Rareza – @Moab__ + @Imposibleolvido

Moab @Imposibleolvido, @Moab__, krakens y sirenas, Perspectivas

Había entrado hacía tan sólo quince minutos y ya se sentía como en casa. El lujo excéntrico siempre había sido su terreno y allí había piezas dignas de decorar las vitrinas de algún museo. Nada de lámparas de Tiffany ni cristales de Bohemia. En una vitrina, donde cualquier ricachón habría expuesto su cristalería, había tres copas. Las tres con el característico color ennegrecido de la plata pura y una extraña pátina color cobre que, por suerte, se quitaba al rascar. Los libros de las estanterías, todos primeras ediciones encuadernadas en piel. Los candelabros, los más originales que había visto en su vida, no estaban hechos de metal, sino de lapislázuli, turquesa y obsidiana. Y eso era sólo la primera estancia. Salió al pasillo y allí se quedó sin respiración. Las paredes estaban cubiertas de espejos de todos los tamaños, formas y materiales. Avanzó lentamente, mirando a cada lado, viéndose a sí misma en todas partes. Sintió un escalofrío. Era como si las paredes estuvieran pendientes de sus movimientos. “No seas gilipollas, anda. Cada uno de estos espejos, vale una pequeña fortuna” se dijo. Se acercó un poco a examinar uno de ellos. Una rareza (como todo lo que había visto hasta ahora ahí dentro) de unos sesenta centímetros de alto, fabricado en madera de caoba taraceada. El cristal, no era cristal sino plata pulida. “Me voy a hacer de oro” pensó. Se fijó un poco más en el marco. No tenía ni una mota de polvo. Era extraño, porque le constaba que la casa llevaba vacía casi tres años. Volvió atrás y se fijó bien en todos los muebles. Nada, limpio como una patena salvo las tres copas ennegrecidas. “Qué extraño”.
Y todo fruto de la casualidad, que el dueño de la biblioteca central donde trabajaba la hubiera nombrado heredera universal y ella se hubiese enterado a los tres años del fallecimiento de aquel anciano caballero aún le parecía algo extraño.
Como la forma en que fue seleccionada en su día para aquel empleo, recién salida de la universidad y sin experiencia alguna, pasó la entrevista sentada en el banco de un parque del centro. Ella había parado allí a descansar mientras su perro corretaba no muy lejos. El anciano caballero inició una charla con ella sobre el clima, sobre los parques y zonas verdes que había por la ciudad y sobre libros. Ahora con el paso del tiempo, ella intuía que aquella conversación ya estaba más que pensada por aquel señor, la maestría con la que la llevo a hablar sobre literatura, sobre sus escritores favoritos, sobre los libros que tenía… Ahora parece que aquella charla fue algo más que una casualidad, al despedirse de él ya lo hizo con un nuevo empleo y una misión que aún no sabía a ciencia cierta en lo que consistía.
Aún temblaba al recordar el texto de la carta cerrada que le entregó el notario en mano al leer el testamento junto con las llaves de aquella mansión.

“Todo esto es tuyo, pero no lo es. Disfrútalo, vívelo, cuídalo, dalo a conocer o escóndelo del mundo si así lo deseas, pero jamás, nunca, vendas nada. En esa casa puedes ser feliz, pero si cualquier artículo traspasa el dintel, no encontrarás jamás la paz”.

Las palabras eran algo crípticas y contradictorias. ¿Todo era suyo, pero no podía venderlo? ¿Quién se lo iba a impedir? Estaba segura de que sólo había querido asustarla. Un viejo aferrado a recuerdos pasados de moda que quería saberlos en buenas manos dentro del hogar familiar. Aún así… brrrrr. Qué manera de expresarlo, joder. “Nunca encontrarás la paz”. Joder.
Había valorado vender la casa entera con todo lo que tenía dentro, pero al entrar y admirar las antigüedades que allí se escondían, pensó que podía sacar más beneficio vendiéndolo por partes y a tomar por culo la advertencia. Total, la carta estaba sellada y sólo la había leído ella, así que era imposible que algún notario, abogado o similar chupatintas viniera a pedirle explicaciones.
Volvió al pasillo de los espejos y siguió adelante. Fue abriendo las puertas que iba encontrándose una por una y rara era la vez que no se le escapa un silbido de admiración. Había artículos que debían tener más de quinientos años. En una de las habitaciones, encontró una muñeca de porcelana cuyos ojos eran dos zafiros del tamaño de un huevo de codorniz cada uno. Le daba un poco de mal rollo, así que sería lo primero que vendería.
Al llegar al final del pasillo, abrir la última puerta y encender la luz, lanzó una exclamación. En el centro de la estancia había una gran cama con dosel cuyas largas patas llegaban hasta el alto techo. Las sábanas eran de (agarró un pliegue entre dos dedos) ¿jamete? ¿quién malgasta semejante material en ropa de cama? ¿no se dice en las leyendas que es la tela que envuelve el Santo Grial? Joder, qué exceso. Y en perfecto estado, como todo en la casa. Colgado sobre la almohada y con un tamaño de casi dos metros de alto, había un retrato. No el del anciano caballero al que ya conocía, sino el de una mujer joven, de pelo rojo y ojos verdes, la cual la observaba con una mirada que se le antojaba maliciosa en extremo. Entre sus dedos podía ver claramente una de las tres copas de plata que había en el salón principal.
Un ruido tras la puerta de roble en una de las paredes captó su atención. Concentró todos sus sentidos, estática y con el pulso retumbándole en el pecho. Sí, había oído una especie de pasos que se alejaban. Rápidamente abrió aquella puerta que parecía la de un vestidor y, efectivamente, habían, perfectamente colgadas, decenas de prendas de lindos brocados y sedas, plumas, tafetán, incluso pieles, pero estaba en lo cierto, alguien o algo había estado allí. Una de las blusas aún bailaba lentamente bajo el colgador, como si en la huída, la hubiesen movido sin querer. Apartó la ropa con cuidado y su sorpresa fue aún mayor. Cajas de zapatos amontonadas a los lados de lo que parecía un ancho corredor, un pequeño diván apoyado en la pared de la izquierda frente a un gran espejo de color cobrizo. Miró hacia arriba y de nuevo la certeza. El cordel metálico que bajaba desde la lámpara del techo se balanceaba…
Por un instante se quedó paralizada, no sabía si debía avanzar por aquel pasillo oscuro o era mejor dar media vuelta y volver acompañada.
De nuevo una especie de susurro sordo hizo erizar el vello de su espalda y sus brazos. Allí había alguien escondido.
“Oh, a la mierda” pensó. Salió rápidamente del corredor, cerró la puerta y, sin apartar la lujosa ropa siquiera, empotró una barroca cómoda contra ella para que lo que hubiera al otro lado no pudiera salir. “Volveré acompañada, pero no pienso irme de vacío”.
—¡Así te pudras ahí dentro! —le gritó a lo que fuera que hubiera al otro lado.
Eufórica, volvió su mirada hacia el retrato del cabecero y, desafiante, le hizo un infantil corte de mangas antes de salir del cuarto y empezar a arrasar con todo lo de valor que fue encontrando por el camino que pudiera cargar ella sola, empezando por la muñeca horrible siguiendo por un por un par de pequeños espejos de plata del pasillo y acabando por el juego de copas del salón. Abrió la puerta como pudo, salió a la calle con todas aquellas rarezas en los brazos y entonces recordó las sábanas. “No puedo dejarlas ahí, cuestan un pastón”. Miró hacia atrás, y dudó. No quería volver a entrar sin saber quién o qué había ahí dentro. “Vamos, Ana, está encerrado, joder. Esas sábanas son, probablemente, lo más raro de toda la casa. Entras, pegas un tirón y vuelves a salir”. Dejó en el suelo con cuidado todo lo que había cogido y volvió atrás a la carrera. Atravesó a toda prisa el pasillo de los espejos donde ahora se veían un par de huecos, como en la dentadura de un anciano, llegó a la habitación, agarró con ambas manos las sábanas y tiró con fuerza.
De repente oyó una puerta cerrarse y después otra y otra. Los espejos golpeaban la pared por la fuerza de los portazos. Dio la vuelta para salir de la habitación con el corazón latiéndole como un redoble de tambor en el pecho y entonces, la puerta se cerró golpeándola con fuerza en la cara. Cayó al suelo, aturdida y enredada en las carísimas sábanas, que se empaparon con la sangre de su cara.
Trató de levantarse, tambaleante. La nariz le chorreaba y le lloraban los ojos. Levantó la cabeza y, a través de las lágrimas, vio una forma humana de pie sobre la cama que hacía un sólo segundo estaba vacía. Se frotó la cara, cubriéndola más de sangre, pero ésta no desapareció. Parpadeó y, durante un instante pudo verla con claridad. Era la mujer del retrato. El lienzo se alzaba vacío sobre la almohada y ahí delante, en todo su esplendor, la mujer pelirroja de pie sobre el colchón sonreía con maldad. Lanzó una carcajada que le heló la sangre en las venas, alzó los brazos y aulló como una banshee reventándole los tímpanos. Las sábanas cobraron vida y se le enredaron en el cuello, y los brazos. Sintió que el cuerpo se le elevaba por el aire hasta quedar sobre la cama. La tela se ató a los postes, quedando así, crucificada ante aquella mujer salida del infierno.
Con un golpe sordo, la puerta del armario empotrado quedó abierta de par en par y ella no podía apartar la vista del fondo de aquel par de ojos que la miraban bajo un ceño fruncido. ¿Cómo era posible? ¿Acaso no había muerto? El anciano tenía la piel casi traslúcida y el ralo cabello cano de su coronilla ondeaba en el aire como intentando buscar su sitio.
La mujer de la cabellera roja empezó a murmurar en algún extraño idioma que ella no alcanzaba a distinguir y, al tiempo que lo hacía, iba acercándose a los pies de la cama. Las ataduras de los brazos se hundieron más en la piel y notó el vómito en la garganta. Terror absoluto. ¿Qué estaba pasando?, ¿Por qué? Las preguntas se arremolinaban desordenadas y sin sentido en su cabeza, y cuando quiso chillar ni siquiera la voz acudió en su ayuda. Ella alargó un blanco dedo de larga uña roja. En su otra mano, por arte de magia, apareció una de las tres deslucidas copas. Deslizó el dedo sobre su vientre y éste se abrió cual flor dándole la bienvenida a la luz del sol, derramando así sus intestinos sobre la cama y la sangre dentro de la copa. Medio inconsciente, sintió una mano en su pelo que la acariciaba casi con ternura y unos labios susurrándole al oído:
“Te dije que nunca sacaras ninguna rareza más allá de la puerta de esta casa”.

 

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