Recogiendo los frutos – @dtrejoz

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De niños solíamos correr al río a media tarde, luego de la escuela y los deberes. En los partidillos de futbol del barrio siempre alineábamos en el mismo bando, por alguna razón desde que tengo memoria, siempre estábamos Fer y yo en el mismo camino, siempre a la misma hora, siempre en el mismo juego. En la escuela aprovechábamos el recreo para jugar canicas en los caños, se trataba de seguir la canica que el otro lanzaba por un recorrido alrededor de la escuelita, haciéndolas rodar por el caño que servía de evacuación para el agua de lluvia, pero en Barranca casi siempre era verano.

Las tardes de comer guindas eran sublimes. Trepábamos por las ramas de alguno de esos árboles de frutitas verdes y redondas y nos dábamos un manjar, era comer hasta reventar de llenos, y mientras lo hacíamos se nos sumaban otros chavalos del barrio, a veces “waly”, a veces los “zanates” quienes eran los hijos del señor que dirigía un pequeño tranvía que circulaba por las vías del tren que iban a Puntarenas, y si no llegaba nadie, nos teníamos el uno al otro para jugar, para ayudarnos, para compartir los ratos, las tardes, los días… Fernando era más que un amigo. Era un aliado de vida.

¡Imaginen las charlas que podíamos entablar a los ocho años! Un par de mocosos viviendo lento, creciendo de a poco, sembrando sueños…

Cuando nos dimos cuenta teníamos 18 años y ya era 1993. Un visor llegó a ver un partido de juveniles a nuestra natal Barranca. Se jugaba una cuadrangular entre los equipos de Esparza, Las playitas, El Cahuín y nuestro equipo, el Barranca FC.

Recuerdo que los partidos contra El Cahuín eran clásicos, era ganar o ganar, porque aunque los vecinos nos perdonarían cualquier derrota, para nosotros era imperdonable perder contra ellos. Ese día jugábamos la final y la estábamos perdiendo, el uno a cero del primer minuto de partido se nos hacía grande y pesado. Corría el minuto 86. Fer recuperó una bola cerca de la media cancha y avanzó, hizo una pared con Michael, el menor de los zanates y siguió unos cinco metros más. Yo seguía la jugada por inercia, el fútbol no estaba ese día de mi lado. En el primer tiempo había estrellado un cabezazo en el horizontal, y más tarde, a la salida de un corner, el porterito de El Cahuín había embolsado un rematito sin potencia que había logrado enderezar al área. Unos minutos antes, el defensa izquierdo de El Cahuín había salido lesionado, y el jugador que ahora ocupaba esa banda no era defensa nato, recuerdo que Fer se me acercó y me dijo: “Baggio… aprovecha eso, ese no es defensa izquierdo, sácale ventaja”

Sí. Me decían Roberto Baggio. Yo admiraba al fugaz ídolo Italiano, me había dejado crecer el pelo y me hacía una cola de caballo al mejor estilo de Baggio…ese era mi sobrenombre, mi insignia, mi capa de superhéroe.

Les decía que afuera había un visor, andaba reclutando talentos para la selección de Puntarenas que asistiría a los juegos nacionales de Santa Cruz 1994, pero en ese momento no lo sabíamos. En fin. Fer giró sobre su eje con la velocidad de una serpentina. El lateral derecho y el mediocentro que lo perseguían pasaron de lejos, cuando quebraba así, a media carrera, era imposible detenerse. El central de la derecha le salió al encuentro. En el rostro se le veía la furia y desesperación, era un partido de dientes apretados, de ponerse el cuchillo entre los dientes y no soltarse del bejuco, pero Fernando nunca supo de esas cosas, el tipo siempre sonreía, se divertía él y nos divertía a todos, jamás se salió de control, jamás lo vi fuera de sus casillas cuando se trataba de jugar futbol. Lo demás fue un descaro. Regateó al central con una faena de lujo, sin despeinarse, y cuando le salía el otro ya había levantado la cabeza y me había visto, pero jamás entendió lo que yo le decía…yo no quería el balón, no tenía confianza, quería que tirara él y que anotara. Con una sutileza digna de un crack cruzó de derecha por encima del área para dejarme un paso adelante del defensa izquierdo, solo tuve que correr en dirección al marco a mi cita con el heroísmo. El tiempo se detuvo. A mi espalda sentí al pequeño zaguero quedarse rezagado. El central de la izquierda sin oportunidad de cerrar, el porterito emprendiendo una carrera para intentar achicar. El balón estaba en mi derecha. Seré honesto: cerré los ojos y tiré. Mi derechazo no fue contundente, pero para mi fortuna salió rastrerito, quemando el pasto, y fue a colarse a la base del poste derecho. Golazo…empate en minutos finales del partido y la motivación de nuestra parte para la tanda de penales. También me tocó patear el cuarto penal, Fer tiró el quinto y ganamos el partido, una bonita tarde de futbol para recordar.

Luego se nos acercó el cazatalentos, llegó al camerino y le pidió los datos a Michael y a Fer, y fueron parte del equipo que fue a jugar los Juegos Nacionales de Santa Cruz 1994. Yo no fui invitado.

Ese año, Puntarenas llegó a la final del futbol en los Juegos Nacionales, precisamente contra los locales, el equipo de Santa Cruz. Nunca antes Puntarenas había logrado llegar a la final y nunca después lo ha logrado. Santa Cruz ganó uno a cero ese partido, y siempre me he preguntado que pudo haber pasado si yo hubiera jugado ese partido, si yo hubiera estado en esa final, si Fer me hubiera visto como lo hizo en tantos partidos que jugamos juntos, cuando con sus asistencias me ponía de cara al gol, porque yo comprendía que el genio era él, pero nuestra amistad, los lazos invisibles que nos unían y el estrecho vínculo que se había formado entre nosotros era parte de una motivación que nos hacía ser más fuertes cuando estábamos juntos, no habían imposibles cuando nos veíamos el uno al otro, porque vernos en la cancha era sentirnos acuerpados, era una sensación de invencibilidad que Fer no tuvo en la final de Santa Cruz, estoy seguro que buscó mi rostro al otro lado del área muchas veces, pero yo no estaba ahí.

– Pero yo no estaba ahí.

Luego me fui a vivir al área metropolitana, al valle central de Costa Rica, y todo lo que tenía en Barranca se quedó ahí. Ahí se quedó Fer. De cuando en cuando escuchaba rumores de que estaba a punto de entrenar con el Puntarenas FC de la primera división, pero que había empezado a frecuentar personas que no eran de muy buenas costumbres, lo que se conoce como “malas amistades”, y cada vez eran más frecuentes las malas noticias que recibía sobre Fer, y cada vez eran menos los sueños que sembraba.

Lamento mucho todo lo que sucedió con Fer. Se enredó en la venta de drogas, y pronto también con una banda de robacarros, su expediente empezó a engordar, entradas y salidas relámpago de prisión lo hicieron cliente frecuente de las comisarías, hasta que un día, hace un par de años, fue hallado culpable de asesinato en segundo grado en un asalto cometido en el parqueo de un hotel en la playa de Puntarenas.

La semana pasada tuve contacto con Fer, vía telefónica, me dolió escucharlo, porque en pocas palabras me demostró que es alguien muy distinto a quien yo conocí, no externa ni el menor remordimiento por el mal que hizo, ni demuestra el menor arrepentimiento, por lo que tampoco creo que vayan a dejarlo salir de prisión en un largo tiempo. Posiblemente se encuentre recogiendo los frutos de lo que sembró en esos años de libertinaje, pero tampoco olvidaré todo lo bueno que hicimos juntos, porque quizás sea ahora cuando más necesita de un amigo, y porque seguro, todo esto que se nos viene encima, sea el partido más importante de nuestras vidas, y ésta vez, quiero que cuando levante la cara para buscar con quien jugar, pueda verme del otro lado del área, del otro lado de la celda, del mismo lado de su sueño.

– Tal vez es hora de sembrar.

 

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