Rareza – @asier_triguero

Asier Triguero @asier_triguero, krakens y sirenas, Perspectivas

Hoy es un día más; han tenido lugar suficientes situaciones como para llenar la bolsa reutilizable de un día de labor. Nada bueno, tampoco muy malo. Nada que destacar. Dejemos a un lado esos lemas de taza de café que dicen cosas horripilantes como “que el día sea estupendo sólo depende de ti” o que “los días aburridos nos hacen valorar más los que son divertidos”. Banalidades de ese estilo abocan al crédulo al diván de un psiquiatra. La mayor parte de los días son repetitivos; cuando antes lo aceptes más feliz serás y mejor te sentirás contigo mismo. Los días pasan. Las personas caminan sumidas en la rutina y a mí me gusta observar la función al mismo tiempo que soy parte de ella. Llámame raro. 

Suena el despertador a las 6:21, me levanto a las 6:37. En una día de labor cualquiera utilizo cuatro tipos de transporte: dos públicos y dos privados. De mi casa a donde aparco el coche voy en metro, conduzco hasta el lugar donde estaciono el vehículo de empresa y de allí, voy a donde me indique la ruta semanal. A diferencia de otros, trabajo en los pueblos y vivo en la ciudad; me gusta eso, es otra de mis rarezas. Hay veces que me paso horas en un lugar en el que sólo veo vacas u ovejas y en el que de vez en cuando, un señor con boina me saluda. Cuando regreso, después de ocho horas y cien kilómetros repletos de trinar de pájaros, rumor de ríos y rebuznos ovinos, la simple espera a que un semáforo se ponga verde para cruzar el paso de cebra rodeado de cientos de personas que rezuman tecnología, prisa, aislamiento y oficina, genera en mí un placentero sentimiento de anonimato, de mezcla. 

Voy a confesar otra de mis rarezas. Los días de labor como en bares de menú barato y casero. Salas añejas; mesas para uno. Son lugares donde la dueña te dice lo que hay sin cartas sobre la mesa. Son casas que acogen a un puñado de hombres solos que, ataviados con el mono de trabajo, comen en riguroso silencio. En esos sitios me siento bien porque parece que no es necesario dar explicaciones y además, de vez en cuando, la camarera te pregunta qué tal te ha ido el día. 

Para volver de donde aparco mi coche particular a casa utilizo el autobús. Me gusta porque la gente saluda al conductor al subirse, porque tienes que pararle con la mano como si fuese un taxi gigante y también porque he visto esperar a muchos conductores a que sofocados pasajeros lleguen a la carrera hasta la puerta de la cabina; eso no lo hace la vida. Durante el viaje la gente se queja del tiempo, de la política y del trabajo, da de merendar a sus hijos y avisa que ya está llegando.

Siempre paro el mismo bus sobre la misma hora y siempre, una parada antes que la mía, se monta un chico que aprovecha hasta el último segundo para besar efusivamente a su novia que, oh tragedia, no se sube con él. Cuando ya se ha regenerado el magma de los viajeros y el aire se ha tornado una pizca más respirable, el chofer reanuda la marcha. Mientras todo eso sucede, el chico y la chica se lanzan besos y saludos a razón de mil por segundo hasta que se pierden de vista. Esto ocurre todos los días, por muy malos tiempos que corran en general para la sociedad; cuantas guerras, accidentes, atentados y terremotos hayan tenido lugar en el planeta, el chico y la chica representan la misma escena. 

El pasado lunes, martes y miércoles no les vi en la parada. El jueves sí. Se despidieron con un modesto beso y no hubo más muestras de amor. Tal cosa me dio que pensar. 

Te voy a contar la última rareza: me alegré por ellos, se les veía mucho más relajados. El gesto sincero y convencido de ambos dejaba a la vista la naturalidad con la que se querían.  

 

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