Querido Santa Claus – @AllOfMe39

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«Querido Santa Claus».

Así dicen que comienzan un montón de ilusiones y sueños. En ese momento de la vida en que vives y te expresas con la sinceridad que otorga la inexperiencia. La infancia.

Supongo que crecemos sin saber valorar dichas ilusiones y sueños. Que dejamos de creer en la magia y nos olvidamos de las cosas que realmente importan. Sí, nos olvidamos, pues tal vez cuando somos pequeños y carecemos de maldad es cuando más puros y reales somos.

Con los años aprendemos a ejercer la mentira y a disfrazarnos con hipocresía y condescendencia. Pero ¿quién no añora la infancia en algún momento?

Yo sí, continuamente. De hecho, suelo usar mi infancia como vía de escape cuando la realidad me puede.

Me escapo a esas tardes de fútbol con los amigos en el parque, al olor del chocolate caliente con churros que merendaba con mis padres, a los cuentos de mi abuela y los abrazos inesperados de mi hermana. Huyo a los momentos en los que la felicidad me invade y se aferra fuerte en mi pecho, empeñándose en ser uno de esos recuerdos que no se dejan empañar por el tiempo. Me veo a mí mismo sonriendo despreocupado, sin saber lo doloroso de un futuro siempre tan incierto como desconocido.

Por aquel entonces ni siquiera sabía qué quería estudiar, a qué quería dedicarme o dónde me gustaría vivir. Mis días transcurrían con la única preocupación de marcar goles, no llegar tarde a clase o conseguir la canica más bonita de todas para regalársela a Noelia y ver cómo iluminaba con la sonrisa su cara llena de pecas.

Siempre fui un travieso, de esos picarones que se atreven a todo y siempre sabe evitar ser cazado o tener a quien echar las culpas. Solía dárseme bien todo aquello en lo que realmente dejaba mi alma y me daba cuenta que, para conseguir algo, has de hacer las cosas, sobre todo, con el corazón. Eso lo fui aprendiendo a medida que crecía, pero no por ello todo eran buenos resultados. Muchas veces, actuar con el corazón me llevaba a situaciones de deseperación o encrucijadas en las que, por no herir a nadie que me importara, acababa hiriéndome a mí mismo.

Mas, por muy difíciles que fueran las cosas, siempre llegaba la Navidad y se convertía en una época para soñar. Los mayores se volvían pequeños durante estas fechas y se llenaban o contagiaban de una ilusión tan escasa como necesaria. Recuerdo que mi madre adoraba estas fechas porque, cuando era pequeña, al ser tantos hemanos, era el único momento del año en que la casa se llenaba de regalos para todos. Decoraban el árbol y disfrutaban de manjares poco habituales para ellos. Todo se impregnaba de ese sentimiento que unificaba a las personas y sus corazones.

Mi padre, sin embargo, vivía esta época de otra forma, sin tanto entusiasmo; pero, cuando tienes a tus hijos pequeños llenos de ilusión y alegría, te contagias automáticamente de ese sentimiento y terminas disfrutando incluso más.

Y, al final, lo único que siempre queremos todos es ser felices.

¿Y qué mejor para ser feliz que alcanzar tus sueños?

Así que este año me he propuesto ser simple, aunque lo que pida sea algo tan complejo:

Querido Santa Claus, esta es la última vez que te escribo. Lo único que quiero es seguir siendo tan feliz como lo soy ahora mismo.

Y así, feliz, me voy a la cama con la ilusión y la sonrisa del niño que siempre prometo que jamás dejará de habitar en mí.

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