Quémalo y no mires atrás – @IAlterego84

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Los callejones de esta mente humana han sido irradiados con uranio,
lo que me hace a ojos de los demás un extraño.

ElPhomega

Su perfil de Tinder no podía ser más explícito. Brenda Dominatrix, Serás Mío. Y como colofón unas fotos que quitaban el hipo. ¿Cómo no entrarla? No tenía ni idea de lo que era eso del BDSM, pero valía la pena arriesgarse. Un par de consultas en ForoCoches y Wikipedia, y listo para una sesión de bondage, sumisión y lo que me pusieran por delante. La vida está para vivirla, una venérea se cura y que a uno le quiten lo bailao.

Enciendo un cigarro, apoyado en la estatua del Oso y el Madroño. Un grupo de japoneses me toca los huevos con que me quite, que quieren hacerse una foto. Paso de ellos. Calada. Ya es la hora, y no la veo por ningún lado. Me siento gilipollas. Una voz en mi interior me dice, ¿ves?, ya te lo había dicho yo. Nueva mira a mi alrededor, pero nada. Escupo y pienso en largarme.

Pero entonces me suena el móvil. Es ella. Nervios. Tensión. Boca seca. Me dice que está en la Gran Vía, a la altura del McDonald´s, que no ha tenido tiempo de pasarse por su casa y que me recoge en Cibeles. Que lo siente mucho… Que sabe que es ir demasiado al grano… Que no me preocupe… Que si no me apetece quedar que lo entiende… Suena arrepentida. Sonrío. La pelota está en mi tejado. Le digo que sin problemas. Que en cinco minutos estoy allí.

La miro de reojo mientras conduce. Viste un traje de lentejuelas rojo, como me dijo que haría. Lo que no sé aun es si lleva o no bragas debajo. Ya habrá tiempo para ello, pienso relamiéndome. Es un pibón. De los que crees que sólo existen en pelis porno de alto presupuesto o que están reservadas para futbolistas y demás lumbreras, pero no. Una tía así es la que me lleva a su casa ahora mismo y eso me pone más cachondo aún.

Como si me acabara de leer el pensamiento, apoya una mano en mi muslo y me sonríe. Hay algo enigmático en esos ojos felinos que me miran. La sonrisa se ensancha y me saca de dudas. «He pensado que podemos hacer esto más divertido. Vamos a parar aquí un momento, tengo una sorpresa para ti». Lo que pasa por mi cabeza no tiene desperdicio. Ponernos a follar en mitad de un área de descanso, así rollo cabras montesas en El Hombre y la Tierra me parece una idea cojonuda para ir entrando en calor. Una parada técnica, una limpieza de bajos y al lío. Algo clásico antes de reventarnos en su casa mientras su marido se la pela mirándonos y nosotros a lo nuestro.

Pero no. Por ahí no han ido los tiros. Me ha vendado los ojos. No se qué coño sobre estimular otros sentidos privándome de la visión. La idea me parecía graciosa, pero ahora no tanto. He perdido la noción del tiempo y el espacio. Al principio, hemos hablado un poco sobre qué me sentía y qué me apetecía hacerle. Al rato, lo único que sonaba era la música de la radio. Y ahora ni eso. Hemos dejado la carretera y vamos por un camino de cabras o algo peor. La suspensión cruje y los neumáticos lanzan piedras que suenan como proyectiles disparados a quemarropa. La cosa no me gusta mucho. Tiran más dos tetas que dos carretas, y mira por dónde, el dicho popular va a tener razón y todo. Trago saliva, pero tengo la garganta seca y todo se queda en el intento.

—Hemos llegado— dice, apagando el motor—. Espera que te ayudo a bajar.

El aire fresco que me da en la cara se agradece. Camino como un ciego colgado de su cintura. El tacto del vestido es sedoso. Palpo en sus caderas, para salir de dudas. Efectivamente, va sin bragas. Eso hace que me olvide de todo y resople. La libido vuelve a ocupar su lugar. Avanzamos sobre algo que se me antoja como césped. Unas bisagras chirrían y la bofetada de una atmósfera que huele a humedad y fluidos corporales que hace días que dejaron de estar tibios nos saluda.

—Es por aquí, encanto— me susurra al oído, acariciándome la oreja con los labios.

Me olvido de todo. Me ayuda a sentarme en un sofá mullido. Algo se desplaza con un gruñido. Un látigo restalla en el aire. Plas. Y empieza el baile. ¿Sabes lo que más me pone de un hombre? Que sea fuerte, como tú. Salvaje. Violento. Eso me excita como a una perra en celo. Ver cómo te ensañas con el maniquí que tienes delante, golpeándolo con los ojos vendados. No, no te quites la venda, encanto. Quiero que escuches lo lubricada que estoy masturbándome mientras tu te comportas como un hombre.

El ruido de su vestido al caer al suelo me enciende. Y me pongo a ello. Palpo delante de mis narices, hasta que encuentro algo. El tacto es tremendamente realista. Joder, lo que han evolucionado las nuevas tecnologías. En mi adolescencia nos pajeábamos con un calcetín, y ahora esto. Quien pudiera volver a nacer.

—Dale, encanto…

Una hostia. Poff. Dos. Tres. Cuatro. Los nudillos me arden. El monigote está muy currado. Si hasta cruje como si acabara de partirle el tabique nasal a algún pringado que se las da de listo conmigo en la puerta de algún garito. Ella empieza a jadear. Me ensaño más. Estoy sudando. Oigo que se acerca a mí y pone en mi mano algo metálico.

—No, no lo toques, encanto. Es una navaja de afeitar, no quiero que te cortes— su aliento en mi cuello me eriza los pelos de la nuca y los pantalones se vuelven otra talla más pequeña—. Quiero que lo cortes. Es un muñeco, lo sé. Pero es imaginar que es un cuerpo sangrando y me corro entera.

Se aleja de mí. Lanza un suspiro entrecortado y yo empiezo a dármelas de espadachín. Chas. Chas. Me imagino los cortes limpios. Profundos. Algo caliente me salta a los brazos y la cara. No importa. Sigo a lo mío. No paro hasta que ella me lo dice.

—Para, encanto, para— murmura, acercándose a mí.

Contengo la respiración cuando me quita la venda. Me cuesta enfocar. Ella me besa, mordiéndome el labio inferior. Resoplo y la atraigo hacia mí con fuerza. Su cuerpo se pega al mío. Siento su piel cálida a través de la ropa. Y entonces lo veo. Colgado de un gancho de carnicero, como un puto cerdo en el matadero. Un tío. Eso de muñeco tiene poco. Me lo he llevado por delante. Ella se ríe apoyando la frente en mi pecho.Trago saliva, no puedo evitar mirarlo. Sus ojos muertos me miran sin expresión. La sangre aún gotea formando charcos en el suelo.

—Se lo merecía, encanto. Jugó con la gente equivocada, y estas cosas se pagan. Los chivatos no suelen llegar a viejos— al decir esto, me mira de una manera que me hiela la sangre. Por un momento me veo a mí mismo con una pelota roja en la boca y el cuerpo convertido en un serrín.

Trato de coger aire. No hay manera. Estoy acojonado. Ella me sigue mirando de esa manera. Se carcajea, recogiendo el vestido del suelo.

—No hagas preguntas. Será mejor— su cara desaparece entre un paisaje de metal rojo brillante unos segundos—. Sólo quémalo y no mires atrás. Elimina las pruebas. Si te portas bien, prometo compensarte. Si no— levanta las cejas pasándose un dedo por el cuello—. Te espero fuera, no tardes.

 

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