Recuerdos del sur – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

El vuelo ha sido tranquilo y ahora, ya en el taxi camino al hotel, me cuesta saber cómo me siento. Hokkaido es más bonito aún de lo que imaginábamos y, nada más salir del aeropuerto, las gotas de lluvia me han dado la bienvenida con su suave caricia. Huele bien, fresco. Aunque he de reconocer que hace más frío del que esperaba. Te habría encantado.

El taxista se empeña en hablarme, a pesar de saber que desconozco su idioma. No me importa, mi mente está ocupada en memorizar cada cosa que mis curiosos ojos observan como si en algún momento pudiese contártelo.

No sé qué hago aquí. Quizá debí hacer caso a todos los que me dijeron que hacer este viaje, sin ti, encabezaría para siempre la lista de locuras de mi vida. No quiero llorar, así que abro la ventanilla con la ligera esperanza de que el frío congele mis lágrimas antes siquiera de empezar a salir.

Hemos llegado. El taxista charlatán me acompaña a recepción para ayudarme a instalarme y, no sé por qué razón, le abrazo antes de marcharse.

Por fin, sola.

La habitación es preciosa, tal y como soñamos, decorada de una manera tan sencilla que resulta perfecta y desde la terraza se ve el lago. Sublime.

Deshago la maleta, siguiendo nuestra rutina de los cajones pares para ti y para mí los impares, sonriendo al recordar la naturalidad con la que acabábamos haciéndolo en cada viaje. Te echo de menos.

Siguiendo nuestro orden pido la cena y, tras hacerlo, me dirijo a darme una ducha mientras pienso en que el único orden real que existía en nuestras vidas era el de nuestros viajes.

Tras la ducha y la cena siempre salíamos a dar un pequeño paseo alrededor del hotel y el frío me cala hasta los huesos en este paseo, en el que la única compañía que tengo es la de tu ausencia. Te quiero.

Llueve con fuerza, no me sorprendo, y, pese al frío, me descalzo para, de nuevo, seguir con nuestra tonta tradición de bailar descalzas bajo la lluvia. Por eso, siempre viajábamos en invierno. Y bailo, sin música ni consuelo, hasta caer derrotada y seca por dentro por tanta lágrima derramada en el suelo.

No sé qué hacer, esto es nuevo. Tras andar descalzas volvíamos sonriendo a la habitación donde cada una, en su respectiva cama, se dejaba seducir por el sueño.
Pero, hoy, todo es asquerosamente diferente. Me levanto, sabiendo donde voy, pero sin querer ir realmente y, antes de darme cuenta, mi ropa mojada ya está decorando el suelo frente a la que sería tu cama. Siempre, la de la derecha.
Por inercia, mi mano busca en mi maleta algo tuyo que ha viajado conmigo y se aferra con fuerza al frío objeto que aprisiona mi puño.

Ya en la cama, me atrevo a abrir la mano y a acariciar tu brújula con el dedo índice. Nunca te separabas de ella, aunque jamás la usaste para guiarte.

Sonrío, es inevitable, recordando el día en el que encontré la brújula en una pequeña tienda de Nueva Orleans y decidí regalártela, sin pensar ni un instante que era un regalo impropio para alguien que adoraba perderse.
Sorprendentemente, te encantó y desde aquel día ella te acompañaba incluso más que yo.

No sé cómo funciona, nunca me enseñaste, pero estando sola en la habitación de esta ciudad que tanto deseaste visitar me siento tan vacía que necesito encontrarme.
La muevo buscando respuestas y ella tan solo es capaz de responder apuntando con sus agujas al norte. La miro, embobada, dándome cuenta, nueve años después, que esta brújula fue el mejor regalo que pude hacerte. Al fin y al cabo, tú siempre decías que el corazón también tenía puntos cardinales.

Recuerdo ese día, jamás lo olvidaré. La cafetería de París estaba vacía y entre tu café y mi café estaba la brújula.
Te miré sonriendo y en tono burlón te dije que me arrepentía de regalártela porque jamás te separabas de ella y tú, más burlona que yo, me contestaste que siempre se me dio fatal elegir los regalos. Y así, entre risas y confesiones de amigas, el segundo café dio paso a elegir la cena y las copas de después y con ellas las teorías disparatadas sobre cómo funciona el mundo.

Esa noche, de invierno como siempre, me contaste entre sorbo y sorbo que creías que el corazón era una brújula cuyos puntos cardinales guiaban nuestras decisiones y, por lo tanto, nuestra vida.

Así, según tu teoría, del norte nos llegaba el amor en cualquiera de sus formas. Por allí, los latidos bombeaban por todo nuestro cuerpo cada caricia y beso recibido, cada abrazo reconfortante o cada sonrisa provocada por el más noble de los sentimientos.
El este, era el punto cardinal de la tristeza y, cuando las agujas del corazón apuntaban hacia él, todo parecía tan difícil como encontrar una brújula que no señale siempre al norte.
Los recuerdos, del sur. Estabas convencida de que una dulce brisa enviaba desde allí todos esos momentos que hacían que lo malo se tornase bueno; y del oeste era por donde creías que llegaba el dolor para intentar obligar, con llanto y rabia, a rendirse al corazón.

Cuatro puntos cardinales, cuatro sentimientos, y entre ellos otros tantos matices que hacen todo lo relacionado con el corazón algo infinitamente más complejo.

Cuando terminaste de hablar, se hizo el silencio y tu mano sujetaba la brújula exactamente del mismo modo que lo hacía yo ahora, sobre la palma de la mano derecha y con su cadena enredada en el dedo corazón.

Tres años después de esa noche, te marchaste. Para siempre.

Durante más de un año luchaste contra esa maldita enfermedad que te estaba devorando por dentro y tu brújula en forma de corazón se debilitaba, poco a poco, en las batallas diarias entre sus puntos cardinales hasta, finalmente, apagarse.

Al hacerlo, tu muerte generó en el mío una guerra, que aún perdura, en la que el amor de nuestra amistad se alimenta de recuerdos y se defiende, como puede, de la tristeza de no tenerte y el dolor de saber que no voy a poder volver a abrazarte.

Sigo sin saber si hacer este viaje, sin ti, ha sido una locura o la mejor decisión posible. No sé qué pensar. Pero ahora, que las lágrimas me acompañarán hasta quedarme dormida, solo soy capaz de apretar con fuerza tu brújula sobre el lado izquierdo de mi pecho.

Justo ahí, donde mi corazón late bajo un tatuaje réplica de tu brújula y con una cadena, cuyos eslabones son tu nombre y el mío.

 

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