Reír, cantar, olvidar – @DonCorleoneLaws

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Hay veces en las que los humanos sucumbimos a nuestro propio ombliguismo y nos ahogamos en pequeños vasos de agua. Cualquier cosa se nos hace un mundo y magnificamos los problemas cotidianos como si nos encontráramos inmersos en uno de esos “realities” que pueden sacar lo peor de cada uno en cualquier momento.

Cierto es que las cosas no suelen ser tan fáciles como cuando las imaginábamos de pequeños y todos queríamos ser astronautas, médicos, bomberos, pilotos de avión o futbolistas de éxito, sin ponernos siquiera a imaginar el trabajo y el sufrimiento que hay detrás de todo eso.

La vida casi nunca es lo que esperábamos cuando nos peinaban los rizos con “Nenuco”: los amores o no son lo que creíamos, o no son realmente correspondidos y se quedan en algo puramente platónico; las profesiones no suelen realizar personalmente a casi nadie; las familias son un cúmulo de pequeñas envidias y falsas relaciones de interés que saltan cuando llega la hora de heredar; los amigos que te pueden traicionar lo acaban haciendo; los secretos no suelen ser bien guardados por quienes prometen silenciarlos; hasta las más bellas flores se agostan; todas las vacaciones se acaban; el desempleo puede terminar ahogando hasta los hogares más felices y, además, tenemos la puñetera costumbre de convertir todo aquello que podría ser una actividad de convivencia o un espacio de encuentro común en un asqueroso ring de pelea: véanse el deporte, la cultura o las más populares y ancestrales tradiciones.

Nuestro espíritu crítico e inconformista y el enorme desconocimiento que existe respecto a la historia pasada hacen que no estemos a gusto con nada, contentos con lo que conseguimos o esperanzados con lo que ha de llegar. Abunda la gente gris con grises miradas y oscuros comportamientos.

Es normal desear lo que no conocemos y criticar lo que sí, pero no solemos dar opciones positivas a todo eso que nos rodea y que -quizás- nos hace la vida más fácil, más cómoda y más llevadera sin que nos estemos dando cuenta. Nos resulta más bonito el coche del vecino, más maciza la mujer del conocido, menos estúpido el hijo del primo y mejor educado el perro que se nos cruza por la calle que el propio.

Caemos en el error de generalizar los comportamientos por géneros. Erróneamente lo sexualizamos todo y valoramos poco -muy poco- el esfuerzo que los demás hacen por aguantarnos. Quizás sea eso lo que explique que, hoy en día, un matrimonio duradero sea poco menos que objeto de homenaje. Ya nadie soporta a nadie.

Yo reconozco haberme equivocado mucho y con muchas personas: a veces para bien y en otras ocasiones para mal. Me he equivocado en muchos ámbitos. He hecho daño queriendo. He dado más de lo que debía. He confiado en gentuza. He soportado más de lo razonable. He priorizado mal. He elegido comparando muy poco. He pensado escuetamente en mí y mucho en quienes no me correspondían. Me he entregado a quien no lo merecía. He tardado demasiado en olvidar… pero cuando fui consciente de todo ello por lo menos intenté poner remedio, y si ya no lo tuvo aprendí lo que no debería volver a repetir. Asumo mis culpas y tengo el alma tranquila. Y no está mal, ¿saben? No es mala la sensación de sentirse mortal y falible. No es dramático pedir disculpas a quien las merece o reconocer los errores, porque además, al hacerlo te liberas de un peso ficticio que llevabas sobre los hombros: el de intentar ser perfecto sin poder serlo. Líbreme Dios de las perfecciones de hoy en día…

A veces hay que mirarse desnudo frente al espejo y saber reconocerse en las formas, en las cicatrices y en el paso del tiempo: mirarse con compasión, con sinceridad y sin filtros de esos con los que diariamente pretendemos “vender” una feliz imagen hueca a los demás. Mirarse sin poner posturitas falsas que oculten defectos físicos. Mirarse sin tristezas para poder reconocerse en ese reflejo solitario que es incapaz de contestarnos.

Esa imagen somos nosotros: esa con todo lo que refleja, con todo lo que nos rodea, con todo lo que somos. No hay más, y tampoco tiene por qué ser malo. Somos ese verso suelto que quizás nadie sepa rimar. Somos esa sonrisa que brota con las cosas más tontas. Somos ese genio que rebosa cuando nos tocan lo nuestro. Somos esa figura que nos analiza con la sabiduría de conocernos bien. Si fuéramos capaces de vernos con esa sencilla desnudez, también podríamos mirar de la misma manera a los demás.

Ni quiero ni necesito mantener una fuerte amistad con quienes discrepan conmigo en lo importante, pero sí que aprovecho sus puntos de vista para contrastar los míos: en ocasiones refuerzan mis tesis y otras veces me sirven para cambiar puntos de vista. Es muy humano cambiar el punto de vista: algunos deberían probar a hacerlo. No se muere en el intento.

Y si tengo que mirar al pasado lo hago sin pudor y sin miedo, procurando hacerlo para alegrarme por lo bien que estoy en el presente. Me importa una mierda que aún haya quien me odie sin conocerme: yo ya me perdoné a mí mismo en lo fundamental. Sólo quien alguna vez ya tocó fondo se puede permitir ese gusto, pero después de tanto luchar para levantarme, despertar con ánimo y lleno de esperanza es algo que me ayuda diariamente a relativizar los problemas.

Si tienen a alguien a su lado que les demuestre cariño, quiéranlo. Si poseen techo, comida y lecho, valórenlos. Si cuentan con cinco euros en el bolsillo para desayunar en la calle antes de ir a trabajar, agradézcanle ambas cosas a su propio tesón y al destino. Si conocen a amigos con los que poder llorar sinceramente, cuídenlos. Y si sostienen un buen teléfono para leer esto, ya son más privilegiados que la mitad de los habitantes del planeta. Tan poco es tan mala nuestra existencia: reflexiónenlo un poco con la almohada.

No hay nada que cure más rápidamente el ombliguismo, la angustia injustificada o el mal carácter cotidiano, que la simple visita a un hospital o a un comedor social. Ahí sí que encontrarán miradas limpias de filtros -porque nada más tienen-, dolor intenso y agradecimiento sincero -porque les sobra- y problemas reales sin postureo. Tengan coraje y háganlo: dense una vuelta por un lugar donde nadie quiere permanecer pero que debe asumir. Ahí será cuando de verdad aprendan a valorar lo que diariamente tienen.

Es casi un milagro que cada día amanezca y que volvamos a nuestras rutinas y a nuestras preocupaciones, pero relativizar la existencia, levantar la mirada hacia los demás y observar lo que nos rodea, debería hacer que, cuando veamos quienes somos y lo que hemos conseguido, sólo tengamos ganas de reír, cantar y olvidar…

 

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