Queda pendiente una borrachera – @IAlterego84

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Si ves pasar un sueño, cógelo del cuello
ElPhomega

 

El garito no es más que un antro mal iluminado. Apesta a sudor, cerveza y humo. Las luces hacen que todo a mi alrededor se mueva como fotogramas o flashazos. Voy bastante pasado de vueltas, más de lo que me gustaría, pero así son las cosas. Tú me guías y yo me dejo guiar. Tu juego, tus reglas. Y yo el cordero camino del matadero que las ha aceptado sin molestarse en leerlas.
Avanzamos entre la gente. Camisetas negras de grupos heavies, melenas, muñequeras con tachuelas, pantalones de pitillo, y esas cosas. De fondo suena Pantera. Al primer acorde, te estremeces como si acabaras de recibir una descarga eléctrica. A nuestro alrededor, molinos de pelo baten el aire. Nos miramos. Tus pupilas brillan, como aquella vez, o como cuando nos hemos reencontrado esta misma tarde en mitad de la calle. Ninguno de los dos lo esperaba, y mucho menos que acabáramos así. Borrachos. Cogidos de la mano en un local en el que nunca antes habíamos entrado. Todo se ha destapado con un, si mal no recuerdo, nos queda pendiente una borrachera desde hace tiempo. Y a ello nos hemos puesto. Unas cañas, unas risas. Conversaciones y recuerdos. Un binomio que ninguno de los dos quería romper. Quien tuvo, retuvo, dicen. O simplemente es que nos hemos echado demasiado de menos el uno al otro, al nosotros que una vez fue, sin que hayamos tenido el valor de llamarnos y poner nombre a la sombra que nos hacía dar vueltas por la noche en una cama que resultaba fría, vacía, como para poder dormir y dejar de soñar despiertos.

El tío que tengo al lado me dice algo que no llego a entender. A juzgar por los movimientos que hace con las manos, me debe estar ofreciendo un poco de potro. Eso, o que es diabético y se ha dejado la insulina en su casa. Tampoco le hago mucho caso. Le digo que no con la cabeza y no puedo evitar mirarte. Estás preciosa. Deberías verte como te veo ahora mismo. Las manos recogiéndote el pelo. Las luces reflejándose en tus ojos verdes, arrancándole ese color que durante tanto tiempo fantaseamos con ver al amanecer. Moviendo las caderas y la cabeza al ritmo de Cowboys from Hell. El tatuaje de tu brazo parece cobrar vida por momentos, como si pudiera escapar de tu piel para abrazarte y hacerme recordar cuando me lo enseñaste por primera vez en aquel hotel perdido en mitad de la nada. El sitio era lo de menos, lo que único que importaba era la compañía y mirar por la ventana, compartiendo un cigarro y jugando a poner nombres a los desconocidos que pasaban por la calle, inventando su historia mientras la nuestra no hacía más que dar sus primeros coletazos.
Lo que pasó después fue imprevisible. Como tantas cosas en esta puta vida. Pero pasó. Dolió, y mucho. Aunque míranos, aquí estamos. Apurando la borrachera que nos debíamos, rezando para que no acabe la música o que nunca salga el sol y nos echen de aquí. Ya sabes, cierran el bar y sale el sol. Los bandidos a dormir, para mí la historia se acabó…

Vuelvo de la barra con un tercio en cada mano. La música retumba a mi alrededor. Una voz grave se desgañita en los altavoces como si le fuera la vida en ello. Un par de pollos empiezan a montar un pogo justo cuando paso a su lado. Me libro por los pelos y te encuentro junto a la pared del fondo. Sola. Apoyada entre los anuncios de dos conciertos que hace tiempo enmudecieron. El gesto serio y la mirada gris, apagada.
— Vámonos de aquí— dices, cuando llego a tu altura.
— ¿Dónde quieres ir?— te pregunto, mientras busco dónde dejar las cervezas.
Esa sonrisa de niña pícara que tan bien conozco, aparece de la nada. Pasas una mano por mi cabeza acercándome a ti. No ofrezco resistencia. Nos miramos a medida que la distancia que nos separa empieza a ser inversa a las ganas que nos tenemos.
— Una vez, me escribiste algo en el que hablabas de nuestro propio universo, ¿te acuerdas?
Sí, sí me acuerdo. Lo escribí una noche de esas en las que tu cuerpo y tu recuerdo no me dejaban dormir.
— Vámonos a ese rincón del mundo en el que el horizonte y el infinito se juntaban, donde las sombras tenían costura…
No te dejo terminar de hablar. Te beso con la desesperación del tiempo que ha pasado y las lágrimas que los dos hemos derramado en silencio, antes de cogerte de la mano y huir de allí, sin saber muy bien adónde podemos ir.
En la calle está empezando a llover. Nos miramos, sin poder contener la risa. Sí, sé lo que estás pensando. Yo también. ¿Cuántas veces hablamos de esto? De besarnos debajo de cualquier sitio que sirviera como refugio, de correr pisando charcos como dos niños al salir del colegio, de dejar a un lado todo y ser libres por un momento.

Y eso hacemos. Reír. Besar. Follarnos con la desesperación del condenado a muerte en mi hotel. Hablar. Recordar. En resumidas cuentas: vivir. Hasta que amanece y llega la hora de despedirnos. Los dos sabíamos que esto iba a pasar. ¿Cuánto hemos estado juntos? ¿13 horas? Quizá un poco menos. Pero ha llegado el momento de decirnos adiós otra vez. Nos miramos a los ojos en la entrada de la estación. Ninguno de los dice nada. Nos aguantamos la mirada, jugando a bucear en las pupilas del otro. Un brillo triste recorre las tuyas, y supongo que las mías también. Intento tragar saliva, pero tengo un nudo en la garganta que me lo impide. Un letrero luminoso dice que mi tren está por llegar. Nos abrazamos, aspirando el uno el olor del otro, aunque a estas horas el único olor que hay entre nosotros es el nuestro, el de ti y de mí desnudos y abrazados en la cama. Nos damos un beso rápido, que sabe amargo y callo el adiós que no quiero pronunciar. En su lugar, te guiño un ojo fingiendo una entereza que no siento, nos sonreímos y me doy la vuelta dispuesto a volver a la rutina del día a día.
Tu voz por encima del ruido general de prisas y carreras de la estación me llama. Me paro en seco antes de girarme. Te acercas a mí, para susurrarme al oído queda pendiente una borrachera más entre tú y yo. Después, volvemos a abrazarnos y te veo perderte entre la muchedumbre rumbo a la salida. Cierro los ojos, me humedezco los labios y por un momento pienso que durante unas horas, todo ha vuelto a ser como fue siempre, antes de que el destino tirara una moneda, apostáramos por la cara y saliera cruz. Cosas de la vida, ya se sabe: unas veces se pierde, y otras también.
Y puestos a perder, lo primero que pierdo es mi tren, antes de salir de allí y buscarte en el parking esperando un taxi. Puestos a jugar, pidamos cartas juntos y esperemos a ver qué nos depara el futuro. El resto, ya lo iremos improvisando por el camino…

 

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