuántos padres no querrían repetir curso con sus hijos. Cuántos hijos no querrían repetir curso con sus padres.

Y todo porque resulta que ese “monstruo” del fracaso nos persigue siempre y el temor, muy a nuestro pesar, crece. En la vida, a veces, seguimos cayendo en el error de vivir para no “suspender” y no para aprender. Vivimos huyendo y generalmente, cada vez nos cuesta más correr para huir. Corremos de manera torpe, a trompicones a veces, hasta que en una de esas caídas estrepitosas en la huida nos damos cuenta de que puede que en realidad estemos continuamente repitiendo curso. Y entonces, cuando entendemos eso, dejamos de huir un poquito.

Puedes seguir a @Rita_MeterMaid en Twitter