Renacimiento – @alternoso

Javier Morales @alternoso, krakens y sirenas, Perspectivas

Antes de salir a nuestro encuentro releí algunos apartes de La vida es un balón redondo de Dimitrijević. Sentí que aquellas palabras me situarían muy cerca de la emotividad en la que por estos días se debía situar Raúl. Leí sin mucha atención primero y después recordé un pasaje que me había conmovido en mi primera lectura, muchos años atrás, lo busqué y di con que era el último pasaje, «El rito de paso». Lo releí y, como aquella primera vez, brotaron lágrimas muy tímidas a mis ojos.

El café donde quedamos de vernos estaba a tres cuadras, ya se sentían los vientos del sur, el invierno inminente de cada mitad de año, el Mundial en todos los televisores.

Entré y allí estaba, tomaba un café y deslizaba lentamente su índice sobre la pantalla del celular. Le puse una mano en el hombro y del sobresalto se puso de pie de inmediato. Me dio un tierno abrazo y me senté frente a él.

Cuando le pregunté si de verdad quería hacerlo, se encogió de hombros y arqueó sus labios como un payaso triste, miró a través de la ventana y me dijo: «y yo qué sé». Lo miré inquisitivamente y volvió a abrir la boca en un susurro para decir: «y bueno, dale».

Siempre pensé que los argentinos son un dolor de bolas, pero no es así, son niños y sufren siempre como niños, por eso aman tanto esto que llamamos simplemente fútbol, pero que ellos llevan en la sangre como si los hubieran amamantado con las lágrimas de un balón abandonado en el césped. Yo sabía perfectamente cuánto le dolía a Raúl la conversación que íbamos a tener y aun así, sabía que él me estaba implorando que la tuviéramos.

Hablamos poco más de cuarenta minutos, al fondo a mi espalda se escuchaban los comentarios de la previa del partido, Serbia – Suiza. Todo el tiempo habló alzando los ojos hacia la pantalla. Tomó su café a pequeños sorbos y yo me mantuve tomando nota de sus palabras. Mientras escribía me pregunté si realmente valía la pena publicar esto. Qué pensaría la gente que tomara el diario y se encontrara con aquella síncopa de sentido en la historia de un padre que va a ver a su hijo debutar en un Mundial. Pensé que le hacía un favor, pero las cosas que decía no tenían mayor valor. Estaba cabreado por las circunstancias, porque su hijo sería un grosero reemplazo para marcar la honrilla de una selección histórica que estaba siendo eliminada. Nada de eso serviría. Yo venía buscando una historia de gladiadores, de estirpe, de sudor y sangre, pero estaba ante un hombre vencido, un antiguo héroe del fútbol argentino humillado y avergonzado.

Cuando pensé que no diría nada más pues había empezado el partido y llevaba dos minutos en silencio, le dije que acababa de ojear el libro de Dimitrijević, justo antes de salir. Su rostro cambió. «¿El del balón?», me dijo. Le respondí que sí, y una sonrisa atravesó su cara como una mueca que le costara evitar. Me contó que también lo había ojeado hacía un par de noches. Cuando la selección perdió. Y que buscando fuerzas en aquél libro se encontró con el apartado final, aquél donde unos muchachos van a jugar al pie del Danubio, y el silencio y el encanto los rodean, esa pequeña historia en la que Vladimir Dimitrijević cuenta cómo hizo un pase al costado izquierdo para que su amigo Darko cruzara la pelota al ángulo opuesto y marcara un soberbio gol, y cómo ese muchacho, Darko, se giró para celebrar el gol entre lágrimas gritando «¡igual que papá!».

Permanecimos en silencio un rato, Serbia marcó un gol muy temprano, eso alegró un poco a Raúl. Nos gustan los serbios, como Dimitrijević, pensé que estaría celebrando de estar vivo. Entonces Raúl dijo: «el fútbol es un verdadero renacimiento». No pude hacer otra cosa que asentir y sonreír. Ya tenía una historia para publicar mañana. Ahora podríamos ver el resto del partido en paz.

 

Visita el perfil de @alternoso