Relato de un náufrago – @candid_albicans + @IAlterego84

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Ayer

Mis muñecas todavía duelen al apoyarlas sobre el papel. Están amoratadas y llenas de rozaduras. Instintivamente, escribo en letras mayúsculas: “AYUDA”.

No sé cuánto tiempo llevo aquí. Hoy me han traído la libreta y el bolígrafo que les pedí hace días, cuando recuperé el conocimiento. Vivo encerrado en esta habitación, pero no sé dónde estoy. Todo está fijado al suelo por tornillos. Hay una ventana clausurada, con doble cristal que tiene toda la pinta de estar blindado. A través de ella la vista se pierde a lo lejos, en un sendero que no lleva a ninguna parte. No tengo reloj, ni calendario. La luz del sol me marca el paso de los días. Eso, y mi barba. Me paso una mano por la mejilla. Aspereza de días, aunque no soy capaz de ponerle cifra al tiempo que llevo aquí metido. En esta especie de búnker en la que no tengo contacto con el exterior, salvo tres veces al día cuando me dejan una bandeja con cubierto de plástico y comida nauseabunda. Apenas puedo hablar y cuando lo intento, un dolor agudo me atraviesa la garganta como un puñal. No recuerdo mi nombre, pero sí recuerdo que fuera de estas cuatro paredes tengo una vida, una mujer, un hijo. Miro el surco que una alianza ha dejado en mi dedo anular y que me habrán quitado al meterme aquí. Sé que me están esperando, aunque no consigo recordar sus caras. Mi cabeza no piensa con claridad. Necesito salir de aquí.

Suenan unas llaves. La puerta se abre y entra uno de uniforme blanco. Rápidamente guardo el bolígrafo debajo de la almohada.

 

Hace siete días

Lo sabía. Joder, lo sabía. Míralo. Míralo, joder. ¡Qué hija de puta! Lo sabía. El veneno no sé dónde lo guardará, pero sí que toda esta comida está contaminada. Mira qué pinta tiene todo. Da asco. Huele a muerte. Mira estos filetes, joder, apestan a veneno. Sí, mira de qué color están. Fíjate. Tíralo, tíralo todo tío. A tomar por el culo. Vacía la nevera y friégala con lejía. Sí. Sí, eso matará a todas las bacterias que pueda haber aquí dentro. Espera, fíjate en en el pescado. ¿Lo ves? Eso tiene anisakis y cosas peores, joder qué mala pinta tiene todo esto. No. No. Joder, ¿qué va a estar todo esto envenenado? Pero si os queréis. Está embarazada. Vais a tener un bebé, ¿cómo va a envenenar toda la comida para matarte? Precisamente por eso. Porque va a tener el bebé, idiota, y ya no te va a necesitar. Sobras. Gilipollas. Siempre te ha pasado lo mismo y nunca has aprendido. Das y das y das, y ellas aceptan y aceptan y aceptan. Y después, ¿qué? Te dan la patada. Pero claro, aquí no te pueden dar la patada. Vais a tener un hijo. No podría separarte de él para siempre, a menos que… ¡Eso es! A menos que te mate. Espera, ¿lo has oído? Sí, es ella. Está entrando en casa. La puerta que se cierra. Dos vueltas de llave. Y encima se ríe de ti en tu puta cara, tío. Te acaba de preguntar que cómo estás. ¿Quieres más pruebas de que quiere matarte? Joder, seguro que lo ha preguntado para afinar más la dosis. ¿A qué esperas? O ella o tú. No esperes más. Acaba con ella. Coge el cuchillo y rebánale el pescuezo, es defensa propia. Es ella, o eres tú.

Ya está preguntando a gritos por la medicación. Sí, la tiraste por el retrete hace días. La puta medicación te estaba matando, no te estabas enterando de nada. Ahora es cuando lo ves todo con claridad. Ciérrale la puta boca. Si sigue chillando los vecinos llamarán a la policía. Coge el cuchillo de una vez. Eso es. Rájale la tripa, que vea a su hijo antes de morir. Qué belleza, joder. Tenías que haber estudiado medicina y no la mierda de derecho que tu padre te obligó a estudiar. Ahora tira el feto a la basura, y a ella córtala en pedacitos. La puedes congelar y tirarla al contenedor de madrugada. Quédate con los ojos. Son tan bonitos. Basta. Cállate. Me voy a liar un canuto mientras pienso cómo voy a limpiar todo esto.

Uno de verde. Cargado. Tres caladas potentes que hacen que el pecho me estalle. Toso. Joder, qué mal me está entrando el cabrón éste. Y las putas voces ahí siguen, sonando en mi cabeza. Aunque se van callando poco a poco. La mierda que me estoy metieno es buena. Me siento relajado. Tranquilo. Los párpados me pesan. Sé que voy a poder dormir sin despertarme por la noche entre pesadillas y mi cabeza hablándome. Lo presiento. Dos tiros más, un poco más flojos. La garganta me arde y la mente se me aclara. Y entonces la veo. ¿Qué he hecho? Otra vez no, por favor. Que sea una puta alucinación. Como las otras veces. ¿Cuántas veces la he matado ya? He perdido la cuenta, siempre era en mis paranoias. La toco y no se mueve. Hay sangre por todas partes. No quiero mirar, pero tengo que hacerlo. El canuto se me cae al suelo y se apaga empapándose de su sangre. A su lado hay una persona en miniatura convertida en pulpa. Tardo en reaccionar. No. Joder, no. Me llevo las manos a la cabeza. Grito hasta que me quedo afónico. Los nudillos me arden. ¿Qué he hecho? ¿Por qué volví a hacer caso a esas voces? ¿Por qué? Con la medicación la cosa iba bien. Llevábamos una vida medio normal, hasta esa noche en que todo se fue a tomar por el culo. Los susurros en mi cabeza y la certeza de que me estaba envenenando. Las voces sonando cada vez más fuertes… Antipsicóticos en la taza del váter… Vuelta a la hierba para controlar los nervios… No sé que puedo hacer. Joder, la he matado. Soy un asesino. Un ser despreciable que ha matado a una mujer. A la mujer de su vida. No merezco seguir viviendo. Camino por la casa cada vez más alterado. Al llegar al salón, me detengo y miro la chimenea apagada. A su lado, una foto de nuestra boda. Siento náuseas. Vomito. Aparto la vista al techo, y entonces lo veo.

El cabo que mi padre solía utilizar para amarrar la embarcación cuando salíamos de vacaciones parece llamarme a gritos. Siempre ha estado ahí por un motivo. No para recordarlo a él, no. Me estaba esperando a mí para rescatarme del naufragio permanente de mi vida. Recuerdo cómo se hacía. Vamos. Empieza ya, hijo de puta. Lloro, hipando como un niño perdido mientras doy las vueltas a la soga, sentado sobre la alfombra encharcada en mi propio vómito. El suelo gira sin parar. Intento detenerlo, pero yo giro con él. Todo se mueve, las paredes se me vienen encima. Me levanto, intento mantener el equilibrio, pero resbalo con el vómito. Me golpeo la cabeza al caer al suelo, pero me reincorporo. Vuelvo a contar las vueltas. Dos, tres, cuatro, cinco, hijo de puta, enfermo, asesino…

El nudo corredizo como una corbata en mi gaznate. Una escalera, la viga que atraviesa el techo de la cocina, un pequeño impulso y quedarme colgado como un embutido mientras se cura. O eso pienso. En lugar de escuchar cómo mi cuello casca en plan rama seca, lo que se rompe es la cuerda. Siento el impacto contra el suelo. Primero el pumb, luego mi cerebro trata de asimilar lo que ha pasado y después alguien apaga la luz. Apenas puedo respirar. Todo lo que me rodea es negrura y yo me dejo llevar por ella.

 

Hoy

A juzgar por cómo entra la luz por la ventana, debe de ser la hora de comer. No sé qué coño le echan a la mierda que sirven, pero me siento atontado. Relajado. Tranquilo. De cuando en cuando siento la necesidad de huir de aquí. Me siento vigilado. Un preso a la espera de juicio… Clac. Clac. Algo en mi cabeza empieza a cuadrar como flashazos. Una nevera… Una cuerda… Una corbata de esparto… Comida por el suelo… La respiración se me acelera. Un momento, no. No. No puede ser. Ella. Sus ojos abiertos como platos que me miran sin verme. Sangre. Un nudo en la boca del estómago. Y la puerta que se abre. El enfermero de turno que me trae la bandeja. Me siento en la cama. Las rodillas flexionadas y le estudio. Es casi de mi estatura. Me sonríe y dice algo. No le escucho. Los oídos me pitan. Cierro los ojos y me llevo las manos a las sienes. Joder, joder. No. Otra vez no. Él se acerca. Da un paso. Otro. Otro. Pero ya no más. Mi boli emprende un viaje rápido y corto. De debajo de la almohada a su ojo izquierdo. De su ojo al cuello. Yo lo veo a cámara lenta, pero a él no le da tiempo a esquivarlo. Es hora de empezar a trabajar. Toca quitarle la ropa y tratar de escapar de aquí. Después, habrá que improvisar algo. Me cambio y salgo de la habitación. El pasillo es largo y la luz blanca me golpea en los ojos. Sé que las voces de mi cabeza están sonriendo. No las oigo, pero sé que están ahí. Observándome. Al acecho. Y yo, me siento solo entre los restos de un naufragio a la espera de encontrar una tabla de salvación, o una cuerda en codiciones para mandar todo a tomar por culo de una vez. Lo que primero llegue.

 

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