Quién nos lo iba a decir – @PoetaImpostor + @JokersMayCry

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Ahí fuera, la noche se me antoja el negro bostezo de lo incomprensible; aquí dentro, dentro de mí, dentro de esta puta cabeza desquiciada llena de recuerdos que se rompe con el tic tac de un reloj, está todo el miedo que podría habitar en mis grietas en forma de rayo. Me vacío de suspiros que dejan hueco al dolor, a demonios que abrazan cada uno de mis oscuros latidos entonando un réquiem por algo que creí inmortal. A ciertas horas del insomnio, uno comienza a comprender el suicidio.

Otra vez me encuentro escribiendo una madrugada fría y gris que hace imposible conciliar los sueños, incluso los feos. Su peor versión parece estar fuera de mi alcance por más que alzo los brazos al oscuro vacío del techo que, a la distancia, se ríe a carcajadas de mí. Puedo morir, pero no soñar. Estoy completamente seguro de ello cuando el reloj marca exactamente las dos con once minutos. Puedo llorar sobre la almohada, incluso pensar seriamente en beber todo ese frasco blanco en la repisa que se supone está fuera del alcance de los niños. Me siento triste, frágil y, claramente, como un niño. Entonces, ¿por qué yo sí la tengo a mi alcance? Insomnios y pastillas. Un día acabaré mezclando todo. Un día terminaré por ingerirlo todo.

Otra vez me fustigo con las líneas que se tuercen hacia los imposibles que no dejo de desear. De nuevo me rindo ante el reflejo de las palabras que nunca me he dicho frente al espejo, me derrumbo ante esa esta realidad imposible, dejando besos cicatrizados en la boca de una botella casi acabada que está más llena que yo, viendo crecer las espinas que le salen a la líneas, tachando mientras se me borra la sonrisa, tropezando en la caída hacia el silencio que hay tras la derrota de las palabras que escribo, midiendo el tiempo por las colillas que hay en el cenicero, viendo al amor ahorcado en el humo y a la musa con sonrisa de guadaña bailando con el miedo.

No sé quién es el del problema. A este punto sólo deseo borrar un poco. Depura. Me repito a mí mismo. Es por tu bien. Intento convencerme, aunque no esté funcionando. Puede que solamente esté demorando la acción: soy una versión abnegada de ese tal yo que se mira borroso y sumido en depresión a la distancia. He perdido mi luz. He dejado ir las ganas de todo. Ahora todo me parece tan simple, tan común y tan ordinario. Ahora todo lo que un día amé se ha ido disolviendo con los días, con el tiempo, sin darme cuenta. Mis pasiones, mis ganas hasta mis ganas de algún día verte se han disuelto. Y las busco. Claro que sí. Intento recuperarlas en esos viejos vinilos que solía reproducir por las tardes con la ventana abierta mientras soñaba con alcanzar todo lo que siempre quise. Siempre anhelé tener alguien a quien dedicar “Yellow” de Coldplay y recibir una sonrisa a cambio. Siempre soñé interpretar mis canciones favoritas en guitarra eléctrica y moverme como Jimi Hendrix o simplemente deslizar los dedos sobre el diapasón de palo de rosa como lo hacía Frusciante sobre su vieja Stratocaster del 68.

Esas ganas ahora descansan en paz.

Deliro con lo que me lapida, con ese fatal romanticismo de ver tu nombre junto al mío tallado en mármol negro, con ese amor inmortal en peligro de extinción. El primer amor es un cadáver del que no nos sabemos deshacer. Te recuerdo y sé que es regar con llanto las flores para que agonicen más, pero no tengo valor para arrancar los pétalos y quedarme con el esqueleto de la belleza. Te callo, te callo hasta hacerme daño por dentro, y temo que acabes siendo más silencio que olvido.

Ahora le sonrío a la silueta de un recuerdo. De mi propio recuerdo. Todo se perdió entre la bruma de un mal día. Todo lo escrito es lo que de alguna manera me duele. Le prometí a mis letras que un día saldrían a conocer el mundo en forma de poesía y canciones. No sé de qué manera explicar que he usado material reciclable para escribir toda una sarta de emociones de las que ahora mismo dudo. No sé cómo disculparme porque, si un día salen, será porque vuelven a su estado original, a ser polvo sobre la tierra de la cual emerge un epitafio: “Aquí también se amó alguna vez”, y lo verán como algo poético, aunque desde aquí… me estoy rompiendo las cuerdas vocales pidiendo ayuda, pero nunca supe qué era la soledad hasta esta noche, porque recordaré este preciso momento en el que te llamé y no respondiste, en el que abrí mi corazón y yo no te latía, en el que te tendí la mano y sólo encontré el eco de un adiós flotando en el aire, en el que te escribí y no me leías. Este es el momento que bautizaré con lágrimas malditas con el título:

“Y no estabas”.

Y enciendo la luz, transpirado, y a punto de entrar en una crisis nerviosa. He conseguido focos amarillos que regalen un poco de calidez a tanta pena, pero hoy tampoco funciona. Hace un frío horrible que cala mis huesos y sacude mis cimientos. Sismo de grado 8. Todo se mueve. Todo se derrumba. Hijo de puta de Richter. Todo lo que parecía familiar, pese a tanta tristeza, ahora desaparece en instantes y en un abrir y cerrar de ojos: estoy horrorizado. ¿Y si me arrepiento? No quiero decir adiós. Quizá aún es muy pronto.

Aunque tampoco es como que tenga mucho por lo que seguir. Cállate, idiota. El dolor es real. Es la vida la que me duele porque sigue su curso, sin esperarme, sin darme chance a poner el freno de mano e ir un poco más lento, porque fue la vida quien me arrebató mis primeros años y me ha obligado a mentir para que no me pese tanto el tiempo perdido. ¿Quién me iba a decir que había un dolor tan lento para una vida que no deja de acelerar?

 

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