Reloj sin arena – @relojbarro

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«Nos quitaron el tiempo y nos dieron el reloj.»
A. Ibrahim.

En una conversación con una amiga, me citó un artículo en el que calcularon el tiempo real que disponemos para nosotros mismos, una vez descontado el tiempo empleado para trabajar, desplazamientos en transportes, necesidades básicas, contestar correos, llamadas de teléfono, mensajes privados, enfermedades, redes sociales, imprevistos, etc., el tiempo diario que nos queda no pasa de 124 minuto al día.

La sensación, la percepción del tiempo que tengo a fecha de hoy, es que no dispongo nunca de esos 124 minutos, a veces realmente creo no tener ni segundos libres. Estoy en un semáforo, señal en rojo aún, y ya estoy preparado para salir disparado. Hace tiempo que no compro según qué alimentos para casa como fruta, apenas paro en casa, no me da tiempo a consumirlo, caduca. Me pongo una película para desconectar, momento que aprovecho para repasar el móvil, contestar mensajes, notificaciones, cuando me centro en la película ya ha pasado un rato, no me concentro en algo ni una hora seguida, no tengo tiempo, claro. Y la sensación del consumismo inmediato cada día gana terreno, los productos perecederos parecen haberse extendido a todo, incluso a las relaciones.

Hoy cumple años una persona cercana, alguien al que, prácticamente, vi nacer. ¿Podré verlo para felicitarlo? No lo sé, la rutina me lleva a tener el día milimetrado, él también gira en la rueda, también tiene su tiempo hipotecado, pero no dejo de pensar que hoy debería primar conseguir sacar ese tiempo para dedicarle, que merece, y en el mismo día aún no sé si lo tendré.

Invertir el tiempo que, al parecer, no tengo, es para mí algo prioritario, pero no sé, si me fijo en el ritmo que nos quieren marcar, parezco estar equivocado, si algo requiere mucha atención, parece que debo priorizar mi propio interés por encima de cualquier persona e ir a la mía. Así, las relaciones deben también ser algo rápido, porque conocer a alguien requiere tiempo, y para eso, nos han dado unas aplicaciones que economizan, tanto minimizan el tiempo a invertir que puedes evitarte hasta el proceso de conocerte, te envías cuatro bromas, intercambias el «curriculum vitae» muy por encima a modo «pasamos el trámite engorroso» rápido no parezca que somos insensibles (más), unas insinuaciones, muestras la cartas, con farol o sin él, y ya directo a quedar, tampoco importa si va bien o no, hay gente en cola, es más, casi mejor trabajo a dos, tres o más bandas por si me sale rana, eso que me ahorro si no funciona o si funciona pero me dice algo que no me gusta. Obsolescencia programada incluso entre personas. Por mí ya pueden parar el tren, ya me bajo aquí.

Seducir requiere tiempo, y yo lo quiero disfrutar, paladear, igual que conocer a alguien, igual que enamorar, que emocionar, que conectar, todo lo importante requiere tiempo, y todos merecemos que tiempo. Estar ahí, cumpleaños tras cumpleaños, requiere dedicación. La amistad requiere un tiempo que la generación del consumismo no está dispuesta a priorizar.
Nos dieron el reloj y robaron el tiempo, nos roban el tiempo que deberíamos destinar a conocernos, nos roban el tiempo hasta frivolizar sobre las emociones. Creo que voy a empezar a ir lento, a llegar tarde, o directamente ni ir a todo lo que no sea la seducción mutua. Palabras como amor, amistad, generosidad, conexión, fluidez, armonía, son demasiado vitales como para no respetarlas y no dedicarles el tiempo que merecen.

Tengo aquí un pequeño reloj de arena que me regalaron, lo tengo puesto de lado, mientras lo giro y voy viendo cómo la arena va resbalando por sus paredes, pienso que me tomaré mi tiempo para volver a ponerlo de pie, pero cuando lo haga no miraré su arena caer, como un reloj de arena sin arena, que no controla nada más allá de sus propias paredes.

P.D.: dedico estas palabras a M.R., al que espero dedicarle el tiempo que merece en su día.

 

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