Relato de un náufrago – @J_eSeKa + @reinaamora

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Negarlo todo.

Negar que mi cama es una isla desierta a la que sólo entro a esperar los restos del naufragio que llegan a su orilla y dedicarme a jugar con ellos toda la noche, intentando negar que no nos faltan razones para volver, pero que nos sobran los motivos para olvidarnos. Intentando evitar los charcos de esperma en los que como nenúfares flotan tus recuerdos. Intentado evitar pasarme el día haciendo pájaros de arena y lanzado botellas con mensajes de canciones de Sabina, esperando que quien las encuentre se las beba y que se le joda la vida también —de alguna forma tengo que saciar esta puñetera rabia que no me cabe en el cuerpo.

Intentando negarme que me equivocaría otra vez.

Intentando negarme que en el relato de un náufrago no debe faltar una maquinilla de afeitar con la que acicalarse las penas y tenerlas presentables por si algún día aparece para rescatarme un salvavidas. Dudo querer salir de esta isla si para ello he de saltar sobre el vacío que la rodea. Prefiero quedarme, aquí puedo tener mil vidas contigo. Un día ser Al Capone en Chicago, otro tabernero en Dublín aunque, si me dan a elegir de entre todas las vidas, yo escojo: la de volver a equivocarme otra vez.

Al fin y al cabo, no puedo negar que la locura es el primer juguete de un náufrago.

Siento que la misma luz ya no brilla igual, ni el viento sopla a la misma distancia. Nada tiene un color similar a los tintes llenos de cafeína que iluso soñé con tocar. Nunca encontraré esos trazos de nuevo, eso lo sé.

Eso siempre lo supe.

Perdido, más perdido de lo que nunca estuve, me pregunto irónico entre el dolor que precede al nacimiento de una nueva melancolía, si alguna vez tuve una oportunidad. Una, tan sólo.

En realidad nunca la tuve y creo que jamás la pedí.

Escolta de las naves que he quemado tanto tiempo tratando de avanzar por un desierto de asfalto, paredes en blanco, hojas vacías y nombres huecos de significado. El recaudador de sentimientos ha venido a llevarse el cariño que tenía a crédito. Una ternura me dio el pésame por convertirme, de nuevo, en bala perdida si haber disparado ninguna pistola oxidada por unas canciones que ya no me hacen llorar.

Despedirse nunca fue una opción, aunque en realidad que tenía sentido en un pasos sin ritmo ni eco.

Ni cantante, ni artista, ni poeta, ni pintor, ni juglar. Nada rima ni perfila una caricia que extraño a diario y que extrañé minuto a minuto. No tengo prisa en reunirme con esa siempre pendiente cita con una melancolía que me espera desde aquel eterno hasta luego que nunca debí oír ni creerme. Matarme por pena no es necesario. Las horas llenas de silencio lo van haciendo por mí. Negarlo todo. Eso es lo que me queda.

Negarlo todo.

 

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